Ourea
En la mitología griega, los Ourea[1] (en griego antiguo Oὔρεα;[2] Montes en latín)[3] eran, según la Teogonía, la personificación masculina de las «montañas».[4] El sustantivo pertenece, en la poesía, al dialecto jónico, y deriva de οὔρος (oúros) u ὄρος (óros), esto es, «montaña, monte o colina».[2]
Las montañas, en cuanto a sus personificaciones divinas, apenas son representadas en el repertorio grecorromano. Las figuras que en ocasiones se han identificado como tales suelen aparecer como personajes masculinos de aspecto maduro o barbado, asociados al relieve rocoso o a la topografía montañosa. En ciertos contextos del arte romano imperial pueden representarse parcialmente emergiendo del paisaje, pero el LIMC insiste en que estas atribuciones son con frecuencia hipotéticas y carecen de un canon iconográfico estable, por lo que su identificación depende en gran medida del contexto y de la interpretación moderna del conjunto.[5]
En Hesíodo
[editar]Los ourea, como colectivo, sólo son mencionados en una fuente, la Teogonía, en donde se dice que eran descendientes de Gea, la Tierra, y hermanos de Urano (el Cielo) y Ponto (el Mar); una suerte de deidades primordiales. Hesíodo no los individualiza ni los cita por sus nombres, solo los menciona como un colectivo:
«Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio».[4]
Los montes en la mitografía
[editar]Apolonio los incluye en su narración cosmogónica aunque en calidad de elementos inertes:
«Cantaba cómo la tierra, el cielo y el mar, otrora confundidos entre sí en una forma única, a consecuencia de una discordia funesta se disgregaron cada uno por su lado; y cómo fijada para siempre en el éter tienen su demarcación los astros y los caminos de la luna y del sol; y los montes cómo surgieron y cómo nacieron los ríos sonoros con sus propias ninfas y todos los animales».[6]
Ovidio cita un catálogo de montes célebres, heridos por el fuego que arrojaba Tifón:
«Los bosques arden al mismo tiempo que los montes, arde el Atos (Athos) y el Tauro (Taurus) de Cilicia, el Tmolo (Tmolus) y el Eta (Oeta), y el Ida (Ida) entonces seco, antes muy abundante de fuentes, y el Helicón (Helicon) de las doncellas, y el Hemo (Haemus), aún no de Eagro. Arde el Etna (Aetna) con doble incendio que no conoce límites, y el Parnaso (Parnassus) de dos cimas, y el Érix (Eryx), el Cinto (Cynthus) y el Otris (Othrys), y el Ródope (Rhodope), que por fin se quedará sin nieve, y el Mimante (Mimas), el Díndimo (Dindymus), el Mícale (Mycale), y el Citerón (Cithaeron), destinado a los ritos sagrados. Y no protegen a Escitia sus fríos; el Cáucaso (Caucasus) arde, y el Osa (Ossa) con el Pindo (Pindus), y el Olimpo (Olympus), mayor que los dos anteriores, y los aéreos Alpes (Alpes), y Apenino (Apenninus), cubierto de nubes».[7]
Ovidio, de la misma manera, dice que Medea invocó a las fuerzas primordiales para comandar su magia:
«Noche (Nox), fidelísima guardiana de secretos, astros dorados que en compañía de la luna sucedéis a los fuegos diurnos, y tú, triple Hécate, que acudes como cómplice de nuestros proyectos y eres auxiliar del encantamiento y del arte de los magos, y tú, Tierra (Terra), que dotas de poderosas hierbas (herbae) a los magos (magī); brisas (aurae), vientos (ventī), montes (montēs), ríos (flumina), lagos (lacūs), dioses todos de los bosques (di omnes nemorum), dioses todos de la noche, ¡asistidme!».[8]
Dioses montañosos individuales
[editar]Esta vez Ovidio nos habla de Tmolo, quien servía de árbitro en un certamen entre los dioses Pan y Apolo, ante el rey Midas:
«Los riscos del Tmolo, escarpados y anchos y altos, mirando a través del mar, a un lado caen a Sardes, al otro alcanzan su fin en la pequeña Hipepa. Allí Pan cantaba sus canciones, alardeando entre las gentiles ninfas, y tocaba ligeros aires con su caña, y se atrevía a presumir de que la música de Apolo era la segunda después de la suya, ensayando con el viejo Tmolus como juez en una contienda desigual. En la cima de su montaña estaba sentado el juez; de sus orejas liberó a los árboles del bosque; sólo una corona de roble bordeaba sus verdes cabellos, con bellotas colgando alrededor de sus sienes huecas. Entonces, mirando hacia el pastor divino, dijo: ‘El juez atiende’. Entonces Pan tocó música con sus rústicas cañas y, con su rústico canto, cautivó al rey. Midas estaba allí por casualidad. Hacia Febo, la tumba más próxima, se dirigió Tmolo y, mientras se dirigía, su franja de árboles se dirigió también. Con un toque experto pulsó las cuerdas y, conquistado por los acordes tan dulces, el viejo Tmolo ordenó a la caña que se inclinara hacia la lira. El juicio y el premio del monte divino complacieron a todos los que lo oyeron».[9]
Corina dice que el Citerón y el Helicón compitieron en un certamen de canto:
«Esa fue su canción [la de Citerón]; y al instante las Musas instruyeron a los bienaventurados para que pusieran sus piedras secretas de votación en las urnas de oro brillante; y todos se levantaron juntos, y Citerón ganó el mayor número; y Hermes proclamó prontamente con un grito que había obtenido su deseada victoria, y los bienaventurados lo adornaron con guirnaldas de abetos, y su corazón se regocijó; pero el otro, Helicón, atenazado por una cruel angustia, arrancó una roca lisa, y la montaña se estremeció; y gimiendo lastimosamente la estrelló desde lo alto en diez mil piedras».[10]
Teócrito hacer sonreír al Olimpo con el nacimiento de Hermes:
«También se inclinan sobre la madre de Hermes que yace en su lecho. Pero él, deshaciéndose de los pañales, se pone ya a andar y se aleja del Olimpo. El monte se alegra con su presencia —se ve su sonrisa, como la de un humano— y date cuenta de que el Olimpo está contento porque Hermes acaba de nacer allí».[11]
Véase también
[editar]- Anexo:Montañas de Grecia
- Oreo, padre de Óxilo, a su vez padre de las hamadríades.[12]
- Las nésoi, personificaciones divinas de las islas.
Fuentes
[editar]- ↑ La transcripción de Ourea (sustantivo masculino plural) sería Urea aunque esa forma no es utilizada por los especialistas en español. En su lugar se prefiere la traducción directa, como «Montañas» o bien «Montes», pues tal es el sustantivo latino y concuerda con el género masculino. Nótese la similitud de Oὔρεα (Úrea) con Ουρανός (Uranós).
- 1 2 Middle Liddell: «οὔρεα»
- ↑ Montes en latín no se usa con el sentido de una deidad formal como los dioses fluviales o Gea. Aún así algunos literatos les conceden a los montes rasgos como seres vivientes, aunque de manera poética y no en calidad de personificaciones divinas. «Resuenan los montes» (Virgilio: Geórgicas III, 474–475); «Ningún monte había escuchado aún los combates» (Ovidio: Las metamorfosis 1.155–157); o «Los montes sintieron el tumulto» (Séneca: Medea 329–331). En autores como Estacio o Claudiano es más frecuente que los elementos naturales aparezcan como actores simbólicos
- 1 2 Hesíodo, Teogonía 129-131
- ↑ LIMC, s.v. “Ourea”, Lexicon Iconographicum Mythologiae Classicae, Zúrich / Múnich, Artemis Verlag
- ↑ Apolonio de Rodas, Argonáuticas I, 498
- ↑ Ovidio: Las metamorfosis II 216-226
- ↑ Las metamorfosis VII 192-199
- ↑ Las metamorfosis XI, 150 ss
- ↑ Corina, fr. 654 (Campbell)
- ↑ Teócrito: Descripciones de cuadros, 26
- ↑ Ateneo: Banquete de los eruditos 78b
Enlaces externos
[editar]- «Ourea» en Theoi Project (en inglés).