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Migrations en Colombie

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Hermes Tovar Pinz�n

Emigraci�n y �xodo en la historia de Colombia

Texte int�gral

La fuerza inmigratoria

Con excepci�n de la inmigraci�n espa�ola y la introducci�n de negros africanos durante los siglos XVI a XVIII, el territorio colombiano no ha sido receptor de grandes corrientes migratorias procedentes de Europa o de otros continentes. Los flujos que han llegado despu�s de la Independencia han sido muy peque�os, lo suficiente como para crear unas colonias que apenas han permeado localidades pero no la sociedad ni la econom�a nacional en su conjunto. Alemanes, italianos, jud�os, �rabes y espa�oles han contribuido a dinamizar ciertos sectores econ�micos y financieros de diversas regiones de Colombia, en distintos per�odos de los dos �ltimos siglos. As� a finales del siglo XIX y principios del siglo XX los alemanes se vincularon a la econom�a cafetera en Santander, a la econom�a tabacalera, a la ganader�a y al transporte fluvial en la Costa Atl�ntica como al sistema bancario en Antioqu�a1. En este per�odo los jud�os y los �rabes fueron animadores de las actividades mercantiles2. A comienzos del siglo XX ciudades de diversas regiones de Colombia vieron florecer a peque�os comerciantes y cacharreros de origen �rabe y jud�o3. A�n a mediados de los a�os de 1950 era com�n observar, en los pueblos de los Andes, a los ?turcos? manejando el comercio local de telas, fantas�as y bienes industriales propios de la �poca.

Los grandes movimientos de poblaci�n que invadieron el Sur de Am�rica o las Antillas, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, nada tienen que ver con Colombia, un pa�s curiosamente abierto a lo extranjero pero cerrado al potencial de una inmigraci�n masiva. Los intentos de Bol�var y de la reci�n fundada Rep�blica de remozar la econom�a y la sociedad con inmigrantes europeos y americanos, fracasaron a pesar de haber entregado 2.4 millones de hect�reas, entre 1820 y 1830, a 24 empresas y empresarios extranjeros asociados con colombianos. Las tierras y los apoyos fiscales del Estado ?para favorecer la inmigraci�n de extranjeros?4, no fueron suficientes para vencer el temor al tr�pico y el incumplimiento de las empresas interesadas en estas actividades. Es indudable que no era rentable poner a operar econom�as en territorios aislados con climas malsanos y con productos de baja demanda en los mercados internacionales.

Los movimientos migratorios masivos no s�lo pueden transformar la composici�n social de una naci�n sino cambiar las costumbres pol�ticas, los h�bitos, la cultura y las ideolog�as. La colonizaci�n del siglo XVI y las migraciones al Sur de Am�rica en los siglos XIX y XX son ejemplos de ello5. Los efectos de estos impactos constituyen una de las grandes diferencias de Colombia con aquellos pa�ses que desarrollaron pol�ticas migratorias en Am�rica Latina, despu�s de 18506. A la ausencia de nuevas ideas y de una vocaci�n por universalizar lo local se debe, en gran parte, el esp�ritu conservador de nuestras clases dirigentes. Su capacidad de manipular las pol�ticas de Estado y su predisposici�n a preservar, a�n a costa de la guerra, viejas estructuras de poder econ�mico y pol�tico, ha colocado a las fuerzas gobernantes, tradicionales y modernas, al borde de una cat�strofe. Tal es por lo menos el fondo de la ecuaci�n pol�tica que nadie puede resolver a comienzos del siglo XXI en Colombia. Estos grupos pol�ticos, herederos de una rep�blica fracasada democr�ticamente, se niegan a propiciar un tr�nsito pac�fico capaz de incorporar al bienestar un porcentaje importante de la poblaci�n marginada del pa�s. Por ello, preservan el espect�culo dram�tico de su exterminio y su pauperizaci�n.

A finales del siglo XVIII el 20% de la poblaci�n Colombiana disfrutaba de algunas de las ventajas de la ?casta? de los blancos, el resto, eran indios sumidos en la servidumbre, esclavos, arrochelados, huidos y mestizos pobres de todo g�nero7. La guerra de Independencia (1808-1822) cre� sistemas de movilidad social como los ej�rcitos, la burocracia estatal y nuevas fronteras territoriales que unidas a los signos de libertad, permitieron que la poblaci�n rural y semiurbana se vinculara a nuevos escenarios econ�micos, pol�ticos y de seguridad personal y familiar. La posguerra de Independencia reforz� los sectores medios y altos que llegaron a ser el 35% de la poblaci�n. Sin embargo, casi dos siglos despu�s los modelos de crecimiento y desarrollo dejan en Colombia 26 millones de pobres absolutos, cuyos ingresos diarios est�n por debajo de dos d�lares. Con 40 millones de habitantes la cifra representa el 65% de la poblaci�n. As�, el reto actual de Colombia es incorporar a los mercados y al bienestar al menos un 20-25%% de estos 26 millones de parias. Con ello fortalecer�a su democracia incipiente y ofrecer�a una alternativa de movilidad derivada de la paz y no de la guerra. Este es el m�s grande reto para la econom�a, para los pol�ticos y para la sociedad en su conjunto8. Como ha sido reconocido por expertos funcionarios de Naciones Unidas, ?Las reflexiones sobre los resultados frustrantes de las reformas y el descontento social? en Am�rica Latina y otras regiones ?deber�an convencer a muchos sobre la necesidad de repensar la agenda del desarrollo?9. Una nueva agenda que debe pasar, no s�lo por la pobreza, sino por los problemas del medio ambiente, de la diversidad cultural, de los derechos humanos, de las reivindicaciones de g�nero y grupos minoritarios y por los de la extensi�n y garant�a de los derechos ciudadanos10.

Pero �Qu� habr�a pasado si Colombia hubiera recibido los flujos migratorios de poblaci�n europea que recibi� Argentina, Chile, Brasil o Uruguay? Un ejercicio contrafactual nos llevar�a a suponer que, al menos, habr�amos logrado fortalecer las clases medias, modernizar el Estado y cambiar sus costumbres pol�ticas. Pero el problema de Am�rica Latina es que cualquier ejercicio de an�lisis emp�rico o virtual est� determinado, en �ltima instancia, por los intereses de los sistemas hegem�nicos a nivel mundial11.

Pero as� como Colombia no ha tenido grandes oleadas de gentes provenientes del hemisferio norte, s� ha tenido hist�ricamente un gran movimiento de poblaciones, forzadas a recorrer su territorio de un lugar a otro, huyendo de criminales de oficio que se visten de conquistadores, civilizadores, libertadores y promeseros de pan y equidad social. Las migraciones internas no han cesado desde el siglo XVI cuando llegaron Balboa, Andagoya y Pedrarias D�vila a fundar la primera ciudad y el primer gobierno de Tierra Firme en el Urab�. Desde entonces, es intermitente el movimiento de gentes buscando siempre un lugar en donde proyectar su capacidad creativa negada por guerreros alucinados con mesianismos patentados por la muerte. Desde 1501, miles de ind�genas de la costa caribe colombiana fueron v�ctimas de razzias, de una guerra sistem�tica que les hizo objeto de torturas, mutilaciones, incendios de pueblos, etnocidios y destrucci�n de sus econom�as comunitarias12. En menos de cien a�os la poblaci�n ind�gena desapareci� de muchas regiones. Quienes sobrevivieron marcharon, con cuanto cab�a en sus espaldas, incluidos ni�os, a buscar refugio lejos de estos civilizadores de ocasi�n. Caravanas enteras se revolv�an sobre el territorio de la actual Colombia, por llanos y selvas, monta�as y r�os en un esfuerzo por preservar su cultura, lejos de las zonas de conflicto. Pueblos de aqu� se asentaban all� y los de m�s ac� tuvieron que refundar su cosmos en las tierras de otros lados. Estos desplazamientos dejaron un mapa etnol�gico confuso en la historia de Colombia.

Una vez pasados estos primeros a�os y, cuando el mundo se sembr� de poblados y ciudades, los nativos siguieron huyendo a ?otros mundos?, lugares perdidos en la selva o en los bosques.

Al llegar la guerra de independencia y las guerras civiles del siglo XIX la gente fue empujada a otros lugares, lejos de las levas y de las amenazas de los contendientes. Los que no huyeron tuvieron que afrontar el acoso, el juicio sumario y el delito de vivir en el territorio del otro. Y cuando arrib� la llamada ?Violencia? (1948-1964) en el siglo XX, los indios de Yaguar� huyeron de la polic�a, el ej�rcito, los terratenientes y los ?p�jaros? asesinos, mil kil�metros hacia el Oriente, a los Llanos del Yar� (Caquet�) en donde replantaron su comunidad con el nombre de Yaguar� II13, en un esfuerzo por preservar su identidad. Pero la violencia no s�lo empuj� etnias, sino a campesinos que buscaron refugio en los Llanos Orientales, en el Magdalena Medio, en la Costa, en el Sur, en las vertientes que caen sobre la regi�n amaz�nica14.

�De hecho en el per�odo de la Violencia de mediados de siglo se registraron alrededor de 300.000 muertos y se calcula en dos millones el n�mero de desplazados internos en medio de procesos de reestructuraci�n profunda de la propiedad de la tierra. Una cifra muy alta, que en su momento correspond�a al diez por ciento del total de la poblaci�n. Pero la historia de este desplazamiento forzado ni siquiera se ha escrito aunque se conozcan sus trazos m�s protuberantes15

A la emigraci�n masiva del per�odo de la Violencia le hab�a precedido la de quienes lo hab�an hecho voluntariamente atra�dos por los procesos de industrializaci�n y modernizaci�n que se operaba en las ciudades del primer tercio del siglo XX16.

Las mayores migraciones internas durante los siglos XIX y XX est�n definidas por la llamada colonizaci�n antioque�a que ocup� la regi�n central de Colombia17. Pero, junto a esta migraci�n tan importante, hubo otras menos estudiadas. La de los grupos negros reci�n liberados, la de los boyacences y cundinamarqueses que bajaron de las altiplanicies a las vertientes y luego subieron a las zonas fr�as de la cordillera central. Todos estos grupos fueron a zonas de colonizaci�n, a nuevas haciendas y a nuevos centros din�micos como puertos fluviales y mar�timos18. El desarrollo de v�as de comunicaci�n y las primeras industrias atrajeron trabajadores rurales de tal manera que las ciudades comenzaron a crecer entre 1920 y 1950. Despu�s de este �ltimo a�o el desarrollo industrial y la llamada ?violencia? colombiana atrajeron y expulsaron gente hacia las ciudades que alcanzaron una tasa de urbanizaci�n del 26 por mil entre 1951-64, frente al 19,5 que hab�a tenido entre 1938 y 195119. Al menos hasta 1960 los aportes migratorios ?que recogen las grandes ciudades...no est�n compuestos necesaria y principalmente por campesinos, sino tambi�n frecuentemente por ciudadanos de otras ciudades y n�cleos urbanos menores...?20. Como la poblaci�n se concentraba en los n�cleos urbanos, el censo de 1964 revel� que el 71% de los hombres ?entre los 15 y los 64 a�os residentes en Bogot� ?eran migrantes?, a la vez que uno de ?cada cuatro adultos colombianos nacidos en �reas rurales que rodean a Bogot�?, viv�an en esta ciudad21.

Pero lo que se advert�a en la d�cada del 70 era que: ?La urbanizaci�n ha crecido paralelamente con la delincuencia, el abandono de la infancia, la ruptura de las relaciones familiares y la concentraci�n de la miseria al lado de la concentraci�n de la riqueza?22. Los efectos letales de esta realidad se manifestar�an con toda su crudeza en las d�cadas siguientes. Estos procesos de b�squeda de expectativas por mejorar las condiciones de vida y por encontrar tranquilidad, se han visto superados por una nueva ola de violencia que expulsa campesinos de sus parcelas y de peque�os n�cleos urbanos a las ciudades. La hostilidad de �stas y la crisis econ�mica ha fortalecido todas las formas previsibles de delincuencia como un modo de sobrevivir. A ello se unen nuevas migraciones forzadas que van hinchando la zonas marginales de los centros urbanos, incrementando el potencial de desaz�n y delincuencia. De hecho,

El desplazamiento forzado interno es una de las manifestaciones de esta crisis, quiz� la de mayor gravedad, no s�lo por la magnitud que reviste (cerca de 2 millones de personas en 15 a�os) sino por el tipo de rupturas sociales, pol�ticas y culturales que genera; por los interrogantes profundos que plantea sobre el sentido hist�rico y futuro de la naci�n colombiana y por la tendencia a la fragmentaci�n social que conlleva23.

La progresi�n del conflicto armado ha sido capaz de suplantar las migraciones internas voluntarias y heroicas que predominaron hasta 1993. Tal vez el fen�meno m�s importante de las migraciones internas despu�s de la llamada colonizaci�n antioque�a de finales del siglo XIX, la de quienes buscaban mejores condiciones de vida a comienzos del siglo XX y la de los emigrados de la ?violencia colombiana? de los a�os cincuenta y sesenta del siglo XX, lo constituye, en los �ltimos a�os, el �xodo de ?un pa�s que huye? de los ej�rcitos en conflicto24.

El ?socialismo democr�tico? que un d�a fundament� la raz�n de las luchas agrarias y sindicales en Colombia le cerr� los espacios a la pol�tica para que prevalecieran las armas. Cierta paranoia acompa�a a estos guerreros que buscan convertirse, por la fuerza, en interlocutores v�lidos y �nicos de la sociedad marginal frente al Estado. Para ello ocupan territorios y obligan a la poblaci�n rural y semiurbana a huir. Pero huir no es como en los a�os de 1950, cuando era posible buscar un nuevo lugar para refundar la casa y el patrimonio. En nuestros d�as, huir es revolverse sobre s� mismo, es no tener lugar de destino ni esperanza de retorno. Huir es casi morir con el espacio, con los referentes culturales, con los sue�os y en el intento de sobrevivir. Huir es no llegar a ning�n destino. El problema de Colombia hoy es que no tiene un lugar para los desplazados de la guerra. Quienes deciden quedarse, optan por una agon�a m�s prolongada. Los que no huyen ingresan autom�ticamente al mundo caprichoso de los contendientes. Quedan atados en uno de los infiernos en que se debate Colombia. Si otro actor endemoniado ingresa a estos territorios efect�a una ?limpieza pol�tica? mediante la eliminaci�n sistem�tica de los pobladores.

Los principales grupos se�alados como promotores del desplazamiento, son los ?esmeralderos, grupos de autodefensa, guerrilla, milicias populares, narcotr�fico, organismos del Estado (DAS, Polic�a, Fuerzas Militares) paramilitares y terratenientes?25. Todos los se�ores del conflicto act�an en este fen�meno. En Colombia no hay ?limpieza �tnica?, ni ?limpieza religiosa?. Lo que existe es una ?limpieza sucia? sistem�tica en donde las v�ctimas mueren a veces sin saber bajo qu� banderas o principios fueron alineados antes de enfrentar el pelot�n de fusilamiento o a la banda de incendiarios. En ocasiones, todo sucede seg�n el lugar que habiten y trabajen. Y las razones pueden ser m�ltiples. ?El 90% de los hogares consultados huyeron por hechos violentos cometidos por los actores de la confrontaci�n armada. Paramilitares 47%, Guerrillas 35%, Fuerzas militares 8%. El 10% restante corresponde a desconocidos, narcotraficantes, milicias y otros?26. Sin embargo una investigaci�n en hogares desplazados en el municipio de Soacha (Sur de Bogot�) a donde han arribado 24.750 personas en 4 a�os, se�alaron ?a la guerrilla como el actor armado que provoc� el desplazamiento? del 53% de los hogares mientras que el 23% se�alo a las autodefensas y el 12% a las fuerzas militares27.

Desde 1994 la cifra de desplazados ha ido creciendo y con ello se expanden los cuadros de los traumas personales, familiares, comunales y locales28. En 1997, ?cada hora 28 colombianos se vieron obligados a abandonar sus hogares v�ctimas de la violencia pol�tica? mientras que en el a�o 2000 la cifra de desplazados alcanz� a 300 mil personas29. En resumen: entre 1985 y 1994 hubo 700 mil desplazados, mientras que entre 1995 y 1999, la cifra se elev� a 1.760.000 desplazados m�s30. �De ellos, 86.799 hogares abandonaron 3.057.795 hect�reas de tierra entre 1996 y 199931. El impacto humano, econ�mico, social y sicol�gico es tan complejo, que el Estado colombiano parece no comprender a�n que se trata de una bomba de tiempo que recorre el pa�s y se aglutina en las goteras de las grandes y peque�as ciudades. Durante el primer trimestre del a�o 2001 arribaron a Bogot� 22.620 desplazados, la mayor�a provenientes de zonas rurales mientras que en los primeros 8 meses del mismo a�o 870 familias hab�an sido desplazadas en el Departamento de Cundinamarca32. Un flujo migratorio que ha hecho comunes escenas de desesperanza y abandono de familias que encuentran ciudades hostiles a su condici�n de refugiados.

Los desplazados de la Guerra contra la drogas.

Pero las gentes no s�lo huyen de guerrillas y autodefensas, sino tambi�n de militares que fumigan y controlan territorios en nombre del Plan Colombia o de la Guerra contra las Drogas. ?El Plan Colombia, especialmente las fumigaciones contra las plantaciones de coca y el ataque militar contrainsurgente en el sur del pa�s, representa una nueva causa de desplazamiento forzado y refugio que ya se advierte en el departamento del Putumayo y en la zona de frontera con el Ecuador?33. El ejercicio de ?erradicar? coca o amapola mediante el uso de herbicidas que atentan contra el medio ambiente se ha convertido en uno de los recursos m�s agresivos contra la poblaci�n. M�s de 1000 hombres y ?toda su flotilla a�rea? de la polic�a fue desplegada �para ?fumigar cultivos il�citos en el Catatumbo?34. La fumigaci�n de 500 hect�reas en Manaure (C�sar) ocasion� la p�rdida ?de m�s de 100 hect�reas de cultivos de tomate de �rbol, lulo y cebolla? y el desplazamiento de unas 70 familias. A su vez, la fumigaci�n de 7.000 hect�reas de coca ?en la Gabarra y las Mercedes? (Norte de Santander) ha dejado ?desempleo y hambre porque, adem�s de las matas de coca, el veneno quem� cultivos de pl�tano, yuca y ca�a?35. As� en el primer trimestre del a�o 2001, 92.000 personas han tenido que ?abandonar sus tierras por la violencia?36. Se considera que ?La pol�tica antinarc�ticos basada en la represi�n de los cultivos il�citos lleva a nuevas formas de movilidad de estas econom�as y sus secuelas sociales hacia otros territorios de la regi�n Andina, comprometiendo de paso la reserva ambiental multinacional del Amazonas?37

El Plan Colombia es un plan que, como ha afirmado el escritor Carlos Fuentes, ?pone en marcha planes militares que ahondan la violencia? y desintegra la estructura de poder de tal manera que ?uno se pregunta si sigue habiendo Estado en Colombia...?38. Su reflexi�n se origina en que el Estado colombiano carece de autoridad moral, de autonom�a, de control total del territorio y de capacidad para decidir si puede seguir o no envenenando las selvas, los p�ramos y los cultivos de miles de familias. La Defensor�a del Pueblo, la Contraloria General de la Naci�n, los gobernadores de las regiones m�s afectadas y, hasta las mismas empresas productoras de Qu�micos, han protestado contra el empleo de productos fungicidas que atentan contra el medio ambiente y la salud39.

Muchos lectores supondr�n que los problemas nacionales internos no tienen por qu� estar determinados por reg�menes hegem�nicos de car�cter mundial. Pero negar este hecho en la historia de Am�rica Latina, ser�a hacer t�bula rasa de una de las verdades m�s importantes de su presente. La larvada guerra civil que vive Colombia desde 1948 se ha inscrito en proyectos internacionales, principalmente de los de Estados Unidos.

El universo de la marihuana, coca y amapola tienen una incidencia directa sobre los problemas migratorios en Colombia. En primer lugar porque que estas plantas que antes inspiraban a brujos y shamanes o a cantantes de boleros y ritmos tropicales, o a Goethe que ve�a en la Amapola el rojo de su teor�a de los colores, se han convertido en la renta fundamental de miles de campesinos del Amazonas, del Caribe y de los Andes. En segundo lugar, porque los grupos guerrilleros, que un d�a surgieron como alternativas ideol�gicas a la ?guerra fr�a?, las han convertido en verdadero banco emisor de recursos econ�micos para combatir al Estado y al ?Plan Colombia?. Es decir que de los ?est�mulos morales? del viejo socialismo, se pas� a los ?est�mulos materiales?. Y las guerrillas encontraron en estas plantas inocentes, despu�s de 1989, un recurso financiero que les ha permitido actuar con autonom�a frente al Estado Colombiano. Este cambio de los incentivos morales por los materiales se encuentra ligado al cobro de impuestos por cosechar, transformar y comercializar cultivos il�citos. Los recursos econ�micos les ha permitido a los grupos en guerra adquirir armamento muy sofisticado. Las FARC han logrado uniformar a 16.529 hombres en el campo40 y fortalecer las milicias urbanas en las zonas marginales de las grandes ciudades41. Su poder militar es tal que demanda la convocatoria de una nueva Constituyente en donde ellos sean el 50% del poder y el otro 50% la clase pol�tica tradicional. Quienes no tienen armas y, son esc�pticos a las propuestas pol�ticas de todos los actores de la guerra, no tendr�an espacio en esta nueva forma de Estado. Seg�n uno de los voceros de las FARC ?Colombia requiere una constituci�n democr�tica y popular? mientras que otro sostiene que para ellos se trata de ?...establecer el gobierno que nosotros decidamos por mayor�a a trav�s de una Asamblea Constituyente, pero que de verdad nos represente, que erradique para siempre a los partidos tradicionales...?42. Pero los partidos pol�ticos son el 35-40% del electorado �Ser� posible su erradicaci�n?

Desgraciadamente en este conflicto no existen pr�cticas de contenci�n de la guerra mediante pol�ticas de desarrollo social ni de reconversi�n de la marginalidad en fuerza productiva. El Estado Colombiano s�lo sabe de represi�n militar y presi�n fiscal para la guerra y el pago de la deuda externa. No existen proyectos alternativos de desarrollo mediante inversi�n social en educaci�n, pol�ticas de bienestar y financiamiento de empresas comunitarias.

Pero no todo el financiamiento de la guerrilla se genera en los cultivos il�citos. Ella recurre al secuestro y a la extorsi�n. Mediante la llamada ?Ley 002? dispuso que todos aquellos que posean un patrimonio superior a 1 mill�n de d�lares deben pagar un impuesto equivalente al 10% para financiar la insurgencia43. Igualmente obtiene otras rentas de sus inversiones econ�micas. Es decir que funciona como una gran empresa militar, econ�mica, pol�tica y fiscal. Toda esta estrategia ha sido combatida, primero por el Ej�rcito colombiano, el enemigo natural de la insurgencia. Despu�s de 1980, por las llamadas Autodefensas que de la acci�n defensiva pasaron r�pidamente a la ofensiva. Ante la escalada guerrillera, las autodenfensas han crecido en los �ltimos a�os hasta llegar a tener un ej�rcito de m�s de 10 mil combatientes. Las Autodefensas, que operan como una guerrilla de derecha, se financian del mismo modo que las guerrillas de izquierda, m�s los aportes voluntarios de ganaderos, de tenedores de tierras y de grandes y peque�os comerciantes. Por supuesto que tambi�n cobran impuestos de los cultivos il�citos all� en donde controlan territorios. Es decir que sus mecanismos de operaci�n son tan eficaces como los de la guerrilla. Acusados de ser paramilitares, esta guerrilla de derecha, ha querido ser el soporte militar de la clase media ante la incapacidad del Estado por garantizar la seguridad. Tal vez el �xito m�s notable de las Farc en la llamadas ?conversaciones de paz? es haber conseguido que el Estado abra un nuevo frente de guerra contra sus enemigos m�s temidos como son las autodefensas44. Este nuevo frente militar del Estado le ha brindado a las guerrillas una mayor movilidad y operatividad en su lucha armada.

Por su parte el Estado colombiano no opera como tal, pues depende de las decisiones de los Estados Unidos. Y a estos s�lo les interesa fumigar cultivos il�citos, crear nuevas unidades de combate y fortalecer a las fuerzas militares. Tal es el esp�ritu del Plan Colombia, monitoreado por todo tipo de autoridades americanas y supervigilado por su Embajada. Un informe especializado escrito para los mismos Estados Unidos diagnostica la necesidad de pensar en una distinci�n entre contraisurgencia y contranarc�ticos, en crear ?autodefensas reguladas por el Estado?, en fortalecer la incorporaci�n de nueva tecnolog�a militar y evitar que la fumigaci�n termine por generar apoyos a la guerrilla. Este informe parad�jicamente concluye que ?El gobierno de Colombia, al aceptar como �nica la visi�n de Estados Unidos a cambio de los recursos que �ste le proporciona, ha perdido margen de maniobra para desarrollar otras estrategias que pueden ser m�s convenientes?45.

La guerra fr�a (1948-89) y la guerra contra las drogas han dejado millones de muertos y desplazados en Colombia. Sin embargo, los emigrantes forzados de la guerra fr�a encontraron una frontera rural y urbana. All� pudieron tener una seguridad y una oportunidad para rehacer la vida. Pero los emigrados de la ?guerra contra las drogas? no tienen fronteras f�sicas y deambulan como peste sin destino. Entre 1995 y hoy, dos millones y medio de personas han huido de sus tierras y provincias, y en su caminar s�lo encuentran territorios de intolerancia. Se dice que entre 1995 y 1999, el 30% de las familias desplazadas ?pose�a tierras, con o sin t�tulo,? con un �rea promedio de 3 hect�reas. Es decir que 52 mil familias perdieron o vendieron en ?condiciones desventajosas? o abandonaron 160 mil hect�reas46. Los ej�rcitos de combatientes los expulsa y el Estado los abandona y les deja expuestos a perder su identidad, a vivir en la nostalgia, a caer en el vicio, y a sobrevivir en un mundo sin retorno. Y lo m�s parad�jico: a tener que ingresar al c�rculo de la delincuencia, los negocios clandestinos, la emigraci�n a zonas de cultivos il�citos y a la lucha armada para contribuir a trazar el c�rculo de este universo de desesperados y desarraigados. Terminan enfrentando a los actores que los desarraigaron introduci�ndole al conflicto pasiones y odios irreconciliables. En general, los desplazados ?por temor ocultan su condici�n y engrosan las filas de la violencia?47. Otros se pegan en esquinas y calles de las ciudades como si fuesen las primeras lavas de un volc�n que anuncian una erupci�n futura. ?El problema de Colombia es una tragedia de proporciones enorme(s), tan grande como cualquier desastre natural?, afirm� un congresista americano48. El hecho de que ?cada hora llegan a Bogot� 4 desplazados de la violencia? y que en el a�o 2000 se hayan instalado en esta ciudad 43 mil desplazados49, pone de manifiesto la magnitud de un problema social de incalculables consecuencias para el pa�s.

Todos huyen, hombres, mujeres y ni�os en una di�spora que no recorre como en el siglo XVI el interior del pa�s, sino otros territorios y otras naciones convirti�ndose en una plaga que, como la viruela en el siglo XVIII, es capaz de conmover la tranquilidad p�blica. Un problema nacional que se ha vuelto internacional. Enfermos de miseria miles de desplazados llegan sin Visa hasta las aldeas globalizadas. Una poblaci�n, la cual al convertirse en refugiados, queda ?expuesta a maltratos y abusos de las fuerzas militares? de pa�ses vecinos y amigos, ?bajo la consideraci�n de que se trata de narcotraficantes o de colaboradores de los actores armados colombianos?50. Entonces son comprensibles las leyes de extranjer�a cuyas murallas quieren detener los sue�os de paz, de vida y de orden de estos desterrados de la guerra. Pero para los refugiados la globalizaci�n no opera como un derecho a elegir territorio y aspirar a un trabajo. La globalizaci�n es para las mercader�as y para los capitales de las grandes corporaciones. Un d�a Europa vio en Am�rica Latina la residencia del sue�o por la libertad y el progreso personal cuando otras guerras, no menos crueles que las nuestras, les negaban el derecho a vivir. Am�rica se llen� de hombres honestos, delincuentes y tramposos. Pero ahora, ante el rechazo universal a la libre circulaci�n de fuerza de trabajo, en el hemisferio sur se repite aquel dicho popular de que: ?�As� paga el diablo a quien bien le sirve!?. Lo parad�jico es que las nuevas restricciones invitan a una globalizaci�n de la criminalidad y la delincuencia com�n. Tal es la elecci�n de quienes niegan el cambio de la agenda del desarrollo.

Los autores

Todos los problemas aqu� esbozados son analizados emp�ricamente por diversos autores colombianos. No vale la pena repetir sus argumentos ni insistir en los gestos del drama. Basta con leer los testimonios que unos y otros recogen para dibujar una idea sobre las deformaciones de una naci�n. Su sociedad sufre una guerra inventada por m�ltiples poderes en un ejercicio ca�tico de represi�n y contestaci�n. Las regiones, las familias y la literatura se han visto inundadas por el ruido de quienes caminan en busca de un refugio.

La importancia de la migraci�n y el �xodo no es s�lo un fen�meno de poblaci�n sino que conlleva un compromiso �tico de quienes dicen ser herederos de viejos y nuevos humanismos. Colombia merece ser asimilada y apoyada. Pero cuando hablo de Colombia no pienso en sus gobernantes ni en sus herederos pol�ticos, pienso en los que sufren el destierro, en los que sufren en silencio, en los que cohabitan con el luto, en aquellos que a�oran la lluvia, un espacio y unos p�jaros. Colombia es m�s que sus diplom�ticos, embaucadores silenciosos de la tragedia nacional. Colombia es una herida abierta sobre el mundo. Es una agon�a que inunda los Andes, el Caribe y el Amazonas. Todo este patrimonio de vientos, hojas, aves e insectos, todos los r�os de colores con sus peces se han alejado de la vida cotidiana con su sinfon�a de sonidos y lenguajes. Es necesario un lugar para volver a reconstruir las palabras y las cosas. Y ese �nico lugar est� aqu�, el cual hemos perdido con la complacencia tuya y la m�a, mientras los unos hacen de mes�as iracundos y los otros nos envenenan el pulm�n del mundo.

Notes

1�Adolfo Meisel Roca, Joaqu�n Viloria De la Hoz, LosAlemanes en el Caribe Colombiano: el caso de Adolfo Held, 1880-1927, Centro de Investigaciones Econ�micas del Caribe Colombiano, Cuadernos de Historia Econ�mica y Empresarial No. 1, Banco de la Rep�blica, Cartagena, 1999. Alonso Valencia Llano ?Centu per centu, moderata ganancia� :Ernesto Cerruti, un comerciante italiano en el Estado Soberano del Cauca? en Bolet�n Cultural y Bibliogr�fico, Bogot� 1988, p.56-75.
2�Louise Fawcett y Eduardo Posada Carb�, ?Arabes y jud�os en el desarrollo del Caribe Colombiano, 1850-1950? en Bolet�n Cultural y Bibliogr�fico, Volumen XXXV, N�mero 49, Bogot�, 1998, p. 3-29.
3�Daniel Mesa Berna,l De los Jud�os en la historia de Colombia, Planeta Colombiana Editorial, 1966; Adelaida Sourd�s N�jera ?Los Jud�os Sefard�es en Barranquilla. El caso de Jacob y Ernesto Cortissoz? en Bolet�n Cultural y Bibliogr�fico, Volumen XXXV, No. 49, Bogot� 1998, p.31-47. Este ensayo forma parte del libro El Registro Oculto: los Sefard�es del Caribe en la formaci�n de la Naci�n Colombiana, 1833-1886, de pr�xima circulaci�n.
4�Hermes Tovar Pinz�n, Que nos tengan en cuenta. Colonos, Empresarios y Aldeas: Colombia 1800-1900, Tercer Mundo Editores, Colcultura, Bogot� 1995, p.44-48.
5�Serge Gruz�nski, La colonizaci�n de lo imaginario. Sociedades ind�genas y occidentalizaci�n en el M�xico espa�ol, siglos XVI a XVIII, Fondo de Cultura Econ�mica, M�xico, 1991.
6�Nicol�s S�nchez Albornoz, La Poblaci�n de Am�rica Latina desde los tiempos precolombinos al a�o 2005, Alianza Universidad, Madrid 1994, p.121-155.
7�Hermes Tovar Pinz�n et Alter, Convocatoria al poder del N�mero. Censos y Estad�sticas de la Nueva Granada, 1750-1830, �Archivo General de la Naci�n, Bogot� 1994.
8�Jos� Antonio Ocampo (Ed.), Historia Econ�mica de Colombia, Biblioteca Familiar Presidencia de la Rep�blica, Bogot� �1997, Un futuro econ�mico para Colombia, Alfaomega-Cambio, Bogot�, 2001.
9�Jos� Antonio Ocampo, Repensar la Agenda del Desarrollo, Naciones Unidas ? Cepal, Santiago de Chile, 2001, p.32.
10�Naciones Unidas ? Cepal, Una d�cada de Luces y Sombras. Am�rica Latina y el Caribe en los a�os noventa, Cepal-Alfaomega, Bogot� 2001.
11�Fred J. Rippy, El Capital Norteamericano y la Penetraci�n Imperialista en Colombia, Editorial la Oveja Negra, Bogot�, 1970; Alvaro Tirado Mej�a, Colombia en la repartici�n Imperialista 1870-1914, Ediciones Hombre Nuevo, Medell�n 1979.
12�Hermes Tovar Pinz�n, La Estaci�n del Miedo o la Desolaci�n dispersa. El Caribe Colombiano en el siglo XVI, Editorial Planeta, Bogot� 1997.
13�C�sar Augusto Velandia Jagua y Jos� del Carmen Buitrago Parra, ?El problema ind�gena en el Sur del Tolima, 1950-1980?, �Informe a Instituto Colombiano de Antropolog�a y Universidad del Tolima, Ibagu� 1989.
14�Augusto G�mez, Indios, Colonos y Conflictos. Una historia regional de los Llanos Orientales, 1780-1970, Siglo XXI editores ? Pontificia Universidad Javeriana, Bogot� 1991.
15?Esta Guerra no es Nuestra?: Ni�os y desplazamiento forzado en Colombia, Codhes ? Unicef, Bogot�, 2000 p.9.
16�Ramiro Cardona G. (Ed.), �Las migraciones internas, Asociaci�n Colombiana de Facultades de Medicina, Editorial Andes, Bogot� [s.f.]; Urbanizaci�n y Marginalidad, Asociaci�n Colombiana de Facultades de Medicina, Tercer Mundo, Bogot�, 1968.
17�James Parsons, Antioque�o Colonization in Western Colombia, Berkeley 1949; H. Tovar Pinz�n, Que nos tengan en cuenta...op. cit.; Juan Carlos V�lez Rend�n ?Los Pueblos allende el r�o Cauca. La Formaci�n del suroeste y la cohesi�n del espacio en Antioqu�a, 1830-1875? Tesis para optar el t�tulo de Magister en Historia, Universidad Nacional de Colombia, Medell�n S.F.
18�Catherine Le Grand, Colonizaci�n y Protesta Campesina en Colombia, 1850-1950, Universidad Nacional de Colombia, Bogot� 1988. Theodore E. Nichols, Tres Puertos de Colombia. Estudio sobre el desarrollo de Cartagena, Santa Marta y Barranquilla, Banco Popular, Bogot� 1973.
19�Carmen Elisa Fl�rez N., Las Transformaciones sociodemogr�ficas en Colombia durante el siglo XX, Banco de la Rep�blica ?Tercer Mundo Editores, Bogot�, 2000 p.65-6
20�Juan C. Elizaga, Migraciones a las �reas metropolitanas de Am�rica Latina, Celade, Santiago de Chile, 1970, p.13.
21�Alan B. Simmons ? Ramiro Cardona, ?La selectividad de la Migraci�n en una perspectiva en el tiempo. �El caso de Bogot� (Colombia) 1929-1968? en Ramiro Cardona (ed.), Op. Cit. p.164.
22�Carlos Castillo (ed.), Vida Urbana y Urbanismo, Instituto Colombiano de Cultura, Bogot�, 1977, p.9.
23?Esta Guerra no es nuestra?.... op. �cit. p.7.
24�Codhes ?Unicef, �Un pa�s que huye. Desplazamiento y violencia en una naci�n fragmentada, Bogot�, 1999.
25�Jaime Andr�s Erazo et alter, ?Diversas causas y costos del desplazamiento:�Qui�n los compensa?? �Banco Mundial, �Informe 2001, p.12.
26?Esta Guerra no es nuestra?... op. cit. p.15
27�Arquidi�cesis de Bogot� ? Codhes, Desplazados. Huellas de nunca borrar. Casos de Bogot� y Soacha, Bogot� 1999, p.119-120.
28�Donny Meertens ?V�ctimas y sobrevivientes de la guerra: tres miradas de g�nero? en Revista Foro Bogot�, Junio de 1988, No. 34, p.19-35; Nora Segura Escobar ?Desplazamiento en Colombia: perspectivas de G�nero? �en Revista Foro, Bogot�, Junio de 1988, No. 34, p.5-17.
29�J. Andr�s Erazo et alter �?Diversas Causas... op.cit. , p.3
30?Esta Guerra no es nuestra?...op. cit. p.14.
31Codhes Informa, No. 2, s.f.
32El Tiempo, S�bado 11 de Septiembre, 2001 p. 1-10 ?Bogot�, destino de desplazados?; Cunadinamarca, S�bado 8 de septiembre 2001 pp. 1 y 3.
33Codhes Informa, Bolet�n de la consultor�a para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, Bogot�, 5 Diciembre 2000, No. 33, p. 15.
34El Tiempo, (Bogot�) �29 de Mayo del 2001, p.1-14.
35�?Tempestad por Fumigaci�n? en El Tiempo, Domingo 22 de Julio del 2001, p.1-2 y 1-3
36�?Paz Aporte? en El Tiempo, Domingo 22 de Julio del 2001, p.1-16.
37Codhes Informa. Bolet�n de la Consultor�a para los Derechos Humanos y el Desplazamiento, Bogot� 7 de diciembre, 2000, No. 34, p.3-4.
38�Entrevista a Carlos Fuentes, ?El Plan Colombia no resuelve nada? en �El Tiempo, Bogot� 1 de Julio del 2001, p.2-14.
39�El debate sobre las fumigaciones tanto en Colombia como en Estados Unidos puede seguirse en la Prensa Colombiana de correspondiente a la �ltima quincena del �mes de julio y durante el �mes de agosto del a�o 2001.
40�Este n�mero ha sido calculado por las Fuerzas Militares, �Noticiero de las Siete, T.V. Julio 4 del 2001.
41�?�Qu� significa guerra urbana?? en El Tiempo, Bogot�, Mi�rcoles 27 de Junio del 2001, p.1-2 , Un informe de inteligencia militar asegura que las FARC?enviaron en el segundo semestre del a�o pasado, 2500 fusiles para el fortalecimiento de la red urban�stico en Bogot�?. Hace 10 a�os se fortalecen las milicias urbanas en Medell�n, C�cuta, Bogot� y Barrancabermeja. Tambi�n ?Con los ojos puestos en las milicias? en El Tiempo, Bogot�, mi�rcoles 27 de junio, del 2001, p.1-3 sobre la milicias en Medell�n.
42El Tiempo (Bogot�), Jueves 5 de Abril, p.1-12.
43�?La �Ley �del Monte? �en Revista Cambio, (Bogot�) �18-25 de Junio/2001, No. 417 p.17-22 �Informa que m�s de ?2000 empresas han sido citadas a Uribe por las Farc para pagar la extorsi�n de la llamada ley 002?.
44�?Cacer�a a finanzas �?Farcs�? en El Tiempo, (Bogot�), 25 de Mayo del 2001, p.1-2 Entidades gremiales del sector ganadero protestaron por los allanamientos realizados por la Fiscal�a buscando documentaci�n que vinculara a estas instituciones con las Autodefensas.
45�?Prestigioso consultor de E.U. hace diagn�stico de Colombia? en El Tiempo, Bogot�, Viernes 8 de Junio del 2001, p. 1-11
46�Jaime Andr�s Erazo et Alter, ?Diversas Causas...?, op. cit. �p.23.
47El Espectador, (Bogot�), 16 de julio del �2001, p. 1-A.
48�?Congresistas de E.U. piden a Bush ayudar a Colombia? en El Tiempo, Bogot�, mi�rcoles 27 de Junio del 2001, p.1-9.
49El Espectador (Bogot�) 16 de Julio del 2001, p. 1�.
50Coches Informa, Bolet�n de la Consultor�a para los derechos humanos y el desplazamiento, Bogot�, 7 de diciembre del 2000, No. 34, p.20.

Pour citer cet article

Hermes Tovar Pinz�n, ��Emigraci�n y �xodo en la historia de Colombia��, Am�rique Latine Histoire et M�moire, Num�ro 3-2001 - Migrations en Colombie , [En ligne], mis en ligne le 7 mars 2006. URL : http://alhim.revues.org/document522.html. Consult� le 14 juillet 2008.

Quelques mots � propos de :� Hermes� Tovar Pinz�n

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