Cubanos
| Cubanos | ||
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| Población |
Total de cubanos:~14 millones Diáspora: ~4.3 millones | |
| Idioma | Español | |
| Religión |
Cristianismo Santería Irreligión Judaísmo | |
| Asentamientos importantes | ||
| 9.748.007 (2024)[1][2][3] |
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| 2.948.426 (2024)[4][5] |
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| 252.290 (2024) |
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| 103.427 (2025) |
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| 44.959 (2024) |
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| 28.976 (2025) |
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| 25.976 (2020) |
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| 21.305 (2023) |
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| 19.545 (2021) |
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| 16.116 (2020) |
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| 11.189 (2019) |
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| 10.768 (2022)[7][8] |
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| 10.228 (2024) |
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Los cubanos son los ciudadanos y nacionales de la República de Cuba, así como los miembros de la diáspora cubana que se identifican cultural o étnicamente como cubanos, independientemente de su ciudadanía actual.
La población residente de Cuba se situó en aproximadamente 9,7 millones de personas a finales de 2024, según cifras preliminares publicadas por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI).[9] Según la ONEI, la población del país ha experimentado un descenso sostenido como consecuencia del efecto combinado de una emigración significativa y una tasa de crecimiento natural negativa.[10] Análisis demográficos independientes sugieren que la población residente real podría ser inferior a lo que indican las cifras oficiales, en parte debido a una subestimación de la emigración hacia destinos distintos de los Estados Unidos.[11]
Fuera de la isla, Estados Unidos alberga con diferencia la mayor comunidad cubana, estimada en aproximadamente 2,9 millones de personas de origen cubano en 2024, concentradas principalmente en Florida—en particular en el área metropolitana de Miami—así como en Texas, California, Nueva Jersey y Ciudad de Nueva York.[12][13] España constituye la segunda comunidad de la diáspora cubana en importancia, con poblaciones menores presentes en Brasil, Italia e Uruguay.[13]
La población cubana tiene su origen principalmente en tres grupos: colonos e inmigrantes de procedencia española —provenientes en su mayor parte de Andalucía, Galicia, Asturias y las Islas Canarias[14]—, africanos subsaharianos trasladados a la isla a través de la trata transatlántica de esclavos,[15] y los pueblos indígenas precolombinos, principalmente los taínos y los ciboneyes.[16][17] Una parte considerable de la población cubana —cuya cantidad exacta es objeto de debate en términos demográficos— presenta ascendencia mixta de los tres grupos, no como resultado de una mestización reciente, sino de siglos de emparejamiento interétnico a lo largo de múltiples generaciones.[18][19] Si bien las comunidades afrocubanas y los cubanos descendientes de españoles han perdurado como unidades etnoculturales diferenciadas, ningún grupo comparable de descendencia indígena sobrevivió al catastrófico colapso demográfico del siglo XVI.[20]No obstante, la herencia taína persiste en la población cubana a nivel genético, tal como evidencian los estudios de ADN mitocondrial.[16][21][22] El español cubano, variedad del idioma español, es la lengua materna de prácticamente todos los cubanos residentes en la isla y sigue siendo ampliamente hablado entre una gran proporción de la diáspora.
Demografía
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El Censo de Cuba de 2012, realizado entre el 15 y el 24 de septiembre de ese año por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), sigue siendo, a fecha de 2026, el censo nacional de población más reciente completado en la isla.[23] Cuba sigue un ciclo censal decenal;[23] el nuevo Censo de Población y Vivienda estaba originalmente previsto para septiembre de 2022,[24] pero ha sido aplazado en reiteradas ocasiones —primero hasta 2025, luego hasta 2026— debido a la aguda crisis económica del país y a las limitaciones logísticas derivadas de ella.[25][26][27] La ONEI llevó a cabo un ensayo censal en el municipio de Santa Cruz del Norte, Mayabeque, en noviembre de 2025, como preparación para el censo de 2026, cuyos resultados completos aún no habían sido publicados a mediados de ese año.[28][29] Los datos demográficos recogidos en esta sección corresponden, en consecuencia, a las condiciones registradas en septiembre de 2012; los cambios posteriores se resumen en la subsección siguiente.
Según el censo de 2012, la población residente de Cuba ascendía a 11 167 325 habitantes, de los cuales 5 570 825 eran hombres y 5 596 500 mujeres, con una razón de sexos de 995 hombres por cada 1000 mujeres.[30] Esta cifra representó una ligera disminución respecto a los 11 177 743 habitantes registrados en el censo de 2002 —el primer descenso intercensal de la población desde las guerras de independencia—, atribuible a una fecundidad inferior al nivel de reemplazo y a un saldo migratorio negativo.[30][31] Los municipios más poblados en el momento del censo eran los de La Habana (2 106 146 hab.), Santiago de Cuba (506 037 hab.), Holguín (346 195 hab.), Camagüey (323 309 hab.) y Santa Clara (240 543 hab.).[23][30]
Cambios demográficos desde 2012
[editar]La población de Cuba ha experimentado un descenso acelerado desde el censo de 2012, impulsado por tres procesos simultáneos que se refuerzan mutuamente: una fecundidad sostenidamente inferior al nivel de reemplazo, un crecimiento natural negativo —con más defunciones que nacimientos— y una emigración masiva de magnitud históricamente sin precedentes.[32][33]
Tasa de fecundidad y variación natural de la población
[editar]Cuba no alcanza el nivel de fecundidad de reemplazo desde 1977 —aunque algunas fuentes oficiales cubanas, como el informe ante la Comisión de Población y Desarrollo de la ONU de 2017 o el Anuario Estadístico de Salud 2022, sitúan la caída definitiva por debajo del umbral de 2,1 hijos por mujer en 1978—,[34] lo que la sitúa entre los casos más tempranos y prolongados de fecundidad por debajo de ese umbral entre las economías en desarrollo.[35][36]
La tasa de fecundidad total (TGF) oscilaba entre 1,41 y 1,54 hijos por mujer en el trienio 2021-2023[37] y descendió a 1,29 en 2024 —el valor más bajo registrado en la historia del país—,[38][39] muy por debajo del umbral de reemplazo de 2,1. En 2024, los nacidos vivos registrados ascendieron a 71.358 —la cifra anual más baja en los últimos 65 años—,[38][40] con una tasa bruta de natalidad de 7,2 por cada 1.000 habitantes,[38] mientras que las defunciones registradas alcanzaron las 128.098,[38][41] lo que produjo un decrecimiento natural de 56.740 personas[42][40] y una relación entre defunciones y nacimientos cercana a 1,8:1. Las defunciones han superado de forma continua a los nacimientos desde 2020.[38][41]
La combinación de una fecundidad muy baja con una esperanza de vida relativamente alta refleja las políticas sociales aplicadas tras la Revolución cubana de 1959 —atención sanitaria universal, amplio acceso a métodos anticonceptivos y al aborto (institucionalizado en 1965, convirtiéndose Cuba en el primer país de América Latina y el Caribe en adoptarlo)—,[43] así como elevadas tasas de escolarización femenina y participación de la mujer en el mercado laboral, que dieron lugar a una transición demográfica característica de las sociedades de altos ingresos sin el correspondiente nivel de desarrollo económico.[44][36]
Media de Edad
[editar]La media de edad de Cuba ascendía a 39,5 años en el momento del censo de 2012,[45] y aumentó hasta alrededor de 42,5 años en el periodo 2025–2026 según la revisión de 2024 de las Perspectivas de la Población Mundial de la División de Población de las Naciones Unidas.[46] Esta cifra contrasta con la edad mediana regional de América Latina y el Caribe, que en 2024 era de aproximadamente 31 años según la CEPAL.[47]
Excluyendo a Puerto Rico por su condición de territorio no incorporado —cuya mediana supera a la de la isla al rondar los 46,7 años—, Cuba es el país soberano con la edad mediana más alta del continente americano, por encima de Canadá (~40,6 años)[48] y de Estados Unidos (~39,1 años).[49][50] Esta posición la sitúa en un perfil demográfico comparable al de Francia (~42–43 años) y otras naciones de Europa occidental con economías avanzadas.[51]En 2024, aproximadamente el 25,7 % de la población residente de Cuba tenía 60 años o más, la proporción más elevada de América Latina y el Caribe.[52][53]
Este perfil demográfico —resultado de tasas de fecundidad históricamente bajas, una esperanza de vida relativamente elevada y la emigración desproporcionada de adultos jóvenes— se asocia típicamente con economías de renta alta.[54][55] La avanzada mediana de edad de Cuba, coexistiendo con un ingreso per cápita comparativamente reducido, constituye una condición demográfica estructuralmente anómala: entre los países cuya mediana de edad supera los cuarenta años, Cuba figura entre los de menor renta, si bien las cifras de PIB cubano no son reportadas por el Fondo Monetario Internacional y las estimaciones disponibles varían considerablemente según la metodología empleada.[56][57]
Distribución por sexo
[editar]Según el censo de 2012, la distribución por sexo de la población cubana era prácticamente equilibrada, con 5.570.825 hombres y 5.596.500 mujeres, lo que equivalía a una razón de sexos de 995 hombres por cada 1.000 mujeres.[58] Al cierre de 2024, la ONEI registró una razón de 974 hombres por cada 1.000 mujeres (4.808.909 hombres y 4.939.098 mujeres), lo que evidencia una alteración medible del equilibrio por sexo respecto al censo de 2012.[59][60]

La ola migratoria iniciada en 2021 se ha caracterizado por una elevada proporción de mujeres, acentuando una tendencia a la feminización de la migración que, según la literatura académica, viene consolidándose en la emigración cubana desde la década de 1990 y que en el período 2021–2024 ha alcanzado una magnitud sin precedentes.[61][62][63] Aproximadamente el 56–57 % de los emigrantes cubanos del período reciente eran mujeres (correspondiendo el 56,6 % al acervo histórico acumulado según la ONU y el ~57 % a la estimación de los flujos de salida de 2022–2023), según los datos del International Migrant Stock de las Naciones Unidas[64] y los análisis del economista y demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos publicados en el Cuba Capacity Building Project de la Escuela de Derecho de la Universidad de Columbia.[65][66] En cuanto a la estructura etaria, alrededor del 77 % del contingente emigrante se encontraba en edades activas, con estimaciones que oscilan entre el tramo de 15–59 años —utilizado en los cálculos de Albizu-Campos,[65] en línea con la definición cubana de población económicamente activa— y el de 15–49 años, rango estándar de la edad reproductiva en demografía, empleado por otras fuentes.[67] La ONEI confirmó que al cierre de 2023 el contingente de mujeres en edad fértil (15–49 años) había disminuido en 304.717 personas respecto al cálculo de referencia anterior, con más del 70 % de esa pérdida concentrada en el tramo de 15–39 años.[37][68]
Esta dinámica ha alterado no solo el tamaño de la población, sino también el equilibrio relativo entre hombres y mujeres —reflejado en el descenso de la razón de masculinidad de 995 a 974 entre 2012 y 2024— y la composición por edades de la población en edad reproductiva, con consecuencias directas sobre la tasa de fecundidad[37] y la estructura del mercado laboral. No obstante, el impacto exacto sobre la distribución por sexo y edad no puede determinarse con la precisión de un censo en ausencia de un levantamiento censal actualizado.[59]
Etnografía de Cuba
[editar]La composición étnica y racial de Cuba es producto de un prolongado proceso histórico de mestizaje, desplazamiento forzado y migración voluntaria.[69] La población clasificada como blanca desciende en su mayor parte de colonos e inmigrantes peninsulares, con una presencia particularmente notable de originarios de Andalucía, las Islas Canarias, Asturias y Galicia, regiones cuya huella es perceptible hasta hoy en la cultura, el habla y la toponimia de la isla.[70] La población negra tiene sus raíces fundamentales en los africanos subsaharianos introducidos como esclavos durante la trata atlántica, que alcanzó su mayor intensidad entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, y en la que predominaron individuos procedentes de los pueblos yoruba, fon y bantú, entre otros grupos del África occidental y central.[71][72] Las poblaciones indígenas originarias, principalmente de filiación taína, desaparecieron en su mayor parte durante las primeras décadas de la colonización, como resultado de la violencia, las enfermedades y el trabajo forzado. Aunque en el presente no se registran comunidades de ascendencia amerindia no mezclada, estudios genéticos apuntan a la persistencia de trazas de ese sustrato en segmentos de la población actual.[73][74]
A estas corrientes principales se suman, en menor escala, los descendientes de trabajadores chinos llegados bajo contrato durante el siglo XIX[75] y los de inmigrantes procedentes del Levante árabe, cuya presencia en la isla se consolidó entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX.[76]
Una parte considerable de los cubanos presenta linajes mixtos que combinan, en proporciones diversas y a lo largo de varias generaciones, herencias española, africana e indígena.
Composición racial según los censos
[editar]Existe consenso en la literatura académica sobre demografía y relaciones raciales cubanas en que los censos oficiales han sobreestimado sistemáticamente la proporción de población clasificada como «blanca» y subestimando el componente no blanco, en especial mixto. Este sesgo se atribuye, entre otros factores, a la emigración preferencial de cubanos blancos tras 1959, a diferencias de fecundidad entre grupos raciales y a la tendencia de muchos cubanos de piel más clara a identificarse como blancos al declarar su raza.[77][78]
Censo de 1953
[editar]Según el censo de 1953, levantado el 28 de enero de ese año, el 72,8 % de los cubanos se identificó como blanco (principalmente de origen español), el 12,4 % como negro, el 14,5 % como mulato y el 0,3 % como chino o asiático oriental (clasificados oficialmente como «amarillo»).[79]
| Grupo racial | Porcentaje | Número absoluto (aprox.) |
|---|---|---|
| Blanco | 72,8 % | 4 243 113 |
| Negro | 12,4 % | 722 799 |
| Mulato/Mestizo | 14,5 % | 845 209 |
| Chino/Asiático («amarillo») | 0,3 % | 17 487 |
| Total | 100 % | 5 829 029 |
Censo de 2002
[editar]Según el censo de 2002, cuyo momento censal fue el 6 de septiembre de ese año, la composición racial de los 11 177 743 habitantes registrados fue la siguiente:[80]
| Grupo racial | Porcentaje | Número absoluto |
|---|---|---|
| Blanco | 65,05 % | 7 271 926 |
| Mulato/Mestizo | 24,86 % | 2 778 923 |
| Negro | 10,08 % | 1 126 894 |
| Total | 100 % | 11 177 743 |
Censo de 2012
[editar]El censo de 2012, levantado entre el 15 y el 24 de septiembre de ese año, registró una población total de 11 167 325 habitantes. La composición racial fue publicada por la ONEI en 2016 en un informe temático específico:[81]
| Grupo racial | Porcentaje | Número absoluto |
|---|---|---|
| Blanco | 64,12 % | 7 160 399 |
| Mulato/Mestizo | 26,62 % | 2 972 882 |
| Negro | 9,26 % | 1 034 044 |
| Total | 100 % | 11 167 325 |
Principales componentes étnicos de la población cubana
[editar]Pueblos precolombinos
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Cuba no incluye una categoría de autoidentificación indígena en sus encuestas oficiales de población (Oficina Nacional de Estadística e Información, ONEI), por lo que la ascendencia amerindia solo puede cuantificarse mediante estudios genéticos.
A la llegada de Cristóbal Colón en 1492, Cuba estaba habitada por al menos tres grupos indígenas diferenciados.
Guanahatabey
[editar]Los guanahatabey eran los pobladores más antiguos documentados, cazadores-recolectores arcaicos asentados en el extremo occidental de la isla desde aproximadamente el año 4000 A.C,[82] cuya lengua no guardaba parentesco con la taína ni con ninguna otra lengua de la familia arahuaca documentada.[83]
Ciboney
[editar]Los ciboney (o siboney), un grupo arahuaco occidental, habitaban el centro y el occidente de la isla. Aunque diversas fuentes los describen como el grupo más extendido geográficamente al momento del contacto, su posición como el más numeroso es objeto de debate académico, dado que los taínos contaban con asentamientos de mayor densidad en el oriente.[84]
Taínos
[editar]Los taínos, pueblo de origen arahuaco procedente de las tierras bajas sudamericanas y con mayor desarrollo tecnológico que los grupos anteriores, ocupaban principalmente el oriente y el centro de Cuba y fueron el primer grupo contactado por Colón al desembarcar en las costas orientales de la isla el 28 de octubre de 1492.[85] Las estimaciones de la población indígena precontacto oscilan entre aproximadamente 60 000 y 600 000 personas, situándose las estimaciones académicas más recientes en el extremo inferior de dicho intervalo.[86]
Los taínos estaban organizados en aldeas bajo líderes hereditarios llamados caciques, practicaban el cultivo del maíz y la yuca, y desarrollaron una cultura material cuya huella persiste en la Cuba contemporánea: palabras como tabaco, hamaca y canoa, así como numerosos topónimos —entre ellos La Habana, Camagüey y Baracoa— derivan de la lengua taína.[87]
Conquista española y colapso demográfico
[editar]La conquista española de Cuba, iniciada bajo Diego Velázquez de Cuéllar a partir de 1511, provocó la destrucción casi total de la población indígena en pocas décadas.[88] El sistema de encomienda —regulado por las Leyes de Burgos de 1512 y sus ordenanzas complementarias de 1513— sometió a las comunidades taínas y ciboney a trabajo forzado, principalmente en la minería del oro y la producción agrícola, en condiciones que observadores contemporáneos como Bartolomé de las Casas calificaron de letales.[89] Las Casas documentó la masacre de Caonao (hacia 1513), afirmando en su relato que habrían perecido varios miles de indígenas; esta cifra ha sido cuestionada por la historiografía posterior, que señala la tendencia del cronista hacia la hipérbole en sus estimaciones numéricas.[90][91]
A la violencia de la conquista se sumaron sucesivas epidemias —entre ellas la que afectó a La Española en 1493 antes de la colonización permanente de Cuba, la viruela (1518–1519) y el sarampión— que causaron una mortalidad catastrófica entre poblaciones sin inmunidad previa.[92] Los supervivientes huyeron a refugios montañosos o fueron confinados en pueblos de indios, uno de los cuales, Guanabacoa, es hoy un municipio de La Habana. A mediados del siglo XVI, los registros oficiales españoles indicaban que apenas subsistían comunidades indígenas identificables, y el consenso académico predominante durante buena parte del siglo XX sostuvo que los taínos cubanos habían desaparecido como población diferenciada en el plazo de una o dos generaciones tras el contacto.
Revisión del relato de extinción total
[editar]Esta tesis ha sido sustancialmente revisada por investigaciones etnográficas y genéticas desarrolladas desde los años ochenta del siglo XX. Observadores del siglo XIX —entre ellos el abolicionista británico David Turnbull durante su estancia en La Habana en los años 1838–1840[93] y el naturalista español Miguel Rodríguez Ferrer, cuya obra principal sobre Cuba fue publicada en 1876 a partir de un trabajo de campo realizado entre los años 1840 y 1861[94]— describieron comunidades en Guanabacoa, El Caney y las estribaciones de la Sierra Maestra con indicios de ascendencia indígena, aunque tales testimonios reflejan las categorías raciales de su época y no constituyen verificación genealógica ni genética.
El trabajo más riguroso fue desarrollado a partir de 1989 por José Barreiro, estudioso de origen cubano y entonces subdirector de investigación del Museo Nacional del Indígena Americano del Smithsonian Institution, en colaboración con el historiador de Baracoa Alejandro Hartmann Matos. Sus investigaciones etnográficas estimaron que al menos 5000 individuos con ascendencia indígena identificable subsistían en Cuba, mientras que cientos de miles podrían contar con ascendencia indígena parcial.[95] La comunidad de La Caridad de los Indios, en las montañas al suroeste de Baracoa, es la más citada en la literatura académica como la que mejor preserva la continuidad cultural taína —incluyendo prácticas agrícolas tradicionales, técnicas constructivas y tradición oral— en el seno de una población mayoritariamente mestiza. En 2018, el Smithsonian Institution devolvió a esta comunidad fragmentos óseos de siete individuos taínos extraídos casi un siglo antes por el arqueólogo estadounidense Mark R. Harrington.[96]
Es fundamental subrayar que la evidencia de supervivencia indígena en Cuba atañe casi exclusivamente a prácticas culturales y ascendencia genética parcial, no a poblaciones biológicamente «puras» según ningún criterio genealógico. Todas las comunidades identificadas como descendientes de taínos son mayoritariamente mestizas, con ascendencia española y africana. La identidad indígena fue además históricamente suprimida: las autoridades coloniales españolas la persiguieron activamente con el propósito de extinguir los derechos territoriales indígenas —la última reclamación de tierras fue rechazada judicialmente en 1850— y su estigmatización llevó a muchas familias a ocultar su ascendencia durante generaciones.[97]
Evidencia genética de ascendencia amerindia
[editar]Diversos estudios genómicos confirman la persistencia de ascendencia indígena significativa en la población cubana, con una distribución marcadamente asimétrica en cuanto a sexo y geografía.
El estudio autosómico de mayor escala, realizado por Marcheco-Teruel et al. (2014) y publicado en PLOS Genetics con una muestra de 1019 individuos de todas las provincias cubanas, estimó que la ascendencia amerindia autosómica promedio a nivel insular era de aproximadamente el 8% (frente al 72% europea y el 20% africana), mientras que la estimación por ADN mitocondrial (ADNmt) ascendía al 34,5%.[98]Marcheco-Teruel, Beatriz; Parra, Esteban J.; Fuentes-Smith, Enrique; Salas, Antonio (2014). «Cuba: Exploring the History of Admixture and the Genetic Basis of Pigmentation Using Autosomal and Uniparental Markers». PLOS Genetics 10 (7): e1004488. PMID 25058410. doi:10.1371/journal.pgen.1004488.</ref> Esta marcada asimetría —la ascendencia indígena rastreable casi exclusivamente por vía materna— es coherente con la dinámica colonial, en la que se produjeron uniones de mujeres indígenas con hombres europeos y africanos mientras los linajes masculinos indígenas fueron eliminados de facto por la conquista y las epidemias. El mismo estudio registró una variación geográfica pronunciada: las provincias orientales de Granma (15%), Holguín (12%) y Las Tunas (12%) presentaron los mayores índices de ascendencia amerindia autosómica, lo cual coincide con la distribución histórica del asentamiento taíno.[98]
Estudios comparativos del ADNmt en el Caribe documentan frecuencias elevadas de linajes amerindios en las antiguas colonias españolas, mientras que son prácticamente nulos en territorios de colonización francesa y británica, lo que refleja las distintas políticas coloniales de cada potencia y su diferente dependencia de la mano de obra africana esclavizada.[99] Un análisis de ADN antiguo de individuos ciboney procedentes de yacimientos cubanos confirmó la afinidad de sus linajes mitocondriales con poblaciones arahuacas de América del Sur.[100]
Refugiados indígenas de Florida
[editar]El legado demográfico amerindio de Cuba recibió una aportación secundaria de refugiados indígenas del norte de Florida, desplazados tras la transferencia de la Florida española a Gran Bretaña en virtud del Tratado de París de 1763. Durante el período colonial, grupos como los timucua, calusa, tequesta y apalachee habían mantenido vínculos estrechos con Cuba, en particular con La Habana; los calusa realizaban comercio regular en canoa con la ciudad desde alrededor de 1600.[101] Estas poblaciones habían sido ya drásticamente reducidas por epidemias e incursiones de grupos aliados con los británicos antes de 1763: hacia la década de 1720, los otrora numerosos timucua habían quedado reducidos a menos de 40 individuos.[102] [103]
En 1763, un pequeño número de refugiados indígenas se sumó al éxodo español desde San Agustín, mientras que un remanente de población indígena de ascendencia calusa —cuya magnitud exacta resulta difícil de precisar con las fuentes coloniales disponibles, dado el avanzado estado de desintegración tribal de ese pueblo para esa fecha— fue trasladado a La Habana.[104] Estas comunidades, ya ampliamente integradas en la sociedad colonial española, fueron rápidamente absorbidas por la población cubana general, y su aportación genética específica no puede cuantificarse con independencia del componente taíno, considerablemente más dominante.
Cubanos de ascendencia predominantemente europea («blancos»)
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En el censo nacional de 2012, el 64,1 % de la población de Cuba se identificó como blanca.[105] En la clasificación demográfica y etnorracial cubana, el término blanco designa a las personas de ascendencia predominantemente europea y no debe confundirse con la categoría anglófona white, la cual conlleva connotaciones propias —en particular, asociaciones con la ascendencia noreuropea— ausentes en el uso cubano.
Dado el historial colonial de la isla y los patrones predominantes de inmigración, la población blanca cubana está compuesta de manera abrumadora por descendientes de europeos meridionales, principalmente españoles peninsulares y colonos procedentes de las Islas Canarias, cuya migración hacia Cuba fue cuantiosa y sostenida a lo largo de varios siglos.
Colonos españoles
[editar]El asentamiento español en Cuba se inició en 1492 y se prolongó, en oleadas sucesivas y demográficamente diferenciadas, durante más de cuatro siglos. La isla sirvió simultáneamente como eje administrativo del Caribe español y como punto de tránsito hacia el conjunto del proyecto colonial, lo que la convirtió en destino privilegiado de colonos procedentes de prácticamente todas las regiones de España. El carácter de cada oleada migratoria —su origen regional, composición social y motivación económica— varió de forma sustancial a lo largo del tiempo, produciendo una herencia europea estratificada que refleja tanto la política colonial como los ciclos económicos de cada época.
Colonización temprana (1492–c. 1762)
[editar]Los primeros colonos españoles llegaron con el primer viaje de Colón en 1492, entre ellos marineros y soldados procedentes de Andalucía y las Islas Canarias, cuyos navíos habían partido del puerto andaluz de Palos de la Frontera tras una escala en Gran Canaria.[106] La colonización formal de la isla comenzó en 1511 bajo el mando de Diego Velázquez de Cuéllar, quien fundó siete villas entre 1511 y 1515, incluidas Santiago de Cuba y La Habana. Los primeros pobladores fueron predominantemente extremeños y andaluces, en consonancia con la composición de las expediciones caribeñas tempranas que partían principalmente de Sevilla —en aquel entonces puerto monopolístico del comercio con las Américas bajo el sistema de la Casa de Contratación (1503–1790)—. A lo largo de los siglos XVI y XVII, la población de Cuba permaneció reducida y orientada a fines estratégicos: el puerto natural de La Habana la convirtió en escala obligatoria de la flota española del tesoro, y la isla funcionó más como base logística que como colonia agrícola. El asentamiento se concentró en un puñado de poblaciones costeras, y la población de colonos se vio reforzada de manera intermitente por reales decretos que promovían la emigración desde las Islas Canarias, cuyo crónico excedente demográfico hacía de los canarios una fuente conveniente y económica de colonos agrícolas para el Caribe español.
Canarios (isleños)
[editar]De todos los grupos regionales españoles, los canarios —conocidos en Cuba como isleños— ejercieron la influencia más profunda y duradera sobre la demografía, la agricultura y la cultura lingüística cubanas. La emigración canaria hacia Cuba fue un proceso continuo desde los inicios del siglo XVI, organizado en parte mediante contratos de población por los que la Corona española alentaba a familias canarias a establecerse en zonas despobladas de sus colonias caribeñas. A diferencia de las migraciones predominantemente masculinas procedentes de la península ibérica, la emigración canaria era de naturaleza familiar —incluyendo mujeres, hijos y grupos familiares extensos—, lo que otorgó a las comunidades canarias una capacidad singular para la consolidación demográfica rural. Los canarios fueron los principales agentes del cultivo del tabaco en Cuba, convirtiéndose en los vegueros por antonomasia, y resultaron decisivos para el desarrollo de la región de Vuelta Abajo en Pinar del Río, considerada aún hoy productora del mejor tabaco para puros del mundo.[106] Su huella en la fundación de poblaciones fue igualmente significativa: Santiago de las Vegas, entre otras, fue establecida por inmigrantes canarios especializados en la producción tabacalera. Tras la Revolución cubana, numerosos fabricantes de puros de origen canario se trasladaron a las propias Islas Canarias, donde establecieron una industria tabacalera basada en semillas y técnicas cubanas.
La impronta lingüística del asentamiento canario en el español cubano es profunda y bien documentada. El español cubano pertenece al mismo continuo dialectal atlántico que el español canario, con el que comparte el seseo, el yeísmo, la aspiración y el debilitamiento de consonantes en posición silábica final, además de una entonación que distingue al español caribeño de las variedades peninsulares.[107] Numerosas palabras cotidianas del español cubano proceden directamente del uso canario, siendo la más citada guagua (autobús), término de origen canario hoy de uso universal en Cuba y otros dialectos caribeños. De las siete islas canarias, La Palma es la que presenta el acento más próximo al español cubano, reflejo de siglos de migración cruzada e intercambio cultural.
Andaluces
[editar]Andalucía constituyó la puerta jurídica y comercial hacia las Américas durante todo el período colonial. Bajo el sistema de la Casa de Contratación (1503–1790), todo el comercio trasatlántico quedó monopolizado a través de Sevilla, lo que hizo que los mercaderes, funcionarios, clérigos y artesanos andaluces estuvieran sobrerrepresentados en las primeras oleadas de asentamiento caribeño. Los andaluces figuran entre los fundadores de La Habana y otras poblaciones tempranas, y su dialecto —caracterizado por el seseo, la aspiración de la /s/ ante consonante y las vocales abiertas— reforzó los rasgos fonológicos que se convertirían en señas de identidad del español cubano, actuando en paralelo con las influencias canarias que se intensificaron en el siglo XIX.[107] La comunidad andaluza mantuvo una presencia significativa en la vida cultural habanera durante todo el período colonial: las corridas de toros, practicadas en Cuba al menos desde 1514 —fecha del primer festejo documentado, descrito por Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias[nota 1]— hasta su prohibición por las fuerzas de ocupación estadounidenses en 1899,[106] fueron animadas en gran medida por lidiadores e impresarios procedentes de Cádiz y Sevilla.
Gallegos
[editar]Galicia aportó uno de los mayores flujos de emigrantes españoles a Cuba, hasta el punto de que el término coloquial cubano para designar a cualquier español —independientemente de su origen regional— se convirtió en gallego y continúa siéndolo. Esta confusión lingüística refleja una realidad demográfica: en vísperas de la Primera Guerra Mundial, La Habana albergaba la segunda comunidad urbana más grande de gallegos ibéricos en el mundo, superada únicamente por Buenos Aires.[106] La emigración gallega hacia Cuba se intensificó de manera sostenida desde mediados del siglo XIX, alcanzó su apogeo en las dos primeras décadas del siglo XX y dejó una huella estructural en el comercio cubano, la arquitectura urbana y la lengua vernácula. En La Habana, los inmigrantes gallegos fundaron y financiaron el Centro Gallego de La Habana, que se convirtió en una de las dos instituciones más poderosas de ayuda mutua y cultura de la isla; su sede —un edificio palaciego construido en el flanco occidental del Parque Central frente al rival Centro Asturiano— fue nacionalizada tras 1961 y alberga hoy el Gran Teatro de La Habana, principal ópera del país. El himno de Galicia, Os Pinos, recibió su estreno mundial en La Habana el 20 de diciembre de 1907, en el teatro del Centro Gallego, testimonio del peso cultural de la comunidad diaspórica.[108] Entre los descendientes más prominentes de inmigrantes gallegos se encuentra Fidel Castro, cuyo padre, Ángel Castro Argiz, emigró del municipio de Láncara, en la provincia de Lugo.[109] El impacto gallego sobre el vocabulario y el habla cubanos es extenso; los gallegos dominaron amplios sectores de la economía comercial habanera —regentando tiendas, cafés y pequeños negocios—, y fue precisamente esta presencia en los ámbitos de la vida cotidiana —más que una influencia cultural de élite— la que transmitió elementos lingüísticos al uso común.
Asturianos
[editar]La comunidad asturiana en Cuba se situó junto a la gallega como uno de los dos grupos regionales españoles numéricamente dominantes de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Los inmigrantes asturianos se establecieron principalmente en La Habana y en las ciudades provinciales más importantes, concentrándose en el comercio, el ramo de la alimentación y la pequeña manufactura. El Centro Asturiano de La Habana —erigido directamente frente al Centro Gallego en el Parque Central— constituyó el otro gran pilar de la red española de ayuda mutua en Cuba, ofreciendo a sus miembros servicios de salud, educación y asistencia social mediante un sistema de membresía que en su apogeo contaba con decenas de miles de afiliados. En 1900, cuando la población total de Cuba rondaba los 1,6 millones de habitantes, los tres grupos más numerosos de residentes nacidos en España —gallegos, asturianos y canarios— constituían conjuntamente el 68 % del total de inmigrantes españoles de la isla.[110]
Catalanes y otros grupos peninsulares
[editar]Los catalanes mantuvieron una presencia significativa en Cuba desde el siglo XVIII, concentrada particularmente en el comercio y el tráfico marítimo. En Santiago de Cuba, los comerciantes catalanes se establecieron como intermediarios clave en la economía portuaria. En 1900, unos 6 400 catalanes residían en Cuba —un número desproporcionadamente elevado en relación con el peso demográfico de Cataluña en el conjunto de España, reflejo de las tradiciones mercantiles de la región—.[110] Vascos, castellanos, valencianos y otros grupos peninsulares también contribuyeron a la población colonial y poscolonial, aunque en cifras absolutas inferiores a las de los grupos españoles noroccidentales y meridionales.
Inmigración posindependencia (1898–c. 1931)
[editar]Paradójicamente, la mayor oleada de emigración española hacia Cuba no se produjo durante el período colonial, sino en las décadas inmediatamente posteriores a la independencia cubana. Entre 1902 y 1931, aproximadamente 780 000 españoles constituyeron el 60,8 % del total de inmigrantes llegados a la isla durante ese período. La mayoría de ellos eran jóvenes varones rurales procedentes de Galicia, Asturias y las Islas Canarias, atraídos por el trabajo asalariado en la industria azucarera en rápida expansión.[111] Durante cuatro años consecutivos, entre 1916 y 1920, Cuba fue el destino más común para los emigrantes españoles en toda América Latina, absorbiendo aproximadamente el 60 % de la emigración española total hacia la región; entre 1900 y 1930, sólo fue superado por Argentina.[112] Los historiadores han descrito el medio siglo comprendido entre 1880 y 1930 como el mayor proceso migratorio de España hacia las Américas de toda su historia, superior en número a todos los siglos precedentes de conquista y colonización juntos; de los más de tres millones de emigrantes españoles de ese período, aproximadamente un tercio se estableció en Cuba.[112] En 1920, la población de Cuba había crecido hasta casi tres millones, de los cuales aproximadamente 250 000 eran nacidos en España.[110] Esta oleada posterior a la independencia reforzó sustancialmente el sustrato genético y cultural ibérico de la población de la isla, consolidando los patrones de origen regional —principalmente gallego, asturiano y canario— ya establecidos durante el período colonial.
Otros grupos europeos
[editar]Franceses
[editar]La inmigración francesa a Cuba se produjo en dos oleadas diferenciadas. La primera, durante el siglo XVIII, consistió en mercaderes, funcionarios y colonos que establecieron una modesta presencia en La Habana y las provincias orientales. La segunda —notablemente más numerosa y de mayor trascendencia— fue precipitada por la Revolución haitiana (1791–1804), cuando decenas de miles de colonos franceses y las personas esclavizadas que llevaban consigo huyeron de Saint-Domingue y se refugiaron principalmente en el oriente de Cuba.[113] Las estimaciones históricas sitúan en más de 20 000 el total de refugiados franceses de todas las clases sociales llegados al oriente del país durante el período 1800–1809,[114] siendo 1803 el año de mayor afluencia: según fuentes de época recogidas por la historiografía, solo ese año llegaron unos 27 000 franceses.[115] El total acumulado para todo el período 1791–1810 pudo ser algo mayor.[116] Se establecieron principalmente en Cuba oriental —alrededor de Santiago de Cuba, Guantánamo y Baracoa—, donde introdujeron el cultivo del café a escala significativa y transformaron la economía de la región en el plazo de una década. Sus descendientes, conocidos localmente como franco-haitianos, mantuvieron una identidad cultural diferenciada en Cuba oriental durante varias generaciones.
Italianos
[editar]La inmigración italiana a Cuba fue modesta en comparación con la registrada en Argentina o Brasil.[117] A mediados del siglo XIX existía ya una pequeña colonia formada principalmente por hombres de cultura, arquitectos, ingenieros, pintores y artistas que trabajaron en el embellecimiento de edificios e iglesias en La Habana.[118] En 1884, esta comunidad fundó en La Habana la Associazione Generale di Mutuo Soccorso (Asociación General de Mutuo Socorro) y, en 1891, la Sociedad de Beneficencia para asistir a los más necesitados.[119] El registro consular elaborado desde esa fecha acumulaba en 1896 más de tres mil inscritos, cifra que el propio cónsul, el conde Mario Compagnoni Marefoschi, describió como exagerada a causa de bajas, partidas y escasos nuevos llegados, estimando la presencia real en entre 1 500 y 2 000 residentes.[119] Algunos italianos participaron en la Guerra de Independencia cubana. El promotor inmobiliario Domenico «Dino» Pogolotti, oriundo de Giaveno, en el Piamonte, construyó el primer barrio obrero planificado de Cuba, que aún lleva su nombre.
Británicos e irlandeses
[editar]La presencia británica en Cuba estuvo decisivamente marcada por la ocupación británica de La Habana entre 1762 y 1763, durante la cual las fuerzas británicas abrieron el puerto al libre comercio y ampliaron sustancialmente la trata de esclavos, lo que aceleró el desarrollo de la economía azucarera de la isla de manera que sus efectos perduraron más allá del período de ocupación.[106] Tras la devolución de La Habana a España en virtud del Tratado de París de 1763, la presencia militar y administrativa británica se retiró de Cuba, pero los vínculos comerciales establecidos durante la ocupación no desaparecieron por completo.[120] Una pequeña comunidad de mercaderes británicos e irlandeses continuó operando en La Habana a finales del siglo XVIII,[121] beneficiándose de la reorientación comercial impulsada por las reformas borbónicas posteriores a 1763, que vincularon progresivamente la economía cubana al sistema atlántico norteño.[122]
Europeos del Este
[editar]Un reducido número de inmigrantes no judíos de Europa del Este —polacos, rusos, ucranianos y otros grupos— se asentó en Cuba antes y durante el período de alineamiento soviético. La presencia prerrevolucionaria más destacada fue la del polaco Carlos Roloff Mialofsky (Karol Rolow-Miałowski, 1842–1907), quien llegó a Cuba hacia 1865 procedente de Estados Unidos tras servir en el Ejército de la Unión durante la Guerra de Secesión; alcanzó el rango de mayor general del Ejército Libertador y combatió en la Guerra de los Diez Años y en la Guerra de Independencia cubana.[123][nota 2] En las décadas de 1920 y 1930, algunas centenas de familias polacas judías y no judías se establecieron en la isla —en 1927 fundaron la Unión del Pueblo Polaco—, si bien Cuba fue usualmente un punto de tránsito hacia los Estados Unidos.[124] Durante el período de alineamiento soviético (1961–1991), una nueva oleada de europeos del Este llegó a Cuba como asesores técnicos, militares, estudiantes y profesionales en el marco de acuerdos bilaterales entre La Habana y Moscú, aunque la mayoría no conformó asentamientos permanentes de consideración.[125] Tras la disolución de la Unión Soviética, una parte reducida de esta comunidad permaneció en la isla, principalmente mediante matrimonios mixtos y vínculos familiares.
Cubanos de ascendencia subsahariana o afrocubanos
[editar]
Según el censo nacional de 2012, realizado por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), el 9,3 % de la población —aproximadamente 1,03 millones de personas— se autoidentificó como negra (que en Cuba indica, ascendencia predominantemente subsahariana), mientras que un 26,6 % adicional se identificó como mulata y el 64,1 % como blanca. Considerados en conjunto, quienes se identifican como negros o de ascendencia africana mixta representan aproximadamente el 35,9 % de la población oficialmente censada.[126]
Estas cifras son, sin embargo, consideradas por algunos estudiosos como una subestimación significativa de la realidad demográfica. Dado que los datos censales cubanos sobre raza se basan en la autoidentificación, se ven afectados por el arraigado estigma social en torno a la raza en Cuba y por el fenómeno del blanqueamiento —la presión social histórica y actual para identificarse como blanco o mestizo en lugar de negro—. El Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos de la Universidad de Miami estimó que la proporción de cubanos con algún grado de ascendencia africana se acercaba al 62 %,[127] mientras que otras valoraciones han situado la cifra aún más alta. Como en muchos países latinoamericanos y caribeños, la clasificación racial en Cuba responde tanto a criterios sociales y de clase como a rasgos somáticos; pocos cubanos son considerados —o se consideran a sí mismos— de ascendencia enteramente no mixta.
La investigación genética aporta datos adicionales sobre el grado de ascendencia africana subsahariana en la población cubana. Un estudio de 2014 publicado en PLOS Genetics, basado en una muestra de 1019 individuos representativos de todas las provincias cubanas y que empleó marcadores autosómicos informativos de ancestría (AIMs), así como marcadores mitocondriales y del cromosoma Y, estimó la composición genética media de la población de Cuba en aproximadamente un 72 % de ascendencia europea, un 20 % africana y un 8 % amerindia.[128] Entre quienes se autodeclaraban negros, la composición ancestral estimada era de aproximadamente el 65,5 % africana, el 29 % europea y el 5,5 % amerindia, un grado de mestizaje coherente con la prolongada historia de importación de africanos esclavizados y la posterior mezcla demográfica en la isla. El mismo estudio identificó un marcado gradiente geográfico: las proporciones más elevadas de ascendencia genética africana se concentraban en las provincias surorientales de Guantánamo (aproximadamente el 40 %) y Santiago de Cuba (aproximadamente el 39 %), en consonancia con la concentración histórica de la agricultura de plantación y la importación de africanos esclavizados en Cuba oriental. Se identificó asimismo un patrón de mestizaje con sesgo sexual: una ascendencia europea sustancialmente mayor derivada del linaje paterno del cromosoma Y, con una ascendencia africana y amerindia predominante en el linaje materno mitocondrial, un hallazgo que refleja la asimetría de género de la mezcla racial en la época colonial.[128]
Aunque los afrocubanos se encuentran en toda la isla, están más concentrados en Cuba oriental, históricamente conocida como Oriente, donde el legado de las economías de plantación de caña de azúcar y café —y la importación masiva de africanos esclavizados y la presencia posterior de sus descendientes— ha conformado el perfil demográfico de la región durante siglos. Oleadas posteriores de inmigración afrocaribeña reforaron esta concentración: tras la Revolución haitiana (1791-1804), decenas de miles de colones franceses y los africanos esclavizados que llevaban consigo se establecieron principalmente en Guantánamo y sus alrededores, donde fundaron plantaciones de azúcar y café. Posteriormente, trabajadores afrojamaicanos y haitianos continuaron migrando a Cuba oriental como braceros en la zafra durante las primeras décadas del siglo XX. La proporción de afrocubanos dentro de la población total aumentó de forma marcada tras la Revolución cubana de 1959, when la emigración masiva de cubanos predominantemente blancos y de clase media —muchos de los cuales se trasladaron a Miami y otras ciudades de Estados Unidos— alteró fundamentalmente la composición demográfica de la isla. Relativamente pocos afrocubanos formaron parte de las primeras oleadas del exilio, en parte por el compromiso declarado de la Revolución con la igualdad racial y en parte porque los cubanos negros tenían menor acceso al capital económico y social que facilitaba la emigración. El Minority Rights Group International estima que los afrodescendientes (que incluyen a los cubanos de ascendencia mixta) pueden constituir hoy cerca del 70 % de la población residente real, aunque esta cifra sigue siendo objeto de debate ante la ausencia de una metodología censal más fiable.[129]
Grupos étnicos africanos originarios con descendientes en Cuba
[editar]La trata transatlántica de esclavos introdujo en Cuba a personas procedentes de una amplia franja del África subsahariana, desde Senegambia hasta Mozambique, a lo largo de más de tres siglos (aproximadamente 1520-1867). La base de datos Voyages: The Trans-Atlantic Slave Trade Database estima que Cuba recibió aproximadamente 900 000 africanos esclavizados a lo largo de ese período, aunque las estimaciones varían según la metodología y la edición de la base de datos, con rangos que van de poco más de 700 000 a más de un millón, con una concentración marcada en la segunda mitad del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX.[130] Dado que los traficantes y administradores coloniales agrupaban a las personas africanas bajo denominaciones étnicas o regionales —frecuentemente imprecisas o arbitrarias desde el punto de vista etnológico—, las «naciones» africanas documentadas en los archivos cubanos no corresponden siempre con precisión a grupos étnicos o lingüísticos discretos, sino que reflejan también los circuitos comerciales de los puertos de embarque. No obstante, es posible identificar con cierta fiabilidad los principales grupos de origen.
Lucumí (yoruba)
[editar]El término lucumí —cuya etimología sigue siendo debatida, aunque posiblemente derive de una forma del saludo yoruba olùkù mi («mi amigo») o de un topónimo relacionado con el reino de Ulkumí— designa en Cuba a los africanos de habla yoruba, procedentes principalmente del suroeste de la actual Nigeria, el sur de Benín y el sureste de Togo. La región de origen comprendía los territorios del Imperio de Oyó, los reinos de Egbado, Egba, Ketu, Ijebu, Ijesha y Ekiti, así como la ciudad-estado de Ifé, centro espiritual de la religiosidad yoruba. Aunque los yoruba estuvieron presentes en Cuba desde etapas tempranas de la trata, su llegada masiva se concentró entre las décadas de 1820 y 1860, como consecuencia directa del colapso del Imperio de Oyó (hacia 1817-1836) y las guerras de expansión del Califato de Sokoto y el Emirato de Ilorin, que generaron un flujo extraordinario de cautivos yoruba hacia los mercados esclavistas atlánticos.
Los lucumí se concentraron sobre todo en La Habana y Matanzas, donde formaron cabildos y comunidades con notable cohesión cultural. Su legado religioso dio origen a la Regla de Ocha —popularmente conocida como Santería— y a la Regla de Ifá, sistemas de culto centrados en los orishas (divinidades) del panteón yoruba: Obatalá, Changó, Yemayá, Oggún, Ochún, Elegguá, entre otros.[131] Estos cultos survived mediante sincretismo con el catolicismo romano —los orishas fueron identificados con santos católicos—, y constituyen hoy uno de los sistemas religiosos de origen africano más influyentes del hemisferio occidental. La lengua yoruba se preservó parcialmente como lengua litúrgica en contextos rituales cubanos, aunque con modificaciones fonológicas y léxicas propias.
Congo (bantúes de África Central Occidental)
[editar]Bajo la denominación genérica de congos, los registros coloniales cubanos agrupaban a los africanos procedentes de África Central Occidental: principalmente el Reino Kongo, el Reino de Loango, las regiones del actual norte de Angola, el oeste de la República Democrática del Congo y la República del Congo. Se trataba de hablantes de diversas lenguas bantúes, entre las que predominaban el kikongo y lenguas emparentadas. En términos cuantitativos, los bantúes de África Central constituyeron uno de los grupos más numerosos —posiblemente el más numeroso en términos acumulados a lo largo de toda la historia de la trata— dentro de la población africana esclavizada en Cuba.
Su presencia fue constante desde los primeros decenios de la colonización española y se mantuvo durante todo el período esclavista. A diferencia de los lucumí, cuyo ingreso masivo fue tardío y concentrado, los congos llegaron en oleadas sostenidas durante siglos. Su legado religioso y ritual se expresó en la Regla de Palo —también conocida como Palo Monte o Regla Conga—, sistema que articula la relación entre los vivos y los espíritus de los muertos (mpungos o nfumbis) a través de la nganga, recipiente ritual cargado de elementos naturales y restos humanos.[131] La Regla de Palo mantiene un vocabulario ritual en kikongo cubano, lengua criollizada con notable conservadurismo léxico. Aunque el catolicismo influyó también en esta tradición, su sincretismo es estructuralmente distinto al de la Regla de Ocha.
Arará (fon-ewe y pueblos del Golfo de Benín)
[editar]Los ararás en Cuba corresponden a africanos procedentes del Reino de Dahomey y los reinos vecinos del actual Benín, Togo y el sureste de Ghana: principalmente grupos fon, ewe, adja y mahi. El nombre deriva de Ardra (Allada), el antiguo reino aja que fue uno de los principales centros de la trata en el Golfo de Benín durante los siglos XVII y XVIII. Lingüística y culturalmente emparentados con los yoruba —con quienes comparten elementos del sustrato religioso del Golfo de Benín—, los ararás se distinguen sin embargo por rasgos rituales y mitológicos propios.
En Cuba se concentraron especialmente en la región de Matanzas, donde fundaron cabildos propios y preservaron tradiciones que dieron origen a la Regla Arará. Esta tradición venera a los voduns (equivalentes funcionales de los orishas lucumí) bajo denominaciones propias, con liturgias en lengua fon parcialmente conservadas. La Regla Arará, menos extendida que la Regla de Ocha o el Palo Monte, se ha mantenido fundamentalmente en el municipio de Jovellanos (Matanzas) y sus alrededores, donde perviven algunos linajes rituales de notable antigüedad.
Carabalí (pueblos del Golfo de Biafra)
[editar]El término carabalí —derivado del topónimo «Old Calabar», principal puerto esclavista en la desembocadura del río Cross— agrupaba en Cuba a africanos de procedencia heterogénea dentro de la región del actual sureste de Nigeria y suroeste de Camerún: principalmente efik, ibibio, igbo, ekoi y otros pueblos de la cuenca del río Cross y el Delta del Níger. Llegaron en cantidades significativas sobre todo durante el siglo XVIII y comienzos del XIX.
Los carabalí están históricamente asociados en Cuba con la fundación de la Sociedad Secreta Abakuá (también llamada ñáñigos), establecida en Regla en 1836 como adaptación cubana de las sociedades Ékpè (leopardo) de los pueblos de la cuenca del río Cross, especialmente los efik.[132] El Abakuá es una hermandad masculina de carácter iniciático, con una mitología, un sistema de signos (anaforuanas) y una lengua ritual parcialmente derivada del efik.[133] Se extendió por La Habana, Matanzas y Cárdenas, constituyendo una de las instituciones culturales más originales y duraderas del africanismo cubano. Más allá de su dimensión religiosa, el Abakuá cumplió históricamente una función de solidaridad y protección mutua entre los trabajadores portuarios y las clases populares urbanas.
Gangá (pueblos de Guinea Superior)
[editar]Los gangás en Cuba eran africanos procedentes de la región de Guinea Superior —la actual Sierra Leona, Guinea, Liberia y zonas limítrofes—, y constituían un conjunto étnico heterogéneo que incluía, entre otros, a hablantes de lenguas mende, temne, susu y grupos emparentados. El término «gangá» no corresponde a una identidad étnica precisa sino a una denominación agrupadora usada por los traficantes, posiblemente derivada de un topónimo regional. Llegaron principalmente entre el siglo XVII y la primera mitad del XIX, y aunque fueron numerosos en los registros coloniales, se mostraron en general menos cohesivos culturalmente que los lucumí o los congos.
En Cuba, los gangás formaron cabildos propios pero no generaron una tradición religiosa diferenciada de alcance comparable al de otros grupos. Sus prácticas se fusionaron gradualmente con las de los lucumí y los congos, aunque se han documentado en algunas comunidades de la provincia de Matanzas vestigios de rituales y cantos en lenguas de Guinea Superior, notablemente en el municipio de Perico, donde la historiadora Emma Christopher identificó fragmentos de una tradición ritual en una lengua de Sierra Leona —el banta, lengua casi extinta hablada en el Distrito de Moyamba— conservados por la comunidad conocida como Ganga-Longoba.[134][135]
Mandinga (pueblos mandé y comunidades musulmanas)
[editar]Bajo el término mandinga —equivalente cubano y antillano de «mandé» o «manding»— se agrupaban africanos de habla mandé procedentes de Senegambia, Guinea-Bisáu, Guinea y las regiones del alto Níger: wolof, mandinka, bambara, soninké, fulani (fula/peul) y grupos afines. Llegaron sobre todo durante el siglo XVII y la primera mitad del XVIII, período en que Senegambia era una de las principales zonas de captación de la trata atlántica.
Una característica distintiva de este grupo es que una proporción notable de sus integrantes eran musulmanes —en algunos casos con educación religiosa formal en árabe—, lo que los diferenciaba tanto de los africanos de tradición religiosa local como de los africanos ya parcialmente cristianizados del Kongo. En Cuba y en el Caribe más amplio, los mandingas musulmanes fueron identificados en ocasiones por sus prácticas de oración, el uso de amuletos con textos coránicos (tilas o resguardos), la abstención del cerdo y el conocimiento del árabe escrito. Aunque la presión del sistema esclavista y la evangelización forzada desdibujaron en gran medida estas prácticas a lo largo de las generaciones, algunos investigadores —entre ellos Sylviane Diouf en su obra Servants of Allah (1998)— han documentado huellas de la práctica islámica entre africanos esclavizados en Cuba y el resto de las Américas hasta bien entrado el siglo XIX.[136]
Mina (akan y pueblos de la Costa de Oro)
[editar]El término mina —derivado del Fuerte de São Jorge da Mina (Elmina), en la actual Ghana, principal base portuguesa en la Costa de Oro— designaba en Cuba y en el Caribe hispano a africanos de la Costa de Oro, principalmente hablantes de lenguas akan: fante, asante, akyem y grupos vecinos. Llegaron sobre todo durante el siglo XVIII, coincidiendo con la expansión del Imperio Asante y los conflictos bélicos que generó en la región.
Los mina en Cuba no generaron una tradición religiosa tan cohesiva o reconocible como los lucumí o los congos, y sus prácticas se integraron en el sustrato general de la religiosidad afrocubana. No obstante, algunos estudiosos señalan que elementos de la tradición religiosa akan —incluyendo cultos a los abosom (espíritus de la naturaleza) y prácticas adivinatorias propias— pueden rastrearse en componentes sincrético-rituales de determinadas comunidades cubanas, aunque resulta difícil distinguirlos de los aportes yorubas dada la proximidad cultural y geográfica de ambas tradiciones en África Occidental.
Otros grupos: fulani, wolof y macua
[editar]Además de los grupos principales descritos, los registros coloniales cubanos documentan la presencia de individuos y comunidades menores procedentes de otras regiones africanas. Los fulas (fulani o peul), pastores seminómadas de amplia distribución en África Occidental y Central, llegaron principalmente como cautivos de las guerras yihadistas de los siglos XVIII y XIX en el Sahel occidental; al igual que los mandingas, muchos eran musulmanes. Los wolof, originarios de Senegambia, estuvieron presentes sobre todo en los períodos más tempranos de la trata y dejaron algunos trazos onomásticos en los archivos coloniales cubanos. En el extremo oriental de la procedencia geográfica, se documentan en Cuba individuos denominados macuas o mozambiques, procedentes del África Oriental, principalmente de la región de los makua en el norte de Mozambique y el sur de Tanzania; su presencia, aunque reducida en términos cuantitativos, fue más significativa en Brasil y Cuba que en otras colonias hispanas, especialmente a través del comercio esclavista controlado por traficantes portugueses y brasileños durante el siglo XIX.
Cubanos multirraciales
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En el censo de 2012, el 26,6 % de la población (2,97 millones de personas) se identificó como mulato o mestizo.[137] En el uso cubano, el término mestizo funciona como una categoría demográfica y social amplia que engloba a cualquier persona de ascendencia racial mixta, sin restringirse —como ocurre en gran parte de América Latina continental— a los descendientes de progenitores indígenas y europeos específicamente. El proceso del mestizaje —mezcla racial y cultural continua— comenzó pocas décadas después de la colonización española a inicios del siglo XVI, cuando los colonos españoles, predominantemente varones, establecieron uniones o tuvieron descendencia con mujeres taínas y, progresivamente, con africanas esclavizadas y sus descendientes.
La gran mayoría de los cubanos que hoy se identifican como mestizos o mulatos no son descendientes de primera generación de una única unión interracial, sino que portan el legado acumulado de la mezcla racial a lo largo de muchas generaciones, en algunas líneas familiares extendida a cuatro o cinco siglos. Los estudios genómicos basados en marcadores informativos de ascendencia estiman que la población cubana media porta aproximadamente un 72 % de ascendencia europea, un 20 % africana y un 8 % amerindia en marcadores autosómicos, mientras que las provincias orientales presentan contribuciones africanas e indígenas notablemente superiores a las de las occidentales.[98][138] Los estudios genéticos documentan asimismo un fuerte sesgo sexual en el proceso de mestizaje, con linajes masculinos predominantemente europeos —documentados a través del cromosoma Y— y linajes femeninos con contribuciones predominantemente africanas e indígenas americanas —detectadas mediante el ADN mitocondrial—, patrón coherente con las asimetrías demográficas de la economía de plantación colonial.[139] Cabe destacar que la ausencia total de linajes paternos de origen indígena implica que la práctica totalidad de la ascendencia amerindia en la población cubana se transmite por vía materna.[139][138]
La ideología del mestizaje ha sido central en la identidad nacional cubana desde el siglo XIX, especialmente a través de los escritos de José Martí —en particular su ensayo «Nuestra América» (1891)—, y fue reforzada tras la Revolución de 1959, cuando la mezcla racial fue promovida oficialmente como evidencia de una sociedad sin clases y posracial —un encuadre que los críticos han señalado como un mecanismo para suprimir, más que resolver, las persistentes desigualdades raciales—.[140][141]
Mulato
[editar]En Cuba, mulato (femenino mulata; derivado con mayor probabilidad del latín mulus, «mulo», en alusión a la metáfora colonial de la hibridez racial, si bien algunos etimólogos han propuesto una derivación alternativa del árabe muwallad) designa en términos generales a una persona de ascendencia africana y europea mixta. El término fue aplicado originalmente en los registros legales y eclesiásticos coloniales al descendiente de primera generación de un progenitor africano y uno europeo, pero se amplió en el uso popular cubano para abarcar a cualquier persona que mostrara una mezcla fenotípica de rasgos africanos y europeos, independientemente de la distancia generacional.
A diferencia de la regla de la única gota predominante en los Estados Unidos —arraigada como práctica social en las décadas posteriores a la guerra civil estadounidense, pero formalizada jurídicamente solo desde comienzos del siglo XX, cuando estados como Tennessee (1910) y Virginia (1924) la codificaron en sus leyes—,[142] el derecho colonial español reconocía un espectro de gradaciones raciales. Mecanismos como las gracias al sacar —gracia real formalizada por la Corona española en 1795, onerosa y accesible en la práctica principalmente a personas de cierta posición económica— permitían a individuos de ascendencia mixta solicitar la reclasificación oficial como español, confiriendo de este modo a la categoría mulato una identidad diferenciada tanto en el plano jurídico como en el social, en lugar de absorberla en un marco racial binario.[143]
La figura de la mulata adquirió una poderosa carga simbólica nacional y estética en la cultura cubana a partir del siglo XIX, idealizada como encarnación de la síntesis racial cubana en la literatura, la música y las artes visuales. Este tropo ha sido, no obstante, ampliamente criticado por los estudiosos por sexualizar y cosificar a las mujeres afrocubanas y por estetizar la mezcla racial sin desmontar las jerarquías subyacentes de discriminación antinegra.[144] Estudios de mestizaje genético realizados sobre muestras de habaneros autoidentificados como mulatos han encontrado proporciones de ascendencia europea que oscilan típicamente entre el 57 % y el 59 %, y proporciones de ascendencia africana occidental entre el 41 % y el 43 %, aunque la variación individual es considerable; conviene señalar que estos datos proceden de muestras tomadas en La Habana y pueden no ser representativos del conjunto de Cuba, habida cuenta del marcado gradiente genético entre las provincias occidentales y orientales del país.[139][138]
Jabao
[editar]Jabao (también escrito javao; femenino jabá o javá) es un término coloquial de clasificación racial cubana que designa a una persona que presenta piel clara o casi blanca pero cuya ascendencia africana sigue siendo visualmente perceptible a través de otros marcadores fenotípicos —de manera más característica, el cabello muy rizado o ensortijado (denominado en el habla vernácula cubana, en ocasiones con tintes despectivos, pelo malo)—, así como rasgos faciales asociados a la ascendencia africana. El término se emplea en todo el Caribe hispano, incluyendo Puerto Rico y la República Dominicana.[145]
La variante jabao capirro designa, según el uso coloquial cubano, a un jabao que presenta además cabello rubio o rojizo; el empleo de esta expresión compuesta está documentado en fuentes lexicográficas y etnográficas cubanas,[146] aunque su difusión es más restringida que la del término simple. La categoría ilustra el sistema cubano más amplio de clasificación racial por fenotipo en lugar de por ascendencia documentada; designaciones populares como los jabao no tienen raza reflejan el estatus liminal y ambiguo del jabao dentro de la taxonomía racial cubana.[147]
Cubanos con ascendencia de Asia Oriental
[editar]Los cubanos con ascendencia de Asia Oriental fueron clasificados bajo la categoría amarilla en los censos oficiales cubanos desde al menos 1899 hasta 1981 —designación ampliamente criticada como anacrónica y reduccionista—.[148] A partir del censo de 2002, dicha categoría fue eliminada y los registros oficiales pasaron a utilizar únicamente tres categorías raciales (blanca, negra y mestiza), por lo que no existe cifra censal oficial para este grupo correspondiente a ese año. Estimaciones externas sitúan a las personas de ascendencia asiática en torno al 1 % de la población cubana, la mayoría de origen chino.
Chinos cubanos
[editar]La inmigración china a Cuba se inició en 1847, cuando el primer gran contingente de trabajadores procedentes principalmente de Guangdong —y en número considerablemente menor, de Fujian— llegó para trabajar como mano de obra contratada en las plantaciones azucareras.[149] La práctica fue una respuesta directa a la creciente presión para poner fin a la esclavitud africana: a medida que el movimiento abolicionista internacional restringía la trata transatlántica, los plantadores coloniales españoles, a través de la Real Junta de Fomento y de compañías navieras internacionales, recurrieron a redes de reclutamiento para suministrar trabajadores bajo contratos de servidumbre por contrato de ocho años.[150]
Entre 1847 y 1874, entre 141 000 y 150 000 hombres chinos fueron reclutados —muchos en condiciones coercitivas o fraudulentas—, en su gran mayoría del área de Cantón y otros distritos de la provincia de Guangdong; de ellos, unos 125 000 sobrevivieron a la travesía oceánica para trabajar en Cuba.[151][152] El régimen laboral que encontraron fue descrito de manera generalizada por contemporáneos e historiadores posteriores como funcionalmente indistinguible de la esclavitud.[150][152] La mano de obra china era casi exclusivamente masculina —las mujeres constituían menos del 1 % de los llegados—, lo que resultó en una alta tasa de matrimonios mixtos con mujeres afrocubanas y blancas cubanas, dando lugar a una numerosa población de ascendencia mixta.[149]
Tras cumplir sus contratos de servidumbre, muchos trabajadores chinos permanecieron en Cuba, estableciendo pequeños negocios —puestos de fruta, lavanderías, cafeterías— y formando asociaciones comunitarias muy cohesionadas. El Barrio Chino de La Habana se convirtió en el barrio chino más grande de América Latina, con una población de aproximadamente 40 000 personas de etnia china en la isla en su momento álgido —en torno a la década de 1950—, cifra que incluía una tercera oleada de inmigrantes voluntarios llegados a partir de comienzos del siglo XX.[149][152]
Los chinos cubanos también desempeñaron un papel destacado en la Guerra de los Diez Años (1868–1878) y en la guerra de independencia de 1895–1898; un monumento en el barrio del Vedado, en La Habana, conmemora su contribución con la inscripción: «No hubo un chino cubano desertor. No hubo un chino cubano traidor.»[149][153]
La Revolución cubana de 1959 puso fin de facto a la comunidad china como presencia étnica diferenciada: cuando el gobierno de Fidel Castro nacionalizó los negocios privados, la mayor parte de los chinos cubanos —que habían construido sus medios de vida como pequeños comerciantes, restauradores y bodegueros— abandonó la isla, principalmente hacia Miami y otras partes de América Latina.[149] Hoy apenas quedan unos cientos de chinos naturales en Cuba, y el Barrio Chino de La Habana —otrora el más grande de América Latina— ha sido descrito como un «barrio chino sin chinos».[149]
Otras comunidades de Asia Oriental
[editar]Cubanos de ascendencia filipina
[editar]Los cubanos de ascendencia filipina están presentes en la isla desde el siglo XVI, cuando llegaron a través del sistema del galeón de Manila-Acapulco, que operó entre 1565 y 1815.[154] Se asentaron principalmente en la región que hoy es Pinar del Río —denominada entonces Nueva Filipinas— donde trabajaron principalmente en las plantaciones de tabaco, y han quedado en gran medida absorbidos por la población general.
Japoneses cubanos
[editar]La comunidad japonesa en Cuba es muy pequeña; los primeros grupos significativos llegaron vía México entre 1910 y 1916, huyendo de la violencia de la Revolución mexicana.[155] Tras el ataque a Pearl Harbor, los residentes japoneses fueron declarados «extranjeros enemigos» por el gobierno cubano el 12 de diciembre de 1941, y la mayoría fue arrestada y deportada a Estados Unidos para su internamiento.[155]
Cubano-coreanos
[editar]Los cubano-coreanos descienden de unos 288 trabajadores que se trasladaron desde Yucatán, México, a Cuba en 1921; sus descendientes suman actualmente unos 800 individuos, concentrados en La Habana, Matanzas y otras áreas de Cuba.[156][157] Los primeros coreanos habían llegado en 1905 a la península de Yucatán para trabajar en plantaciones de henequén, y tras la decadencia de esa industria, 288 de ellos emigraron a Cuba en 1921 a través del puerto de Campeche.[156]
Cubanos de ascendencia árabe
[editar]La comunidad árabe cubana desciende principalmente de emigrantes levantinos —procedentes mayoritariamente del actual Líbano, Siria y Palestina— que comenzaron a llegar a la isla a partir de la década de 1870, huyendo de una combinación de presiones: la leva militar otomana, la inestabilidad política, las hambrunas y la violencia sectaria.[158] Al viajar con pasaportes imperiales otomanos, las autoridades cubanas los etiquetaron como turcos, denominación errónea que reflejaba su documentación y no su etnia.[159]
La oleada principal de inmigración se produjo entre la década de 1890 y la de 1930, con su apogeo en torno a los años de la Primera Guerra Mundial y la posguerra inmediata.[160] Según datos compilados por fuentes cubanas, entre 1906 y 1920 llegaron al país 12.219 inmigrantes árabes, y entre 1921 y 1937 se registraron otros 21.700; la cifra total acumulada alcanzó las 33.919 personas. Los inmigrantes eran predominantemente árabes cristianos —maronitas, greco-ortodoxos y otras confesiones orientales—, con una minoría musulmana.[159]
La mayoría se estableció en La Habana, principalmente en la Calzada de Jesús del Monte y las zonas circundantes, siguiendo la trayectoria económica típica de los inmigrantes levantinos en América Latina: comenzaron como buhoneros ambulantes de textiles y mercancías, y fueron acumulando capital suficiente para abrir establecimientos fijos.[161] La comunidad fundó instituciones formales de forma temprana: la Sociedad Progreso Sirio de La Habana (1905), la Sociedad Palestina Árabe de Cuba (1919) y la primera Sociedad Libanesa de La Habana (1920).[162] La Unión Árabe de Cuba (UAC), reconstituida el 4 de abril de 1979, sigue siendo el principal centro institucional de la comunidad.[162]
La Revolución cubana de 1959 eliminó la base económica de la comunidad mediante la nacionalización del comercio privado, y muchos cubano-árabes emigraron; no obstante, una parte significativa permaneció en la isla.[160] Cuba fue el único Estado latinoamericano en votar contra la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas (el plan de partición de Palestina del 29 de noviembre de 1947),[163] posición atribuible tanto a los principios anticoloniales cubanos como a la influencia del Comité Panárabe de Cuba durante el debate sobre la partición.[162]
Cubanos judíos
[editar]La comunidad judía cubana es una de las más antiguas e históricamente estratificadas del Caribe, con raíces rastreables hasta los primeros años de la colonización española. Luis de Torres, judío converso que actuó como intérprete de árabe y hebreo de Cristóbal Colón, se encuentra documentado entre los primeros europeos en pisar suelo cubano en 1492.[164][165] Sin embargo, una comunidad moderna, organizada y continua solo emergió en el siglo XX, a través de tres oleadas de inmigración diferenciadas:
- Judíos asquenazíes estadounidenses llegados al amparo de la expansión de los intereses comerciales estadounidenses tras la guerra de 1898, quienes fundaron la United Hebrew Congregation en 1906;[166]
- Judíos sefardíes procedentes del Imperio otomano, principalmente de Turquía y el Levante, quienes constituían la mayoría de la reducida comunidad judía de la isla hacia 1918;[167]
- Judíos asquenazíes de Europa del Este a partir de los años 1920, en su mayoría yiddishohablantes varados en Cuba por las cuotas impuestas por la Ley de Inmigración estadounidense de 1924 (también conocida como Ley Johnson-Reed).[168]
Cuba fue también escenario de uno de los episodios más documentados de la política de refugiados en tiempos de guerra. El 13 de mayo de 1939, el trasatlántico alemán MS St. Louis partió de Hamburgo hacia La Habana con 937 pasajeros, casi todos judíos que huían de la persecución nazi. El presidente cubano Federico Laredo Brú había invalidado mediante decreto todos los certificados de desembarco previamente emitidos,[169] y cuando el barco llegó a La Habana el 27 de mayo, solo se permitió desembarcar a 28 pasajeros con documentación en regla.[170] Tras ser igualmente rechazado por Estados Unidos y Canadá, el barco fue obligado a regresar a Europa; de los 907 pasajeros que retornaron, 254 perecieron posteriormente en el Holocausto.[170]
En su apogeo, durante la década de 1950, la comunidad judía cubana contaba con unos 15.000 miembros.[171] La Revolución de 1959 y la subsiguiente nacionalización del comercio privado —sector en el que los judíos cubanos tenían una presencia mayoritaria— provocaron que entre el 90 y el 94 % de la comunidad abandonara la isla, la mayoría con destino a Miami y otras ciudades de los Estados Unidos.[172] Hoy permanecen aproximadamente 1.500 personas, concentradas en su mayor parte en La Habana, con una tasa de matrimonios mixtos excepcionalmente elevada y sin rabino residente desde el inicio de la revolución.[173]
Diáspora
[editar]La diáspora cubana es uno de los fenómenos migratorios más prolongados y documentados del hemisferio occidental. A lo largo de más de siglo y medio —desde las primeras comunidades de emigrados tabacaleros y exiliados políticos en el siglo XIX hasta la crisis migratoria que atraviesa la isla desde 2021— la emigración ha sido una constante estructural de la historia de Cuba, vinculada a sus convulsiones políticas, sus crisis económicas y la naturaleza de sus sucesivos regímenes. Las comunidades de trabajadores del tabaco y exiliados independentistas en ciudades como Cayo Hueso, Tampa y Nueva York dieron paso, tras el triunfo de la revolución de 1959, a uno de los éxodos más significativos del siglo XX y, en su fase contemporánea, a una fuga de población sin precedentes entre las naciones latinoamericanas.
La proto-diáspora del siglo XIX: industria tabacalera, independencia y exilio político
[editar]La historia de la emigración cubana como fenómeno organizado y políticamente consciente no se inicia con la revolución de 1959, sino en el siglo XIX, en el contexto de las guerras de independencia contra el dominio colonial español. Desde mediados del ochocientos, grupos de cubanos —en su mayoría trabajadores de la industria tabacalera y sectores de la pequeña burguesía criolla— habían establecido comunidades estables en la Florida, Nueva York y otras ciudades del noreste de los Estados Unidos, así como en México, España y Venezuela.
El desarrollo de la industria del tabaco en la Florida impulsó las primeras concentraciones significativas de emigrados cubanos en territorio estadounidense. El empresario Vicente Martínez Ybor trasladó su industria a las afueras de Tampa en 1885, donde fundó el barrio de Ybor City, concebido como un complejo industrial y residencial para trabajadores del tabaco, la mayoría cubanos, españoles y sicilianos.[174] Un incendio en Cayo Hueso en 1886 aceleró el traslado de trabajadores hacia Tampa, consolidando Ybor City como la mayor comunidad cubana del siglo XIX en los Estados Unidos. Paralelamente, Cayo Hueso había albergado desde décadas anteriores una numerosa colonia de tabaqueros cubanos que, a través de la práctica del «lector de tabaquería», mantuvieron el ideario patriótico e independentista.
Estas comunidades cumplían también una función de agitación política y financiamiento del movimiento independentista. José Martí visitó Tampa en múltiples ocasiones y fue en el Liceo Cubano de Ybor City donde pronunció el 26 de noviembre de 1891 algunos de sus discursos más conocidos —«Con todos y para el bien de todos» y «Los pinos nuevos»—.[175] En 1892, en Tampa, redactó las bases programáticas del Partido Revolucionario Cubano. Las comunidades obreras de Cayo Hueso, Ybor City y West Tampa contribuyeron con donaciones regulares al financiamiento de la guerra, y algunos de sus miembros combatieron en las expediciones militares que desembarcaron en Cuba.

Esta primera emigración cubana tenía, pues, un doble carácter: laboral —empujada por las disrupciones de los mercados del tabaco y el azúcar y las turbulencias políticas de la colonia— y político, articulado en torno al proyecto independentista. La presencia cubana en Nueva York, donde Martí residió durante períodos prolongados y desde donde coordinó la actividad política del exilio, reforzaba esta dimensión: la colonia neoyorquina de intelectuales, periodistas y políticos cubanos articuló, a través de la prensa en español y la organización cívica, una identidad nacional cubana en el exilio antes de que existiera el Estado independiente.
Con la conclusión de la guerra de independencia, la intervención militar estadounidense de 1898 y la instauración de la república cubana en 1902 bajo la Enmienda Platt, muchos emigrados retornaron. Sin embargo, las corrientes migratorias entre Cuba y los Estados Unidos no cesaron. A lo largo de las primeras décadas del siglo XX, diversas crisis —la inestabilidad del mercado azucarero, los ciclos de recesión, la corrupción del sistema político y las dictaduras intermitentes— mantuvieron un flujo constante hacia el exterior. En vísperas del 1 de enero de 1959, unos 60.600 cubanos residían en los Estados Unidos, con la mayor concentración en Nueva York.[176]
Un capítulo específico de esta etapa es el de los opositores al régimen del general Fulgencio Batista (1952–1958), cuyo golpe de Estado de 1952 interrumpió la vida constitucional e impulsó al exilio a políticos, intelectuales y militantes de los partidos democráticos. Muchos se radicaron en México, donde Fidel Castro organizó la expedición del Granma. Paradójicamente, algunos de estos exiliados que habían combatido contra Batista se convirtieron, pocos años después, en los primeros emigrados de la Cuba posrevolucionaria.
El éxodo posterior a la instauración del régimen revolucionario (1959–1962): el «exilio dorado»
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El establecimiento del gobierno revolucionario el 1 de enero de 1959 desencadenó un proceso de emigración masiva sin precedentes en la historia cubana. En los seis meses posteriores, unos quinientos exiliados llegaron a Miami; para finales de 1960, esa cifra había crecido a treinta y tres mil, y el flujo siguió aumentando hasta alcanzar los 250.000 emigrados en octubre de 1962, cuando la crisis de los misiles cortó el tráfico aéreo comercial entre ambos países.[177]
Esta primera oleada recibió la denominación de «Exilio Dorado» (en inglés: Golden Exile), en referencia a su composición sociológica predominantemente privilegiada. Los primeros en partir fueron colaboradores del régimen de Batista con razones fundadas para temer represalias. A este grupo siguió un estamento más numeroso compuesto por las clases altas y medias: propietarios de empresas, profesionales liberales, comerciantes, directivos y familias con vínculos económicos con el capital estadounidense.
Las políticas del nuevo gobierno que impulsaron este éxodo inicial fueron principalmente la redistribución forzosa de la propiedad privada, la nacionalización de las escuelas religiosas y privadas, la supresión de asociaciones civiles y, sobre todo, las nacionalizaciones masivas de empresas e industrias que desde mediados de 1960 liquidaron la propiedad privada a gran escala. La alineación del gobierno con el bloque soviético, inequívoca a lo largo de 1960 y proclamada oficialmente en 1961, reforzó la convicción de quienes habían emigrado de que no habría retorno, y precipitó la salida de nuevos contingentes.

Los integrantes del «exilio dorado» poseían recursos educativos, capital social, redes de contacto con los Estados Unidos y, en muchos casos, activos liquidables antes de la salida. Eran en su mayoría blancos de ascendencia española y europea, con niveles de escolaridad superiores a la media cubana. El gobierno cubano, que desde el inicio calificó a los emigrados de «gusanos», instaló en el debate público la imagen de una diáspora de clase alta que abandonaba la isla por privilegio más que por persecución política, caracterización que simplificaba la realidad e ignoraba la dimensión política del exilio.
Entre los episodios más documentados de esta etapa figura la Operación Peter Pan, organizada entre 1960 y 1962 con la participación de la Iglesia Católica cubana, la Iglesia Católica en Miami y el gobierno de los Estados Unidos. Ante el temor de que el Estado pudiera ejercer un control creciente sobre la formación de los menores, miles de familias tomaron la decisión de enviar a sus hijos al exterior sin acompañamiento adulto. Entre diciembre de 1960 y octubre de 1962, más de catorce mil niños cubanos viajaron solos a los Estados Unidos y fueron acogidos por familias de acogida o instituciones religiosas en Florida y otros estados.[178][179]
El impacto de esta primera oleada sobre Miami fue significativo. En 1959, Miami era una ciudad mediana del sur de la Florida con una economía basada en el turismo estacional. En menos de una década, la llegada masiva de cubanos reconfiguró la economía, la cultura y la política de la ciudad.[180] La administración Kennedy creó en 1961 el Programa de Refugiados Cubanos.[181] La Ley de Ajuste Cubano (en inglés: Cuban Adjustment Act), aprobada en 1966 y firmada por el presidente Johnson, permitió a cualquier ciudadano cubano presente en los Estados Unidos durante al menos un año solicitar la residencia permanente legal, independientemente del modo de entrada al país.
Los vuelos de la libertad (1965–1973)
[editar]El período entre la crisis de los misiles de octubre de 1962 y la apertura del puerto de Camarioca en 1965 estuvo marcado por una reducción del flujo migratorio masivo, aunque la emigración irregular continuó. En septiembre de 1965, el gobierno cubano abrió el puerto de Camarioca y anunció que los cubanos en el exterior podían recoger a sus familiares por vía marítima. Centenares de embarcaciones zarparon desde la Florida y unos cinco mil cubanos emigraron antes de que el caos logístico y la presión estadounidense llevaran al cierre del puerto en octubre. Ese episodio fue el preludio de un acuerdo bilateral que abrió un canal ordenado de emigración: los llamados vuelos de la libertad (en inglés: Freedom Flights).
Entre diciembre de 1965 y abril de 1973, dos vuelos diarios conectaron Varadero con Miami. A través de este programa emigraron a los Estados Unidos unos 260.600 cubanos.[182][183] El perfil demográfico de esta oleada difería ya del exilio dorado: la presencia de clases medias y obreras era más marcada, aunque el gobierno cubano, que controlaba quiénes podían salir, imponía restricciones para retener a los hombres en edad de trabajar y a los profesionales en sectores considerados estratégicos.
Durante estos años, Miami se consolidó como capital del exilio cubano. La Calle Ocho (Southwest 8th Street) se convirtió en el eje comercial y cultural de la Pequeña Habana, y la comunidad cubano-americana desarrolló una influencia política creciente, primero a nivel local y estatal, y posteriormente a nivel federal.
La narrativa del «éxito cubano» fue objeto de revisiones críticas desde los años setenta. La imagen de una diáspora homogéneamente blanca, conservadora y económicamente exitosa silenciaba las experiencias de los cubanos negros y mestizos, de las clases trabajadoras y de quienes no lograron adaptarse o fueron discriminados dentro de la propia comunidad exiliada. La sobrerrepresentación de los cubanos blancos de clase media en los primeros años del exilio —frente a solo un 3 % de afrocubanos entre los llegados entre 1959 y 1973— reflejaba tanto la composición de los primeros contingentes como los efectos de la retórica oficial, que calificaba la emigración de traición de clase con connotaciones raciales.[184]
El éxodo del Mariel (1980)
[editar]El período de 1973 a 1980 estuvo marcado por una ralentización del flujo migratorio masivo.[185] En el interior de Cuba se acumulaba una tensión social creciente: el fracaso del plan de producir diez millones de toneladas de azúcar en 1970 había erosionado la legitimidad del régimen, y la represión cultural —simbolizada por el caso Padilla de 1971, cuando el poeta Heberto Padilla fue detenido y obligado a una autocrítica pública— había alienado a sectores de la intelectualidad dentro y fuera de la isla.[186]

En marzo y abril de 1980, grupos de cubanos irrumpieron en las sedes diplomáticas de Perú y Venezuela en La Habana buscando asilo. El gobierno retiró la guardia de la embajada peruana y anunció que cualquier cubano que deseara marcharse podía hacerlo sin obstáculos. En pocos días, más de diez mil personas se congregaron en los terrenos de la embajada.[187][188] El gobierno abrió entonces el puerto de Mariel a las embarcaciones que quisieran recoger emigrados.

Entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980, aproximadamente 125.000 cubanos cruzaron el estrecho de la Florida en el éxodo conocido como el éxodo del Mariel (en inglés: Mariel boatlift). Los «marielitos» provenían en proporciones mucho más amplias de las clases trabajadoras: entre el 15 y el 40 % eran afrocubanos, frente al 3 % de las oleadas anteriores. Muchos habían crecido en la Cuba posterior a 1959, sin experiencia directa del régimen anterior, y su decisión de emigrar derivaba de la frustración ante la falta de movilidad social y libertad individual más que de la pérdida de un estatus previo.
El gobierno cubano incluyó deliberadamente entre los emigrantes a personas con antecedentes penales y a pacientes psiquiátricos. Aunque el número exacto es objeto de debate historiográfico, hasta veinte mil de los llegados tenían algún tipo de antecedente penal; en muchos casos los delitos correspondientes estaban tipificados únicamente en el ordenamiento jurídico cubano bajo figuras como la «peligrosidad predelictiva», que criminalizaba conductas como la homosexualidad o la disidencia.
La recepción fue más conflictiva que la de las oleadas anteriores. La comunidad cubano-americana establecida respondió con una combinación de solidaridad étnica y rechazo clasista y racial. El economista David Card publicó en 1990 un estudio sobre el impacto del Mariel en el mercado laboral de Miami —uno de los experimentos naturales más citados en la economía de la inmigración— concluyendo que la llegada súbita de 125.000 trabajadores no deprimió de manera significativa los salarios de los trabajadores nativos.[189] El debate metodológico generado por ese estudio sigue siendo relevante en la literatura académica.[190]
El período especial y la emigración de los años ochenta y noventa
[editar]La caída del bloque soviético entre 1989 y 1991 tuvo consecuencias graves para la economía cubana, que dependía de los subsidios y el comercio preferencial con la URSS. El gobierno cubano proclamó en 1990 el inicio del período especial en tiempos de paz, denominación oficial para una crisis económica que implicó caídas del PIB, desabastecimiento alimentario y colapso del transporte y los servicios básicos.[191] El racionamiento se intensificó, la movilidad personal quedó restringida por la escasez de combustible, y la infraestructura sanitaria y educativa sufrió un deterioro acelerado.
En este contexto, la presión migratoria aumentó de manera sostenida. Entre 1990 y julio de 1994, unos 61.200 cubanos fueron admitidos en los Estados Unidos a través de cauces regulares, y unos 13.600 más llegaron en embarcaciones precarias. La emigración clandestina por mar —los balseros, que atravesaban las noventa millas del estrecho en cámaras de neumáticos, balsas de madera y distintos objetos flotantes— se intensificó hasta convertirse en un flujo permanente y con alta mortalidad.
La crisis de los balseros de 1994
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El verano de 1994 fue el detonante de la crisis migratoria más grave desde el Mariel. El 5 de agosto, una multitud se congregó en el malecón habanero en un estallido espontáneo de descontento —el Maleconazo—, la manifestación pública de oposición al gobierno más significativa en décadas.[192] Las autoridades respondieron con detenciones masivas y, el 13 de agosto, Castro anunció que no impedirían la salida por mar de quienes quisieran marcharse.La denominada crisis de los balseros de 1994 consistió en el éxodo de más de 35.000 cubanos en un período de cinco semanas a partir del 13 de agosto de 1994.[193] La administración Clinton ordenó el 19 de agosto la detención de los balseros y su traslado a campamentos en la Base Naval de Guantánamo y en Panamá, en lugar de permitirles acceder al territorio continental, abandonando así la política de acogida incondicional vigente hasta entonces.[194] En septiembre de 1994 y mayo de 1995, ambos gobiernos alcanzaron un acuerdo que estableció el compromiso estadounidense de conceder un mínimo de veinte mil visas anuales a ciudadanos cubanos, y la política de pies mojados/pies secos (en inglés: wet foot/dry foot): los cubanos interceptados en el mar serían devueltos, mientras que quienes lograran pisar tierra estadounidense podían solicitar la residencia.[195][196] Esta política, vigente hasta enero de 2017, generó el incentivo de alentar cruces por métodos de riesgo creciente, con un costo en vidas que ninguna estadística oficial pudo documentar con precisión.
La diáspora en los años noventa y la primera década del siglo XXI
[editar]El período que siguió a la crisis de los balseros fue de emigración sostenida pero no masiva, encauzada en parte a través del sistema de visas de 1994 y en parte a través de la emigración irregular por tierra a través de América Central y México. La comunidad cubano-americana creció de forma sostenida, completando una transformación política iniciada en los años setenta: de una comunidad inicial de refugiados con escasa participación electoral —porque no planificaba asentarse definitivamente— a una con peso electoral estructural en Florida, de orientación marcadamente conservadora. La comunidad cubano-americana fue un factor determinante en el resultado de las elecciones presidenciales de 2000 en ese estado.[197]
A lo largo de los años dos mil, la composición y las actitudes de la diáspora comenzaron a cambiar. Los cubanos que llegaban en oleadas más recientes provenían en mayor proporción de clases trabajadoras, eran más racialmente diversos y habían vivido toda su vida bajo el régimen posterior a 1959, lo que implicaba perspectivas distintas. La tensión entre el «exilio histórico» —con su énfasis en la restitución de propiedades, el embargo y la no negociación con el régimen— y generaciones más jóvenes, más inclinadas al contacto familiar y las remesas, comenzó a erosionar la unanimidad política que había caracterizado a la comunidad exiliada de Miami.
Emigración sostenida en los años 2000 y 2010
[editar]A lo largo de las décadas de 2000 y 2010, la emigración cubana siguió siendo cuantitativamente significativa, con las rutas terrestres a través de América Central y México cobrando mayor importancia. Una de las razones fue que Ecuador no requería visa cubana hasta 2015, lo que permitía a los cubanos volar allí y emprender la travesía terrestre hacia el norte.
Entre 2014 y 2016, miles de cubanos quedaron varados en Costa Rica cuando Nicaragua cerró su frontera en noviembre de 2015. La mayoría fue autorizada finalmente a transitar hacia la frontera mexicana gracias a un acuerdo regional entre los gobiernos de Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Belice, México y Panamá, con coordinación logística de la OIM.[198]
El anuncio del presidente Obama el 17 de diciembre de 2014 del inicio de la normalización de relaciones diplomáticas con Cuba[199] tuvo efectos paradójicos sobre la migración. En previsión de la eventual derogación de la política de «pies secos» —que ocurrió el 12 de enero de 2017—, el flujo migratorio se aceleró en 2015 y 2016. En el año fiscal 2016, los Estados Unidos registraron más de 56.000 llegadas de cubanos, el mayor número desde el Mariel.[200] La revocación de la política de «pies secos» en enero de 2017 supuso que, por primera vez desde los años sesenta, los cubanos interceptados en el mar o en la frontera terrestre sin documentación fueran tratados bajo las normas ordinarias del derecho de asilo, sin acceso automático a la residencia permanente.[201][202]
La crisis migratoria de 2021–2026: el éxodo de mayor escala en la historia cubana
[editar]Contexto y factores desencadenantes
[editar]El proceso migratorio que comenzó a intensificarse a partir de 2021 no tiene precedentes en la historia de la emigración cubana por su volumen, su velocidad y su impacto demográfico sobre la isla. Su origen radica en la convergencia de factores estructurales y circumstanciales.
En el plano económico, la pandemia de COVID-19 agravó una economía ya deteriorada desde mediados de la década de 2010. La economía cubana había experimentado un estancamiento progresivo desde 2016, agravado por el colapso económico de Venezuela —principal suministrador de petróleo subsidiado a la isla—, el endurecimiento de las sanciones estadounidenses durante la administración Trump a partir de 2017, y la incapacidad estructural del modelo económico estatal para financiar sus importaciones con sus propias exportaciones.[203][204] El turismo colapsó con la pandemia.[205] Las remesas se vieron interrumpidas o dificultadas por las restricciones sanitarias y las sanciones adicionales de la administración Trump. La escasez de alimentos, medicamentos y combustible alcanzó niveles no registrados desde los años noventa; las autoridades cubanas habían reconocido desde 2017 una escasez crónica de medicamentos básicos debida a restricciones de divisas y recortes en la importación de insumos farmacéuticos.[206] Los cortes eléctricos, que llegaron a extenderse hasta dieciséis o veinte horas diarias en algunas provincias, se tornaron recurrentes. El sistema de salud registró un deterioro visible durante la pandemia por falta de medicamentos, insumos básicos, equipos y personal.[207]
En el plano político, el 11 de julio de 2021 —conocido como el «11J»— constituyó un punto de inflexión. Ese día, en decenas de ciudades y pueblos de toda Cuba, miles de ciudadanos salieron a las calles en la mayor protesta pública contra el régimen desde el establecimiento de la república de partido único.[208] Las manifestaciones surgieron de la acumulación de privaciones materiales y del rechazo a la represión sistemática, y se expresaron con consignas como «¡Patria y Vida!», «¡Libertad!» y «¡Se acabó!». La respuesta del gobierno incluyó cortes de internet,[209] detenciones masivas, condenas de prisión de hasta más de veinte años impuestas a manifestantes que no habían cometido actos de violencia, y el despliegue de grupos paramilitares.[210][211] La represión del 11J y el deterioro continuo de las condiciones materiales y políticas impulsaron una oleada emigratoria que alcanzó a capas de la población que hasta entonces habían permanecido en la isla.
Magnitud del éxodo e impacto demográfico
[editar]Según datos de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos (CBP) y del Departamento de Seguridad Nacional, entre octubre de 2021 y mediados de 2024 más de 860.000 cubanos llegaron a los Estados Unidos, la mayoría a través de la frontera terrestre con México.[212] En diciembre de 2022 se registró el pico del éxodo, con 44.064 cubanos llegados en un solo mes, cifra equivalente al total del año 2012.
En el año natural 2022, 313.488 cubanos llegaron a los Estados Unidos, representando cerca del 3 % de la población cubana de ese año. Esta cifra superó en un solo ejercicio el total acumulado del exilio dorado (354.963 entre 1959 y 1962), de los vuelos de la libertad (333.457 entre 1965 y 1973) y de cualquier otro episodio migratorio cubano previo. El total de emigrantes hacia todos los destinos en 2022 alcanzó los 369.393.
El impacto demográfico fue confirmado por las propias autoridades cubanas. Durante el tercer período ordinario de sesiones de la X Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, celebrado en julio de 2024, Juan Carlos Alfonso Fraga, vicejefe primero de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI), informó que la población efectiva de Cuba había descendido hasta 10.055.968 habitantes al cierre de 2023, lo que representaba una disminución del 10,1 % con respecto a 2020 y situaba al país en niveles demográficos similares a los de mediados de la década de 1980.[213][214]
Según las cifras presentadas por la ONEI, la población del país pasó de 11.181.595 habitantes el 31 de diciembre de 2021 a 10.055.968 al cierre de 2023, una reducción de más de un millón de personas en apenas dos años. La emigración de 1.011.269 personas fue identificada como el principal factor de este descenso, seguida por 405.512 defunciones y únicamente 284.892 nacimientos durante el mismo período.[215] Posteriormente, la ONEI explicó que estas estimaciones se basaban en el concepto de «población efectiva», que contabiliza a las personas que acumularon al menos 180 días de residencia en el territorio nacional durante los doce meses previos, metodología adoptada para reflejar con mayor precisión el impacto de la emigración masiva registrada desde 2021.[216]
Las cifras oficiales cubanas han sido objeto de cuestionamientos metodológicos por parte de algunos especialistas. El demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos estimó, a partir de datos de migración, registros vitales y estadísticas demográficas, que la población residente efectiva de Cuba se habría reducido a aproximadamente 8,62 millones de personas al cierre de 2023, lo que supondría una disminución cercana al 18 % entre 2022 y 2023.[217][218] En una actualización posterior, Albizu-Campos estimó que la población residente efectiva podría haberse reducido a alrededor de ocho millones de habitantes al cierre de 2024, lo que equivaldría a una disminución acumulada cercana al 24 % respecto a 2020.[219][220] Por su parte, la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) informó que la población efectiva de Cuba ascendía a 9.748.007 habitantes al 31 de diciembre de 2024, una disminución de 307.961 personas respecto al año anterior y una tasa de decrecimiento de −30,6 por mil habitantes.[221][220]
De los más de un millón de personas que emigraron entre 2022 y 2023, aproximadamente 800.000 tenían entre 15 y 59 años, es decir, se encontraban en edad laboral, lo que agrava el impacto sobre la estructura económica de la isla y reduce la base activa del mercado de trabajo. Este patrón de emigración ha sido señalado por la ONEI y por análisis demográficos independientes como un factor clave en el deterioro de la estructura por edades del país.[222]
La emigración masiva de población joven ha acelerado el envejecimiento demográfico. Informes periodísticos basados en datos oficiales indican que una parte significativa de los emigrantes recientes corresponde a adultos jóvenes, mientras que alrededor de una cuarta parte de la población residente tiene 60 años o más, lo que refuerza la presión sobre sistemas de pensiones y salud.[222]La salida de mujeres en edad reproductiva contribuye además a la caída de la natalidad en un contexto de fecundidad persistentemente baja, inferior al nivel de reemplazo desde finales de la década de 1970. El demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos ha señalado que la magnitud del descenso poblacional observado en Cuba desde 2020 es comparable, en términos estructurales, a procesos demográficos asociados históricamente a situaciones de conflicto armado o guerra, debido a la combinación de emigración masiva, baja fecundidad y envejecimiento acelerado.[222][223]
Diversos análisis demográficos coinciden en que la combinación de emigración sostenida, baja fecundidad y envejecimiento rápido configura una crisis estructural con efectos de largo plazo sobre la economía y la sostenibilidad del sistema social cubano.[224][225]
La ruta centroamericana
[editar]La arteria principal del éxodo de 2022 y 2023 fue la ruta centroamericana, posibilitada por la decisión del gobierno de Nicaragua de suprimir el requisito de visado para los ciudadanos cubanos el 22 de noviembre de 2021.[226] Esa medida permitió a los cubanos volar directamente a Managua y desde allí emprender la travesía terrestre hacia Honduras, Guatemala, México y finalmente la frontera con los Estados Unidos. Entre los años fiscales 2022 y 2024, más de 514.000 cubanos cruzaron la selva del Darién —el tramo fronterizo entre Colombia y Panamá— y el territorio mexicano para llegar a la frontera sur estadounidense.
El programa de parole humanitario CHNV (Cuba, Haití, Nicaragua, Venezuela), puesto en marcha por la administración Biden en enero de 2023, permitió la entrada legal a los Estados Unidos de hasta 30.000 personas mensuales de estos cuatro países. Para octubre de 2024, más de 110.000 cubanos habían utilizado esta vía.[227] La administración Trump, al asumir en enero de 2025, suspendió el programa, canceló los paroles concedidos y anunció políticas de deportación acelerada, lo que redujo el flujo hacia los Estados Unidos y contribuyó a redirigirlo hacia otros destinos.[228]
La diversificación de destinos migratorios
[editar]Una característica distintiva del éxodo posterior a 2021 es la diversificación de los destinos. Si durante décadas los Estados Unidos habían sido el destino principal de la emigración cubana, la crisis contemporánea ha redistribuido la diáspora hacia un espectro de países sin precedente en la historia migratoria cubana.
España
[editar]España se ha convertido en el segundo destino más importante, favorecida por la proximidad cultural e idiomática, la presencia de una comunidad cubana ya establecida, y la aplicación de la Ley de Memoria Democrática de 2022, que permitió a los descendientes de emigrados españoles de la guerra civil y el franquismo solicitar la nacionalidad española.[229] Dado que decenas de miles de familias cubanas tienen ascendencia española directa, muchos cubanos pudieron acogerse a esta legislación para obtener el pasaporte europeo. Según datos del Instituto Nacional de Estadística español (INE), al 1 de enero de 2023 residían en España 198.639 personas nacidas en Cuba.[230] Los cubanos fueron la nacionalidad que más se benefició de la Ley de Memoria Democrática: hasta finales de 2023 se habían presentado más de 226.000 solicitudes de nacionalidad, con La Habana como principal consulado emisor. En 2023 emigraron a España al menos 28.900 cubanos, y 33.900 en 2024, con un total aproximado de 62.800 en dos años. La comunidad cubana residente en España supera los 257.000 individuos según estimaciones conservadoras.
Brasil
[editar]Brasil se ha convertido en un destino importante de la migración cubana en América del Sur, especialmente dentro de los flujos recientes de solicitudes de protección internacional y regularización migratoria. Según datos del Observatorio de las Migraciones Internacionales (OBMigra), vinculados al Sistema de Registro Nacional Migratorio (RNM) del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, el número de ciudadanos cubanos con registro migratorio en Brasil aumentó de 28.374 personas en el período 2011–2020 a 103.427 en el período 2021–2025, lo que refleja un incremento significativo en los flujos migratorios registrados hacia el país.[231]
En términos de solicitudes de asilo, Brasil registró 68.159 pedidos de reconocimiento de la condición de refugiado en 2024, de los cuales 22.288 correspondieron a ciudadanos cubanos, situándolos como la segunda nacionalidad solicitante, detrás de los venezolanos. Estos datos provienen del sistema oficial de registro de solicitudes gestionado por el gobierno brasileño y sistematizado por OBMigra.[232]
Informes de ACNUR y de medios de comunicación basados en datos oficiales indican que, durante 2025, los cubanos llegaron a encabezar en determinados periodos mensuales el número de solicitudes de asilo en Brasil, superando a los venezolanos, lo que refleja un cambio en la composición de los flujos migratorios regionales hacia el país.[233]
En cuanto a la distribución territorial, los datos del ACNUR y del gobierno brasileño señalan que la mayoría de los migrantes cubanos ingresan por la frontera norte en el estado de Roraima, desde donde una parte significativa se desplaza hacia regiones del sur y del sudeste, especialmente São Paulo, donde se concentran redes laborales y comunitarias de migrantes extranjeros.[234]
Las estimaciones sobre el número total de cubanos residentes en el país varían según la metodología utilizada, ya que los registros oficiales contabilizan principalmente personas con estatus migratorio regularizado, mientras que otras estimaciones incluyen migración irregular o flujos no registrados completamente en el sistema administrativo.
Uruguay, Costa Rica, México
[editar]Uruguay registró 7413 solicitudes de asilo de cubanos en 2024 y otras 1700 en el primer trimestre de 2025.[235] La OIM señala que Costa Rica también se ha convertido en destino de asentamiento relevante: una encuesta realizada entre cubanos presentes en el país en enero y febrero de 2026 reveló que el 94 % tenía intención de permanecer, citando estabilidad institucional y acceso a protección internacional.[236] México sigue siendo estadísticamente un país de tránsito para la mayoría, aunque un número creciente se ha establecido en su territorio; en 2024 registró 17 884 solicitudes de asilo de cubanos.[237]
Los Balcanes
[editar]La denominada “ruta balcánica” fue utilizada por migrantes cubanos principalmente entre 2021 y 2023 como parte de los flujos irregulares hacia la Unión Europea. Investigaciones coordinadas por Europol e Interpol documentaron la existencia de redes de tráfico de personas que aprovechaban el régimen de exención de visados entre Cuba y Serbia, vigente en ese período, para transportar migrantes por vía aérea hacia Belgrado, desde donde continuaban su tránsito irregular por los Balcanes occidentales hacia Estados miembros de la Unión Europea.[238][239]
Según estas investigaciones, las redes criminales cobraban aproximadamente 9.000 euros por persona para organizar el viaje completo, incluyendo transporte, alojamiento y documentación falsa, y se estima que alrededor de 5.000 ciudadanos cubanos fueron introducidos irregularmente en la Unión Europea mediante este corredor migratorio.[238]
El análisis de Europol señala que los migrantes volaban desde Cuba hacia Serbia —aprovechando la ausencia de visado en ese momento— y posteriormente eran trasladados por rutas terrestres a través de Macedonia del Norte y Grecia, con destino final en países de la Unión Europea como España. Las autoridades europeas identificaron esta ruta como parte del denominado “Western Balkan route”, uno de los principales corredores de migración irregular hacia la UE en el período 2022–2023.[238]
En 2023, Serbia introdujo restricciones de visado para ciudadanos de varios países, incluidos los cubanos, como parte del alineamiento progresivo con la política migratoria de la Unión Europea y en respuesta al uso del país como punto de tránsito hacia el espacio Schengen.[240]
Europol también ha señalado la existencia de redes de tráfico de migrantes activas en el corredor balcánico, involucradas en la falsificación de documentos, transporte clandestino y facilitación del cruce irregular de fronteras hacia la Unión Europea, aunque la composición nacional de estas redes varía según los casos investigados.[238]
Historia
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La población de Cuba anterior al contacto europeo estaba compuesta principalmente por los pueblos taíno y ciboney, con grupos menores de guanahatabey que habitaban las regiones más occidentales de la isla. La colonización española, iniciada tras la llegada de Cristóbal Colón en 1492, produjo el catastrófico declive de la población indígena mediante las enfermedades epidémicas, el trabajo forzado y la violencia.[241]
Para sostener la economía de plantación que emergió en el siglo XVIII —centrada ante todo en el cultivo del azúcar— la administración colonial española supervisó la importación forzada a gran escala de africanos esclavizados. A mediados del siglo XIX, Cuba se había convertido en una de las mayores sociedades esclavistas del hemisferio occidental, con africanos y sus descendientes —procedentes de numerosas sociedades de África Occidental y Central, entre ellos grupos de habla yoruba, fon y kongo— constituyendo una proporción considerable de la población insular.[242][243]
Los colonos españoles —tanto los peninsulares nacidos en la Península Ibérica como los criollos nacidos en América— completaron la tríada demográfica colonial. La prolongada convivencia entre estos grupos, junto con el intercambio cultural que engendró, dio lugar a una sociedad sincrética cuyas prácticas religiosas, música y costumbres sociales reflejaban múltiples procedencias. El etnólogo cubano Fernando Ortiz describió este proceso como transculturación —término que él mismo acuñó para designar la transformación mutua de culturas en contacto sostenido— e identificó en él un rasgo definitorio de la civilización cubana.[244]
A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, una conciencia criolla diferenciada —articulada con frecuencia bajo el concepto de cubanidad— había comenzado a surgir entre la población no peninsular de la isla. Esta identidad en formación estuvo moldeada por la economía de plantación, por el crecimiento de La Habana como centro urbano cosmopolita y por la proliferación de formas culturales que se nutrieron simultáneamente de influencias africanas, españolas y de un residual legado indígena, entre ellas el danzón, la décima, las prácticas religiosas sincréticas asociadas a la Regla de Ocha y las sociedades de ayuda mutua y de carácter ritual de los Abakuá.[245] La emergencia de una identidad cultural propiamente cubana se desarrolló en paralelo a las tensiones políticas de la sociedad colonial: el resentimiento ante las restricciones comerciales impuestas por España, las contradicciones de una élite criolla esclavista que aspiraba a mayor autonomía y la gradual aparición del sentimiento abolicionista.[246]
La articulación de la identidad nacional cubana como proyecto político explícito alcanzó un punto de inflexión decisivo durante las luchas independentistas de la segunda mitad del siglo XIX. La Guerra de los Diez Años (1868–1878), impulsada en parte por hacendados criollos como Carlos Manuel de Céspedes —quien liberó a sus propios esclavos al dar inicio a la insurrección— situó las cuestiones de raza e inclusión en el centro del movimiento nacionalista emergente.[247] La figura de José Martí, principal ideólogo de la independencia cubana, dio al movimiento su expresión teórica más influyente. En ensayos como Nuestra América (1891) y Mi raza (1893), Martí sostuvo que las divisiones raciales eran incompatibles con la construcción de una república libre y que la propia identidad cubana constituía el fundamento de la unidad nacional.[248] La Guerra de Independencia cubana (1895–1898) dio forma concreta a esta visión: los ejércitos insurgentes mambí presentaban una composición notablemente multirracial, y los oficiales afrocubanos —de manera señalada Antonio Maceo, conocido como el «Titán de Bronce»— alcanzaron prominencia en los más altos escalafones del mando. El desenlace de la guerra derivó, sin embargo, en la intervención militar estadounidense y en un prolongado período de ocupación y tutela política por parte de los Estados Unidos, lo que condicionó de manera determinante el desarrollo ulterior de la identidad nacional cubana.[249]

La República cubana instaurada en 1902 heredó tanto los ideales igualitarios del movimiento independentista como las desigualdades raciales del período colonial. La ideología republicana oficial se asentaba sobre el concepto martiano de un nacionalismo sin razas; sin embargo, los historiadores han argumentado que este marco universalista con frecuencia desalentó la movilización política autónoma de los afrocubanos al presentar la reivindicación de base racial como contraria a la unidad nacional.[250] El Partido Independiente de Color, fundado en 1908 para defender la representación política afrocubana, fue proscrito mediante la Enmienda Morúa de 1910; su protesta armada de 1912 fue reprimida militarmente, con el saldo de miles de afrocubanos muertos.[251] No obstante, el movimiento cultural del afrocubanismo de los años veinte y treinta —asociado a figuras como el poeta Nicolás Guillén, el novelista Alejo Carpentier y el propio Ortiz— reivindicó la dimensión africana de la cultura cubana como elemento constitutivo de la identidad nacional.[252] Paralelamente, la extensa influencia económica, política y cultural de los Estados Unidos contribuyó al desarrollo de un nacionalismo reactivo mediante el cual numerosos cubanos articularon su identidad colectiva en oposición a la hegemonía estadounidense.

La Revolución cubana de 1959, liderada por Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio, representó tanto una ruptura política como un intento de reconstruir la identidad nacional cubana sobre nuevos fundamentos ideológicos. El gobierno revolucionario declaró la eliminación de la discriminación racial un objetivo social inmediato y procedió a desmantelar muchas de las estructuras institucionales que identificaba como mecanismos de reproducción de la desigualdad.[253] La identidad nacional fue progresivamente reencuadrada en términos de compromiso revolucionario e internacionalismo socialista. El ideal del hombre nuevo, teorizado por Che Guevara en su ensayo de 1965 El socialismo y el hombre en Cuba, subrayaba el sacrificio colectivo, la construcción socialista y el antiimperialismo.[254] Esta identidad antiimperialista se proyectó internacionalmente a través de las intervenciones militares y civiles cubanas en África y América Latina, de manera más notoria en Angola, donde las fuerzas cubanas apoyaron al gobierno del MPLA frente a UNITA y las fuerzas sudafricanas entre 1975 y 1991, y en Etiopía, donde Cuba intervino en apoyo del Derg durante la Guerra de Ogadén de 1977–1978.[255][256] Estas intervenciones fueron presentadas por el gobierno cubano como expresión de solidaridad tercermundista y como prolongación de la lucha anticolonial, apelando a las experiencias históricas cubanas de colonialismo y esclavitud y al legado antiimperialista de Martí.[257][258]
El énfasis de la revolución en una identidad nacional unitaria y centrada en el Estado marginó la disidencia política y contribuyó a la formación de una numerosa diáspora emigrante, particularmente en los Estados Unidos, cuyos miembros desarrollaron interpretaciones contrapuestas de la identidad cubanoamericana, arraigadas en la experiencia del exilio y en la oposición al Estado revolucionario.[259]
Cultura
[editar]La cultura cubana es el resultado de un proceso histórico de transculturación —término acuñado por el etnólogo y sociólogo Fernando Ortiz en su obra Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940)—[260] en el que confluyeron, a lo largo de cinco siglos, tradiciones europeas de origen principalmente español, africanas pertenecientes a diversas etnias subsaharianas, e indígenas de los pueblos taínos y ciboneyes. Este proceso, producido en condiciones de colonialismo, esclavitud y migración sucesiva, generó una identidad cultural propia de proyección universal, cuyos componentes más visibles son la música, la danza, la literatura, la arquitectura, las artes visuales y la gastronomía. Cuba ha ejercido una influencia notable y desproporcionada a su tamaño en la cultura popular internacional del siglo XX, sobre todo a través de la música y el cine.[261]
Raíces históricas y composición cultural
[editar]La presencia indígena en Cuba, principalmente de los pueblos taínos y ciboneyes, experimentó un colapso demográfico prácticamente total en las primeras décadas de la colonización española en el siglo XVI.[262] Su herencia, sin embargo, persiste en el vocabulario —palabras como tabaco, huracán, maíz, yuca, canoa y hamaca son de origen arahuaco—,[263] en la agricultura y en la gastronomía. La colonización española, iniciada con la fundación de Baracoa en 1511, estableció las bases de la lengua castellana, las instituciones eclesiásticas, la arquitectura monumental y las formas literarias que configurarían la alta cultura de la isla durante siglos.[264]
La trata de esclavos africanos, intensificada a partir del siglo XVII y en su máximo apogeo entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX —cuando Cuba se convirtió en el mayor productor mundial de azúcar—,[265] introdujo en la isla poblaciones procedentes de etnias yoruba (denominadas lucumí en Cuba), bantú (congo), fon (arará) y efik-biobío (abakuá),[266][267] cuyos sistemas religiosos, musicales, lingüísticos y culinarios se integraron con los europeos para generar las formas culturales más características de la identidad cubana. La transculturación operó bajo la violencia estructural de la esclavitud, pero produjo una de las síntesis culturales más complejas del continente americano.[260][268]
Oleadas migratorias posteriores añadieron nuevas capas: los colonos canarios, cuya huella lingüística y costumbrista se percibe en el medio rural;[269] los inmigrantes haitianos y jamaicanos llegados al Oriente desde finales del siglo XVIII, portadores de sus propias tradiciones musicales;[270] los trabajadores chinos contratados entre 1847 y 1874, con influencia en la gastronomía;[271] y las comunidades catalanas, asturianas, gallegas y vascas instaladas principalmente en la burguesía comercial urbana.[269] Todos estos elementos se sedimentaron de manera desigual según la región, la clase social y el período histórico, produciendo la pluralidad interna que caracteriza a la cultura cubana.
Cultura tabacalera
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El tabaco es uno de los pilares de la identidad cultural cubana y el producto agrícola para el que el nombre de Cuba ha adquirido mayor prestigio universal.[272] Cultivado y consumido por los taínos antes de la llegada de los europeos, fue introducido en el continente europeo desde Cuba por los colonizadores españoles en el siglo XVI.[272] La región de Vuelta Abajo, en la actual provincia de Pinar del Río —especialmente los municipios de San Juan y Martínez, San Luis y el Valle de Viñales—, fue identificada ya en el siglo XVII como la zona productora de los habanos de mayor calidad del mundo, gracias a la composición singular de su suelo rojo (tierra prieta) y sus condiciones climáticas específicas.[272] El paisaje cultural del Valle de Viñales fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999.[273]
La vega —la plantación de tabaco— y la figura del veguero configuraron una cultura campesina propia en el occidente de Cuba.[272] El proceso de elaboración del tabaco torcido a mano —el habano o puro— alcanzó en Cuba un refinamiento artesanal singular: las distintas partes del cigarro (capa, capote y tripa) requieren hojas con características específicas de cada finca, y el oficio del torcedor exige años de aprendizaje y formación. Entre las marcas históricas de mayor prestigio figuran H. Upmann (fundada en 1844),[274] Partagás (1845),[275] Romeo y Julieta (1875)[276] y Montecristo (1935),[277] cuyas reputaciones se consolidaron durante la República. La marca Cohiba fue creada en 1966 para uso de protocolo del Estado cubano.[278]
En las tabaquerías —las grandes fábricas de torcido— operó desde mediados del siglo XIX una institución cultural sin equivalente documentado en otras industrias del mundo: el lector de tabaquería. Desde 1865, cuando la práctica fue formalizada con el apoyo del líder obrero Saturnino Martínez en La Habana,[279] los propios tabaqueros costeaban de su peculio a un lector que, situado en una tribuna elevada en el centro del taller, leía en voz alta mientras trabajaban: diarios, novelas, obras de teatro, ensayos filosóficos y textos de teoría política.[279] La práctica contribuyó a la formación intelectual y política de la clase obrera tabacalera, a la difusión de las ideas abolicionistas e independentistas, y dio lugar a un proletariado de nivel cultural notablemente elevado.[279] Cuba ha promovido ante la UNESCO la candidatura de esta tradición para su posible inclusión en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.[280]
Música
[editar]La música es la expresión cultural cubana de mayor proyección internacional y la que ilustra con mayor nitidez el proceso de síntesis entre tradiciones europeas y africanas.[281][282]
Las formas musicales más antiguas documentadas en la isla incluyen las canciones campesinas de raíz española —romances, décimas glosadas, tonadas—, que convivieron con los tambores y cantos rituales de los esclavos africanos. Del sustrato campesino español surgió el punto guajiro o punto cubano, forma vocal de improvisación poética en décimas octosilábicas, cuya práctica persiste a través del repentismo, el arte de versificar de manera improvisada y extempórea. La décima espinela es la forma estrófica por excelencia de la poesía popular cubana.[281]
La contradanza cubana, derivada de la contredanse francesa y de la contradanza española, se cubanizó a finales del siglo XVIII al incorporar el sincopado africano y la célula rítmica conocida como la clave, articulando así los dos grandes ejes de toda la música cubana posterior: la melodía de origen europeo y el ritmo de raíz africana.[282][281] De la contradanza derivó la habanera, género que alcanzó enorme difusión internacional en el siglo XIX; el compositor Sebastián Yradier empleó el modelo habanero en «La paloma» (h. 1861),[282] y Georges Bizet lo utilizó en la célebre aria de Carmen (1875).
A partir de la contradanza cubana evolucionó el danzón, creado por el compositor matancero Miguel Faílde, cuya pieza «Las alturas de Simpson» (1879) es considerada la primera composición formalizada del género.[282][283] El danzón fue adoptado como baile nacional a finales del siglo XIX y perduró como danza de las clases medias y populares urbanas hasta bien entrado el siglo XX, cultivado especialmente en las sociedades recreativas de Matanzas y La Habana.

La rumba surgió en los solares y arrabales de La Habana y Matanzas en la segunda mitad del siglo XIX como expresión musical y coreográfica de la población afrocubana de clase trabajadora. No debe confundirse con la rumba flamenca española ni con los estilos de baile de salón denominados con ese nombre en el exterior. La rumba cubana comprende tres modalidades: el yambú, de tempo lento y carácter solemne; la columbia, ejecutada en solitario por hombres con gran acrobatismo y virtuosismo; y el guaguancó, el más difundido, de carácter narrativo y expresivo, interpretado por hombres y mujeres. Sus instrumentos principales son las tumbadoras (congas), las claves y los cajones.[282][283] La Unesco declaró la rumba Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016.[284]
El son cubano, que ejercería una influencia determinante sobre la música popular afroamericana del siglo XX, se desarrolló en el Oriente de Cuba —principalmente en las actuales provincias de Santiago de Cuba y Guantánamo— a finales del siglo XIX, a partir de la fusión del canto trovadoresco de raíz española con los patrones rítmicos de percusión de origen africano, articulados sobre la estructura de la clave.[282][283] Sus instrumentos originales incluyen el tres —guitarra de tres órdenes de cuerdas dobles, de timbre característico—, las maracas, el bongó, el güiro, las claves y la guitarra; la trompeta se incorporó en etapas posteriores. El son ascendió desde el Oriente hacia La Habana en las primeras décadas del siglo XX y fue difundido masivamente por el Sexteto Habanero (fundado en 1920) y el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro (fundado en 1927), que realizaron las primeras grabaciones de éxito.[282] El tresero y cantante Francisco Repilado «Compay Segundo», el compositor Miguel Matamoros y el sonero Nico Saquito son figuras cimeras del son clásico. Del género derivaron múltiples subformas: el son montuno, el guajiro-son, la guaracha —de carácter festivo y burlesco—, y el bolero-son.

El bolero cubano, surgido en Santiago de Cuba a finales del siglo XIX como vertiente sentimental de la trova, se distingue del bolero español en su tempo, estructura armónica y expresión. Su creación se atribuye al trovador santiaguero Pepe Sánchez, autor de «Tristezas» (hacia 1885), considerada la primera composición del género.[282][283] Se cultivó en el marco de la trova tradicional con figuras como Sindo Garay, Alberto Villalón y Manuel Corona, y en el siglo XX se convirtió en el idioma sentimental por excelencia de la música popular hispanoamericana. Beny Moré, Elena Burke, Omara Portuondo e Ibrahim Ferrer representan sus más altas expresiones interpretativas.
El jazz afrocubano nació de la confluencia de los ritmos cubanos con el jazz norteamericano desde la década de 1920. El percusionista Chano Pozo, que colaboró con Dizzy Gillespie en Nueva York a partir de 1947, y el trompetista y director musical Mario Bauzá, cofundador de la orquesta Machito and His Afro-Cubans en 1940, fueron determinantes en el surgimiento del Latin jazz o cubop.[285] En Cuba, la Orquesta Casino de la Playa, la Orquesta Riverside y el pianista Bebo Valdés desarrollaron un lenguaje jazzístico propio que continuaron, en generaciones posteriores, Chucho Valdés y el conjunto Irakere (fundado en 1973).[285]
El mambo emergió a finales de la década de 1930 y alcanzó su apogeo entre los años 1940 y 1950, a partir de la confluencia del son con el formato de las grandes orquestas de estilo big band. Las paternidades del género son disputadas: el contrabajista Orestes López y su hermano Israel «Cachao» López son reconocidos como autores del danzón «Mambo» (1938), considerado su antecedente directo; Arsenio Rodríguez aportó innovaciones rítmicas fundamentales; y el pianista y director Dámaso Pérez Prado, cubano nacido en Matanzas y radicado en México desde 1948, lo catapultó a la fama internacional con sus grabaciones de los años cuarenta y cincuenta.[282][283] El cantante Beny Moré (1919-1963), considerado por buena parte de la crítica especializada el músico cubano más completo del siglo XX en virtud de su voz y su excepcional versatilidad estilística,[282] fue el intérprete más representativo del mambo, el son y el bolero en sus formas más elaboradas.
El cha-cha-chá fue creado hacia 1953 por el violinista y director habanero Enrique Jorrín como simplificación rítmica del danzón-mambo, con el propósito de facilitar el baile.[283][282] Su nombre deriva del sonido producido por los pies de los bailarines al ejecutar el paso característico a contratiempo. Alcanzó difusión internacional inmediata y se convirtió en uno de los bailes de salón más practicados en el mundo occidental durante la segunda mitad del siglo XX; la Orquesta Aragón —fundada en Cienfuegos en 1939— fue su formación más representativa.

La nueva trova surgió a finales de los años 1960 como movimiento de canción de autor ligado al proceso revolucionario, aunque con una relación compleja con las instituciones culturales del Estado.[286] Sus principales figuras, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, desarrollaron un estilo que combinaba la tradición trovadoresca cubana con el folk norteamericano y la chanson francesa, con textos de elaborada construcción poética. El Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, activo entre 1969 y 1978, fue el laboratorio donde se gestaron muchas de sus propuestas.[286] Noel Nicola, Sara González y, en generaciones posteriores, Carlos Varela representan otras vertientes del movimiento.

La timba, desarrollada en La Habana desde finales de los años 1980 y consolidada en la década de 1990, es la expresión contemporánea más influyente de la música cubana. Combina el son, la rumba, el jazz, el funk y los patrones rítmicos de los tambores batá en estructuras de alta complejidad rítmica y armónica, interpretadas por grandes formaciones.[287][286] Los Van Van —fundados por el bajista y compositor Juan Formell en 1969— y NG La Banda —fundados por el flautista José Luis Cortés en 1988— son sus conjuntos más representativos, junto con Issac Delgado, Bamboleo y Charanga Habanera.[287]
El proyecto Buena Vista Social Club (grabado en 1996; publicado en 1997 por World Circuit/Nonesuch), coordinado por el guitarrista estadounidense Ry Cooder junto al productor Nick Gold, reunió a un grupo de músicos cubanos de generaciones anteriores —entre ellos Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González y Omara Portuondo— y generó un álbum de enorme repercusión internacional que renovó el interés global por el son cubano clásico.[283][287] El documental homónimo dirigido por Wim Wenders (1999) amplió su difusión a escala mundial.
Ballet
[editar]Los antecedentes del ballet en Cuba se remontan al siglo XIX, cuando el Teatro Tacón de La Habana —inaugurado oficialmente el 15 de abril de 1838 y reputado en su época como el más grande y lujoso de América y el tercero del mundo en condiciones técnicas y acústicas, tras la Scala de Milán y la Ópera de Viena[288]— acogía regularmente compañías europeas de ópera y ballet en gira. La fundación de la Sociedad Pro-Arte Musical el 2 de diciembre de 1918, promovida por María Teresa García Montes de Giberga,[289] creó el marco institucional para la enseñanza y el mecenazgo del ballet clásico en la isla, atrayendo a pedagogos de formación europea y formando las primeras generaciones de bailarines cubanos.

La figura central del ballet cubano es Alicia Alonso (1920–2019), prima ballerina assoluta, bailarina, coreógrafa y pedagoga de proyección universal. Formada inicialmente en La Habana y posteriormente en la School of American Ballet de Nueva York, se incorporó al American Ballet Theatre en 1940,[290] donde interpretó los grandes roles del repertorio clásico —Giselle en particular— pese a perder progresivamente la visión a partir de finales de los años 1930, a consecuencia de un desprendimiento bilateral de retina.[291] En octubre de 1948 fundó, junto con Fernando Alonso y Alberto Alonso, el Ballet Alicia Alonso[290] —rebautizado en 1955 como Ballet de Cuba y, tras el triunfo de la Revolución cubana, reorganizado en 1959 con la denominación definitiva de Ballet Nacional de Cuba[292]—. La compañía desarrolló una técnica propia, denominada escuela cubana de ballet, que combina la rigurosidad académica de la tradición rusa con elementos expresivos propios del bailarín cubano,[290][293] y produjo generaciones de artistas de proyección internacional. El Ballet Nacional de Cuba obtuvo reconocimientos en festivales y concursos de Europa y la Unión Soviética desde los años 1960 —participando por primera vez en el Concurso Internacional de Ballet de Varna en 1964—[292] y mantuvo una actividad internacional sostenida. Alicia Alonso continuó dirigiendo la compañía hasta su fallecimiento el 17 de octubre de 2019, a los noventa y ocho años de edad.[291]
Artes visuales
[editar]Las artes visuales cubanas tienen sus raíces en la pintura académica del período colonial, cultivada en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, fundada en La Habana el 12 de enero de 1818 y considerada la institución de enseñanza artística en funcionamiento continuo más antigua de América Latina.[nota 3][294] Entre los pintores académicos del siglo XIX y comienzos del XX que pasaron por sus aulas destacan Leopoldo Romañach y Armando García Menocal.[295]

La vanguardia artística cubana emergió en la década de 1920, cuando pintores formados en Europa regresaron a la isla con una perspectiva renovada. Amelia Peláez (1896-1968) desarrolló un lenguaje plástico original que fusionó el cubismo y el fauvismo con los motivos decorativos de la arquitectura colonial habanera —vidrieras emplomadas, rejas de hierro, azulejos policromados— en composiciones de marcado cromatismo y estructura geométrica.[296] Eduardo Abela (1889-1965) es recordado por su pintura de temática campesina y por la creación del personaje satírico «El Bobo», de amplia resonancia en la prensa de la época.[297]

Wifredo Lam (1902-1982), nacido en Sagua la Grande de padre de origen chino y madre afrocubana, es el artista plástico cubano de mayor proyección y reconocimiento internacionales del siglo XX. Formado en Madrid y en el círculo del surrealismo parisino —con vínculos estrechos con Pablo Picasso y André Breton—, desarrolló un vocabulario pictórico que sintetizó el surrealismo europeo con la iconografía de la religiosidad yoruba y la cultura afrocaribeña.[298] Su obra La jungla (1942-1943) forma parte de la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) de Nueva York.[299] René Portocarrero (1912-1985) exploró la iconografía de la religiosidad afrocubana y la arquitectura colonial con una paleta exuberante y un lirismo expresionista de notable intensidad.[300]
Tras 1959, las artes visuales atravesaron una etapa de efervescencia ligada al proyecto cultural revolucionario, particularmente visible en el cartel político y el diseño gráfico del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), que produjo entre las décadas de 1960 y 1980 una escuela de diseño de carteles ampliamente reconocida a escala internacional.[301] En enero de 1981, la exposición colectiva Volumen Uno, celebrada en el Centro de Arte Internacional de La Habana,[nota 4] inauguró una generación de artistas de orientación conceptual —entre ellos José Bedia, Flavio Garciandía y Juan Francisco Elso— que introdujeron el diálogo con las corrientes internacionales del arte contemporáneo.[302][303] El colectivo Los Carpinteros (activo desde 1991; nombre adoptado en 1994)[nota 5] alcanzó proyección internacional en los años 1990 con una obra que combina el humor, la crítica social y la elaboración artesanal de objetos y arquitecturas imaginarias.[304] El pintor Tomás Sánchez (n. 1948) desarrolló desde los años 1980 un lenguaje hiperrealista de marcada espiritualidad en sus paisajes de naturaleza cubana.[303]
Literatura
[editar]El texto más antiguo que se conserva de la literatura producida en Cuba es el Espejo de paciencia (1608), poema épico en octavas reales escrito por Silvestre de Balboa Troya y Quesada —nacido en las Islas Canarias pero residente en la isla—, que narra el secuestro del obispo Juan de las Cabezas Altamirano a manos del corsario francés Gilberto Girón y su posterior rescate.[305][306] Redescubierto y publicado en 1838 por José Antonio Echeverría, el texto ha sido reivindicado como punto de partida simbólico de las letras cubanas, aunque la literatura cubana como cuerpo expresivo diferenciado comienza realmente a tomar forma en el período colonial tardío, cuando una serie de voces individuales empieza a articular una conciencia criolla diferenciada de la metrópoli española.
El primer gran nombre de estas letras es el del poeta romántico José María Heredia (1803-1839), cuyas odas «En el Teocali de Cholula» y «Niágara» lo sitúan entre los precursores del romanticismo en lengua española y entre los primeros poetas de proyección continental.[306] Contemporánea suya fue Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), nacida en Puerto Príncipe —hoy Camagüey—, quien desarrolló su carrera principalmente en España pero dejó en su novela Sab (1841) uno de los primeros textos abolicionistas en lengua española, abordando el tema de la esclavitud con una perspectiva crítica inusual para su época.[307] La sociedad habanera esclavista encontró su retrato más preciso y duradero en Cecilia Valdés (versión definitiva, 1882), de Cirilo Villaverde (1812-1894), obra central del realismo costumbrista cubano del siglo XIX cuya protagonista mestiza se convertiría en uno de los símbolos más persistentes de la identidad nacional.[306]
Ninguna figura, sin embargo, tiene en la cultura cubana el peso de José Martí (1853-1895), cuya relevancia trasciende lo literario para abarcar la política, el pensamiento ético y la formación misma de la nación. Como escritor, Martí renovó la prosa y la poesía hispanoamericanas con obras como Ismaelillo (1882), Versos sencillos (1891) y una extensa producción ensayística de extraordinaria densidad estilística, que lo sitúa entre los iniciadores del modernismo en lengua española.[308][306] Su muerte en combate en Dos Ríos el 19 de mayo de 1895, durante la guerra de independencia, consolidó su figura como referente fundacional irrepetible.
En las primeras décadas del siglo XX, el movimiento poético del negrismo reivindicó la herencia africana y la cultura popular afrocubana como componentes centrales de la identidad nacional. Su principal exponente fue Nicolás Guillén (1902-1989), quien en poemarios como Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo (1931) y West Indies, Ltd. (1934) incorporó los ritmos del son y la rumba, el habla popular afrocubana y una perspectiva crítica al colonialismo y el racismo, convirtiéndose en una figura de primer orden en la poesía hispanoamericana del siglo XX y en Poeta Nacional de Cuba tras la revolución de 1959.[309] En esos mismos años se forjaba también la obra de Alejo Carpentier (1904-1980), novelista, musicólogo y ensayista nacido en La Habana de padre francés y madre rusa, que se convertiría en el narrador cubano de mayor influencia en la literatura universal del siglo XX. En el prólogo a su novela El reino de este mundo (1949), ambientada en la revolución haitiana de Toussaint Louverture, formuló el concepto de «lo real maravilloso», precedente directo del realismo mágico hispanoamericano posterior; sus obras Los pasos perdidos (1953), El siglo de las luces (1962) y El recurso del método (1974) combinan la erudición histórica y musicológica con una prosa neobarroca de extraordinaria densidad.[310]

La renovación cultural de mediados de siglo tuvo en José Lezama Lima (1910-1976) a su figura más radical. Poeta, ensayista y novelista habanero, Lezama fundó y dirigió la revista literaria Orígenes (1944-1956), principal núcleo del vanguardismo cultural cubano de la época. Su novela Paradiso (1966), de arquitectura laberíntica y escritura neobarroca de extrema densidad, es una de las obras más ambiciosas y exigentes de la literatura en lengua española.[311] Próximo en sensibilidad pero radicalmente distinto en registro, Virgilio Piñera (1912-1979) —principalmente dramaturgo, aunque también narrador y poeta— representa la vertiente absurdista y existencial de las letras cubanas del siglo XX, con una obra de gran originalidad que en vida sufrió períodos de marginación y censura oficial.[312]
La revolución de 1959 marcó una fractura profunda en el campo literario cubano, que dividió a sus principales voces entre la isla y el exilio. Desde Londres, donde se estableció definitivamente en 1966, Guillermo Cabrera Infante (1929-2005) publicó Tres tristes tigres (1967), novela que reconstruye el ambiente nocturno de la Habana prerrevolucionaria a través de un juego verbal de enorme inventiva, deudor a la vez de James Joyce y del habla coloquial habanera.[312] Reinaldo Arenas (1943-1990), perseguido por el Estado a causa de su homosexualidad y exiliado desde 1980, legó una narrativa de gran intensidad, de la que sobresale su autobiografía Antes que anochezca, publicada póstumamente en 1992 y llevada al cine en el año 2000.[313]

La literatura cubana contemporánea tiene en Leonardo Padura (n. 1955) a su figura de mayor proyección internacional. Residente en Cuba, Padura construyó a través de su serie de novelas negras protagonizadas por el detective Mario Conde —entre ellas Máscaras (1997) y La neblina del ayer (2005)— una crónica literaria de La Habana y de la sociedad cubana posrevolucionaria de notable penetración crítica. Su novela El hombre que amaba a los perros (2009), que reconstruye los últimos años de León Trotski y la figura de su asesino Ramón Mercader, alcanzó reconocimiento internacional. Padura recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba en 2012[314] y el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015.[315]
Teatro
[editar]La historia teatral cubana se remonta a las representaciones religiosas del período colonial. El Teatro Tacón de La Habana —inaugurado en 1838 y hoy denominado Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso— fue en el siglo XIX uno de los coliseos más importantes del hemisferio occidental, acogiendo compañías de ópera italiana, zarzuela y dramaturgia europea de primer nivel.[281]
El teatro bufo cubano, surgido en la segunda mitad del siglo XIX, fue la forma teatral popular por antonomasia de la Cuba colonial tardía. Caracterizado por el humor costumbrista, la sátira social y la presencia de tipos fijos —el negrito, el gallego y la mulata—, fue simultáneamente un espejo de las tensiones raciales de la sociedad y un espacio de afirmación de la identidad popular cubana.[316] La zarzuela cubana, cultivada paralelamente, dio obras como Cecilia Valdés (1932) del compositor Gonzalo Roig, que adaptó la novela homónima de Cirilo Villaverde al género lírico con notable éxito de público.[317]
En el siglo XX, el teatro cubano alcanzó una dimensión literaria de primer orden con la obra de Virgilio Piñera (1912-1979), autor de Electra Garrigó (1948) —reinterpretación del mito griego en clave cubana— y Dos viejos pánicos (1968), obras de un absurdismo existencial que dialogan con las vanguardias teatrales europeas de Ionesco y Beckett.[318] Tras 1959, el Estado impulsó la creación teatral mediante diversas instituciones, pero sometió también a autores incómodos, como el propio Piñera, a períodos de marginación y censura por razones ideológicas y de orientación sexual.[319]
Cine
[editar]Los orígenes (1897–1958)
[editar]El cinematógrafo llegó a Cuba el 24 de enero de 1897, cuando el técnico francés Gabriel Veyre, representante en América Latina de los hermanos Lumière, ofreció la primera proyección pública en un local de la calle Prado 126 de La Habana, apenas trece meses después de la primera exhibición de los Lumière en París.[320] En esa sesión inaugural se proyectaron cuatro cortometrajes europeos. El 7 de febrero del mismo año, Veyre rodó Simulacro de incendio —una pieza de un minuto protagonizada por los bomberos habaneros—, considerada la primera filmación realizada en suelo cubano, aunque la copia original se ha perdido.[320] El primer cubano en dedicarse a la proyección y filmación cinematográfica fue José E. Casasús.
Durante las primeras décadas del siglo XX, la producción cubana fue escasa y de consumo popular, con predominio de documentales de actualidad y comedias de manufactura artesanal. La influencia del cine de los Estados Unidos y, a partir de los años treinta, del cine de México, fue dominante en las pantallas de la isla. La industria nacional no desarrolló una estructura estable de producción, distribución ni financiamiento.[321]
El antecedente directo del cine cubano moderno es El mégano (1955), un cortometraje documental de unos veinticinco minutos codirigido por Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea —con la colaboración de Alfredo Guevara y José Massip—, rodado en el estilo del neorrealismo italiano entre los carboneros de la Ciénaga de Zapata, al sur de La Habana.[322] La película denunciaba las condiciones de vida de esa comunidad obrera bajo el gobierno de Fulgencio Batista. Exhibida en dos ocasiones —en el Anfiteatro Varona de la Universidad de La Habana y en el Retiro Odontológico— fue inmediatamente confiscada por el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), y García Espinosa fue detenido. La copia permaneció en los archivos del SIM hasta 1959. Tanto por su intención crítica como por el perfil de sus realizadores, El mégano es considerado el antecedente más importante del nuevo cine cubano y una de las obras fundadoras del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano.[322][323]
La fundación del ICAIC y la política cultural (1959–1965)
[editar]El momento fundacional del cine cubano moderno es la creación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) el 24 de marzo de 1959, apenas semanas después del establecimiento del nuevo gobierno, lo que refleja la prioridad concedida al cine como instrumento de formación cultural; la ley de creación del ICAIC fue la primera disposición cultural de la Revolución cubana.[324] Al frente de la institución fue designado Alfredo Guevara (1925–2013), compañero de universidad de Fidel Castro y uno de los promotores del proyecto, quien la dirigiría, con una interrupción, durante aproximadamente tres décadas.[324] Entre los cofundadores del ICAIC figuraban también García Espinosa y Gutiérrez Alea, quienes habían estudiado dirección cinematográfica en el Centro Sperimentale di Cinematografia de Roma a comienzos de los años cincuenta. El ICAIC concentró en su estructura el monopolio de la producción, distribución y exhibición cinematográfica en Cuba.
Un episodio decisivo para la definición de los límites de la autonomía artística en la Cuba revolucionaria fue la prohibición del cortometraje PM (Pasado Meridiano, 1961), dirigido por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal. El filme, de catorce minutos, registraba con técnica de free cinema la vida nocturna en bares y cantinas del puerto habanero. Aunque había sido emitido por televisión sin dificultades, el ICAIC vetó su exhibición en cines. La controversia generada por la censura condujo a una serie de reuniones entre la dirección revolucionaria y los intelectuales cubanos, celebradas en junio de 1961 en la Biblioteca Nacional José Martí. Al clausurarlas, Fidel Castro pronunció el discurso conocido como «Palabras a los intelectuales», que enunció el principio rector de la política cultural revolucionaria con la fórmula: «Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada».[325][326] Este episodio trazó los límites dentro de los cuales operaría el cine —y el conjunto de las artes— durante las décadas siguientes, delimitando un espacio de relativa libertad creativa que incluía la crítica interna pero excluía la disidencia.
La edad de oro (1966–1979)
[editar]El ICAIC produjo durante los años 1960 y 1970 un cine de notable calidad artística, reconocido en festivales europeos y latinoamericanos. Julio García Espinosa (1926–2016), uno de los fundadores del ICAIC y director de Las aventuras de Juan Quinquín (1967), aportó al debate teórico internacional la influyente formulación de su manifiesto Por un cine imperfecto (escrito en 1969, publicado en la revista peruana Hablemos de cine en 1970).[327] Contra la estética tecnocrática de Hollywood y de cierto cine de arte europeo, García Espinosa postulaba un cine «interesado», producido con los medios disponibles, orientado a la participación activa del espectador y al servicio de la transformación social. El texto se convirtió en una referencia fundamental del pensamiento cinematográfico en América Latina y en el contexto más amplio del llamado Tercer Cine.[321]
Tomás Gutiérrez Alea (1928–1996), conocido como «Titón», es el director más reconocido del cine cubano. Sus obras Memorias del subdesarrollo (1968) —adaptación de la novela homónima de Edmundo Desnoes— y Fresa y chocolate (1993, codirigida con Juan Carlos Tabío) son consideradas entre las películas fundamentales del cine latinoamericano.[328] La primera examina con distancia crítica la alienación de la burguesía habanera durante los primeros años de la revolución; la segunda abordó por primera vez en el cine cubano oficial la discriminación por razón de orientación sexual dentro del sistema revolucionario, y obtuvo una nominación al Óscar a la mejor película internacional en la 67.ª ceremonia de los Óscar (1995).[329]
Humberto Solás (1941–2008) dirigió Lucía (1968), película estructurada en tres episodios ambientados en distintos momentos de la historia cubana —1895, 1932 y la década de 1960—, que se convirtió en un hito del cine latinoamericano y en referencia del cine de temática feminista.[328] El documentalista Santiago Álvarez (1919–1998) renovó el lenguaje del cine documental con un montaje de gran inventiva visual y política, en obras como Now! (1965) y LBJ (1968).[323] Manuel Octavio Gómez (1934–1988) dirigió La primera carga al machete (1969), reconstrucción experimental de las guerras de independencia del siglo XIX filmada en blanco y negro con técnica de cámara en mano.
Una voz singular dentro de la generación fundadora fue la de Sara Gómez (1942–1974), primera mujer en dirigir dentro del ICAIC y una de las pocas cineastas afrodescendientes de la institución. Tras una prolífica carrera documental en la que exploró la cultura popular, los prejuicios raciales, la marginalidad y los cambios sociales de la Revolución, fue promovida a la dirección de ficción y rodó De cierta manera (1974), largometraje que entrelaza el documental y la ficción para examinar el choque entre la mentalidad prerrevolucionaria y los nuevos valores en un barrio habanero en proceso de transformación.[330] Gómez murió de un ataque de asma antes de completar el montaje; la película fue terminada por Gutiérrez Alea y García Espinosa y estrenada en 1977. Considerada la más radical de las películas cubanas de la época en el tratamiento de la marginalidad, el género y la raza, permanece como obra de referencia del cine feminista latinoamericano.[330]
Figura de alcance muy diferente es la de Nicolás Guillén Landrián (1938–2003), sobrino del poeta Nicolás Guillén. Sus documentales experimentales de los años sesenta —entre ellos Coffea Arábiga (1968) y Taller de Línea y 18 (1971)— se caracterizaron por una ironía visual y un montaje disruptivo que transgredían los encargos institucionales que los originaban. Sometido a sucesivas restricciones y a internamientos en instituciones psiquiátricas durante los que recibió tratamientos de electroconvulsoterapia, fue expulsado definitivamente del ICAIC en 1971. Tras años de marginación progresiva, se exilió en Miami en 1989, donde murió en 2003. Su filmografía, ignorada y censurada durante décadas, fue redescubierta a partir de los años 2000 y es hoy reconocida como uno de los cuerpos más originales del cine documental latinoamericano.[331]
El Noticiero ICAIC Latinoamericano, producido semanalmente entre 1960 y 1990 bajo la dirección artística de Santiago Álvarez, fue un laboratorio de experimentación audiovisual sin equivalente en el cine latinoamericano de la época.[323] El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, fundado en 1979 con el impulso de Alfredo Guevara, se convirtió en el principal foro del cine de América Latina y el Caribe. En 1986 se fundó la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, institución de formación cinematográfica que desde entonces ha acogido a estudiantes de todo el mundo, con orientación hacia los cines del sur global.
La crisis de 1991 y el período especial
[editar]La tensión entre el cine como arte y como instrumento político afloró con especial intensidad en 1991, cuando el estreno de Alicia en el pueblo de Maravillas, de Daniel Díaz Torres —una sátira de la burocracia y el dogmatismo ideológico— provocó una reacción política que llevó al gobierno a intentar disolver el ICAIC mediante su fusión con los Estudios Fílmicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Instituto Cubano de Radio y Televisión. La resistencia organizada de los cineastas y la comunidad cultural impidió la disolución, aunque el director del ICAIC, Julio García Espinosa, fue sustituido por el retorno de Alfredo Guevara.[332] El episodio coincidió con el colapso de la Unión Soviética y el inicio del llamado período especial en tiempos de paz, crisis económica de consecuencias devastadoras para la producción cinematográfica: los recursos financieros del ICAIC se contrajeron drásticamente, el equipamiento se deterioró y la producción anual de largometrajes se redujo a cifras mínimas.

Para mantener la producción, el cine cubano recurrió crecientemente a la coproducción internacional, principalmente con España e Iberoamérica, con el apoyo del programa Ibermedia. Este modelo produjo obras de relevancia pero también generó fricciones entre los intereses comerciales de los socios externos y las lógicas autorales del cine cubano. El propio Fresa y chocolate (1993), financiado parcialmente con fondos internacionales, fue un producto paradigmático de este nuevo régimen de producción.[333]
Fernando Pérez y el cine del período especial
[editar]El cineasta que más coherentemente ha articulado una mirada sobre Cuba desde dentro de ese contexto de crisis es Fernando Pérez Valdés (1944–), considerado por buena parte de la crítica el director cubano más importante de las últimas décadas. Su trilogía del período especial —Madagascar (1994), La vida es silbar (1998) y Suite Habana (2003)— constituye el tratamiento cinematográfico más sostenido y estilísticamente ambicioso de la experiencia cubana de los años noventa.[333] Madagascar examina el deterioro de la relación entre una madre y su hija en el contexto de la crisis; La vida es silbar, de registro más lírico y onírico, obtuvo el Premio Coral a la mejor dirección en el Festival de La Habana y fue reconocida en el Festival de Sundance y en el Festival Internacional de Cine de Berlín; Suite Habana, documental sin diálogo que sigue durante un día a trece habitantes de la capital, es considerada por el propio ICAIC la mejor película documental cubana realizada desde la fundación de la institución.[333]
El cine cubano desde 2000
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El cine cubano del siglo XXI se ha caracterizado por la emergencia de realizadores fuera o en los márgenes del ICAIC, el recurso a formatos y presupuestos reducidos facilitados por la tecnología digital, y la presencia creciente de los temas de la emigración, la marginalidad y la identidad en un contexto de transformaciones sociales aceleradas. Juan de los muertos (2011), de Alejandro Brugués, primera película cubana de terror con elementos de sátira política, rodada en coproducción hispano-cubana, obtuvo el Premio Goya a la mejor película iberoamericana en la 27.ª edición de los Premios Goya (2013) y renovó la proyección internacional del cine cubano.[334] Ernesto Daranas, con Conducta (2014), abordó las contradicciones del sistema educativo cubano en un registro de realismo social que obtuvo una amplia recepción nacional e internacional.
La demanda de un marco legal propio —una Ley de Cine que reconociese la producción independiente— ha sido un eje de tensión entre los cineastas cubanos y la administración cultural desde mediados de los años 2000, sin que dicha ley haya sido promulgada.[335] La emigración ha privado al cine insular de un número significativo de realizadores: el exilio ha vuelto a ser, como en la generación de Nicolás Guillén Landrián, la trayectoria de muchos artistas que no encontraron condiciones para desarrollar su obra en Cuba.
Símbolos
[editar]Los tres símbolos nacionales de Cuba —la bandera, el escudo y el himno— quedaron consagrados a partir de la Constitución de Guáimaro de 1869 y han sido reconocidos en todas las constituciones cubanas posteriores, incluida la vigente. Sus especificaciones técnicas fueron establecidas mediante decreto del primer presidente de la República, Tomás Estrada Palma, el 21 de abril de 1906, y permanecen sin modificación desde entonces. La Ley 128 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, de 13 de julio de 2019, define sus atributos, regula su uso y conservación, y los reconoce formalmente como símbolos de la nación.[336]
Bandera
[editar]La bandera de Cuba está compuesta por cinco franjas horizontales alternadas —tres azules y dos blancas— y un triángulo equilátero rojo en el asta, en cuyo centro figura una estrella blanca de cinco puntas denominada «estrella solitaria». Fue diseñada en 1849 en Nueva York por el poeta y patriota Miguel Teurbe Tolón a instancias del general de origen venezolano Narciso López, confeccionada a mano por Emilia Teurbe Tolón, esposa del diseñador, y enarbolada en suelo cubano por primera vez el 19 de mayo de 1850, durante la expedición de López a Cárdenas, ciudad que por este motivo recibe también el apelativo de «Ciudad Bandera».[337]

Adoptada formalmente por la Asamblea Constituyente de Guáimaro el 11 de abril de 1869 y declarada bandera de la República independiente en 1902, su simbología oficial queda establecida en los artículos 5 y 6 de la Ley 128/2019: las franjas azules revelan las aspiraciones de los patriotas y representan la división administrativa colonial de la isla en tres departamentos (Occidente, Centro y Oriente); las franjas blancas indican la pureza de los ideales; el triángulo equilátero representa los valores históricos de libertad, igualdad y fraternidad, y su color rojo alude a la sangre derramada en la lucha; la estrella solitaria simboliza la república libre, independiente y soberana, así como la unidad de los cubanos.[338] El diseño estuvo influido por la bandera de Estados Unidos, reflejo de las aspiraciones anexionistas que López abrigaba en ese momento; la propia bandera fue descrita contemporáneamente como símbolo de la futura incorporación de Cuba a la Unión.[339] No obstante, la simbología oficial vigente de la estrella solitaria, según la Ley 128/2019, remite exclusivamente a la independencia y soberanía de la república cubana.
Escudo
[editar]El escudo de Cuba, conocido también como «Escudo de la Palma Real», fue creado igualmente en 1849 por Miguel Teurbe Tolón a petición de Narciso López, quien lo empleó para sellar los despachos y bonos que emitió como jefe del gobierno provisional de Cuba entre 1850 y 1851.[340] Adoptado en la Asamblea de Guáimaro, el diseño vigente fue codificado por el decreto presidencial de 1906, en el que se eliminaron los elementos que en el original de 1849 hacían referencia al sistema político estadounidense: los rayos del sol eran trece, en alusión a las trece colonias norteamericanas, y ese mismo número de estrellas figuraba en el gorro frigio y en la orla de la palma real.

El escudo tiene la forma de una adarga ojival dividida en tres cuarteles. El cuartel superior muestra, sobre fondo azul marino, una llave dorada colocada entre dos porciones terrestres que representan el Cabo Sable de Florida y el Cabo Catoche de Yucatán, con un sol naciente al fondo: imagen que sintetiza la posición estratégica de Cuba denominada desde el siglo XVI «llave del Nuevo Mundo» o «llave del Golfo de México». El cuartel inferior izquierdo reproduce las franjas azules y blancas de la bandera, simbolizando los departamentos coloniales. El cuartel inferior derecho muestra un paisaje campestre presidido por una palma real (*Roystonea regia*), con dos montañas al fondo, imagen figurativa de la naturaleza cubana. El escudo está soportado por un haz de varas, flanqueado por ramas de laurel y encino, y rematado por un gorro frigio sobre una pica.[340]
Himno nacional
[editar]El Himno de Bayamo, también conocido como «La Bayamesa», fue compuesto en 1867 por el patriota y poeta Pedro Figueredo (Bayamo, 1818-1870). Los conspiradores Francisco Vicente Aguilera y Francisco Maceo Osorio le encomendaron la creación de un himno que fuese «la Marsellesa de los revolucionarios cubanos». La melodía, instrumentada por el maestro Manuel Muñoz Cedeño, fue interpretada sin letra por primera vez ante el público bayamés —incluidas las autoridades coloniales españolas— el 11 de junio de 1868 en la Iglesia Mayor de la ciudad. El himno con su texto completo fue cantado públicamente por primera vez el 20 de octubre de 1868, cuando las fuerzas insurgentes al mando de Carlos Manuel de Céspedes tomaron Bayamo, dando inicio a la Guerra de los Diez Años. La letra fue publicada en el número 4 del periódico El Cubano Libre el 27 de octubre de ese año.[341] Adoptado como himno nacional en 1902, fue confirmado expresamente por la Ley 42 de la Asamblea Nacional del Poder Popular, que establece que «su letra y melodía fueron compuestas por Pedro Figueredo Cisneros y cantado en su forma original por el pueblo cubano el 20 de octubre de 1868 al ser tomada la ciudad de Bayamo».[342]
Símbolos naturales
[editar]Junto a los tres símbolos nacionales oficiales, Cuba reconoce convencionalmente tres atributos de la naturaleza nacional, sin que estos gocen de la misma jerarquía legal.[343]

El árbol nacional es la palma real (Roystonea regia), especie omnipresente en el paisaje cubano y representada en el escudo desde 1849; su tala quedó prohibida por decreto gubernamental en 1923 y se encuentra protegida desde 1999 bajo la Ley Forestal No. 85.[344]
La flor nacional es la mariposa blanca (Hedychium coronarium), originaria de Asia pero naturalizada en Cuba; fue elegida para representar al país en el Jardín de la Paz de La Plata (Argentina) el 13 de octubre de 1936, y está históricamente asociada a las mujeres patriotas que la usaban para transmitir mensajes entre los insurgentes durante las guerras de independencia del siglo XIX.[344]

El ave nacional es el tocororo o trogón cubano (Priotelus temnurus), endémico del archipiélago cubano; su plumaje azul, blanco y rojo reproduce los colores de la bandera nacional, y se le atribuye convencionalmente la incapacidad de sobrevivir en cautiverio. En 1982 la Resolución 81 del Ministerio de Agricultura prohibió su caza o captura.[345]
Véase también
[editar]Notas
[editar]- ↑ La mención más temprana de la lidia de toros en Cuba aparece en la Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas, donde se consigna una lidia de «un toro o toros» celebrada el día de Corpus Christi de 1514. La primera corrida de toros formal está generalmente datada en 1538, en Santiago de Cuba, con motivo de la llegada del gobernador Hernando de Soto. La obra de Las Casas no debe confundirse con la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo.
- ↑ Algunas fuentes, entre ellas la Encyclopaedia Judaica, identifican a Roloff como judío polaco; su adscripción religiosa es un punto debatido en la historiografía cubana y polaca.
- ↑ La Academia de San Carlos de Ciudad de México, fundada en 1781, es cronológicamente anterior; sin embargo, permaneció cerrada entre 1821 y 1824, lo que interrumpió su actividad docente. San Alejandro no ha experimentado ninguna interrupción análoga desde su fundación.
- ↑ La muestra, que reunió a once artistas jóvenes, se inauguró el 14 de enero de 1981 en el recién inaugurado Centro de Arte Internacional, en la calle San Rafael de La Habana. Participaron Flavio Garciandía, José Bedia, Tomás Sánchez, Juan Francisco Elso, Gustavo Pérez Monzón, Leandro Soto, Rubén Torres Llorca, Rogelio López Marín, Ricardo Rodríguez Brey, Israel León y José Manuel Fors.
- ↑ El colectivo fue fundado en 1991 por Marco Antonio Castillo Valdés, Dagoberto Rodríguez Sánchez y Alexandre Arrechea mientras cursaban estudios en el [[Instituto Superior de Arte]] de La Habana. En 1994 adoptaron el nombre «Los Carpinteros» y renunciaron formalmente a la autoría individual en favor de un modelo de producción colectiva de inspiración gremial. Arrechea abandonó el grupo en 2003.
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