Reconquista
| «Reconquista» | ||||
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| Parte de historia de la península Ibérica | ||||
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Miniatura de las Cantigas de Santa María (siglo XIII | ||||
| Fecha | ¿722-1492? | |||
| Lugar | Península ibérica | |||
| Resultado | Eliminación de los reinos musulmanes peninsulares | |||
| Beligerantes | ||||
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Reconquista[nota 2] es el término acuñado en el siglo XIX para referirse tanto a la expansión de los reinos cristianos medievales de la península ibérica a costa de al-Ándalus como al período histórico que abarcaría de cerca de ocho siglos (en este último sentido es como está definido por el DRAE en la segunda acepción acordada por la Real Academia de la Lengua en 1936).[3][4] Según esta concepción de la Reconquista esta habría comenzado con la batalla de Covadonga (718 o 722), al tratarse de la primera victoria cristiana conocida tras la conquista musulmana de Hispania de 711 (un grupo liderado por Pelayo derrotó a una patrulla musulmana en ese lugar de la cordillera cantábrica y estableció el reino de Asturias) y habría terminado en 1492 con la conquista por los Reyes Católicos del Reino nazarí de Granada, el último estado musulmán de la península.[nota 3]
El concepto de «Reconquista» nacido en el siglo XIX se basó en la ideología «neogoticista» elaborada durante el reinado de Alfonso III de Asturias (866-910), y que tuvo un importante desarrollo posterior (sobre todo en Castilla, ausente, en cambio en los condados catalanes), según la cual los monarcas astur-leoneses eran descendientes de los reyes visigodos de Toledo y por lo tanto eran los dueños legítimos de los territorios que habían conformado su reino y que les habían sido arrebatados por los musulmanes por la fuerza de las armas.[5] A partir de la ideología «neogoticista» en el siglo XIX se construyó el concepto de «Reconquista» ligado al nacionalismo español[6] y sustentado, según Martín F. Ríos Soloma, sobre las siguientes premisas («premisas falsas que hoy en día no pueden sostenerse desde una perspectiva científica», según este historiador): «que a) España existía como nación antes del siglo VIII; b) que los habitantes de la península ibérica eran "españoles"; c) que estos fueron ilegítimamente invadidos por los musulmanes y que, d) en consecuencia tenían el derecho y la obligación de reconquistar su patria».[7]
En los últimos cincuenta años este concepto de «Reconquista», al estar estrechamente ligado, como ha señalado Martín F. Ríos Saloma, «a los mitos y discursos historiográficos del siglo XIX que tuvieron como objetivo crear una identidad particular para la nación española»,[4] ha sido objeto de un intenso debate historiográfico,[8] en el que se han definido, según David Porrinas, y también según Maribel Fierro,[9] tres posturas principales sobre la pertinencia de su uso historiográfico:[10] un primer grupo de historiadores que sostiene que a pesar de todo se puede seguir empleando el concepto de «Reconquista»; un segundo grupo que considera que se puede usar pero de forma restringida para definir y designar la ideología y el programa político creado por los reinos cristianos para legitimar sus conquistas a costa de al-Ándalus, y un tercer grupo que sostiene que la «Reconquista» es un «mito» elaborado en el siglo XIX (lo que hubo fue una conquista no una re-conquista), por lo que no se puede usar como categoría historiográfica.[11][12][13]
En lo que actualmente existe un amplio consenso entre los historiadores es en que, como ha señalado, Carlos de Ayala Martínez, «cristianos y musulmanes no estuvieron en permanente confrontación durante ochocientos años» y en que «los [enfrentamientos] que mantuvieron cristianos y musulmanes entre sí no fueron muchos más que los que emprendieron cristianos contra cristianos, musulmanes contra musulmanes o unos y otros coaligados frente a alianzas que incluían a sus propios correligionarios».[14] En este sentido Maribel Fierro ha destacado que «las complejas dinámicas territoriales, sociales y culturales que tuvieron lugar en la península ibérica durante la Edad Media» no pueden ser reducidas al «concepto ideológico de Reconquista, término que se impone en el siglo XIX».[15] También existe cierto consenso en distinguir la expansión de los reinos cristianos a costa de al-Ándalus, calificada como una guerra de conquista, de la justificación que dieron estos reinos a esas conquistas al presentarlas como una restituo ('restitución') de un territorio que había pertenecido a los monarcas visigodos, de los que sus soberanos afirmaban ser sus descendientes (neogoticismo).[14]
Historia del término «Reconquista»
[editar]En las fuentes medievales no aparece el término «reconquista» sino que este vocablo fue acuñado en el siglo XIX, lo que, según Martín F. Ríos Saloma, «no resulta extraño pues su génesis y desarrollo está vinculado a la forja del Estado-nación en el siglo XIX».[16] «Reconquista no es un concepto medieval sino moderno», ha subrayado Alejandro García Sanjuán.[17]
El primer autor en hablar de «reconquista»,[nota 4] vinculándolo además al concepto de patria, fue el canónigo valenciano José Ortiz y Sanz en su Compendio cronológico de la historia de España publicado en 1796:[19]
Estas y otras muchas gentes que por la misma causa se iban refugiando en las asperezas de Asturias, llegaron a dar aliento para ponerse en defensa del enemigo común por si ventura querían buscarlos aún en aquel ángulo de España. [...] La desesperación, la pena de ver la patria perdida y, sobre todo, la Religión y los favores del cielo, los animó a pensar no sólo en defenderse, sino también en reconquistar la patria [la cursiva es del autor] de mano del enemigo.
Quien dio carta de naturaleza al término «reconquista» (en principio en minúscula) fue el historiador liberal Modesto Lafuente quien en el prólogo de su monumental Historia General de España (1850-1867), «que permaneció como referencia historiográfica hasta la Segunda República»,[20] se refirió a «ese esfuerzo gigantesco al que damos el nombre de reconquista», que fue a la vez «cristiana y nacional» —«ya no había diferencia entre godos y romano-hispanos, y todos eran cristianos y españoles, porque la patria y la fe los habían congregado allí [en Covadonga]», escribió Lafuente—, y que definió como «el acrecimiento y ensanche que recibieron las fronteras cristianas en León y Castilla, en Navarra, Aragón y Cataluña». De esta forma, como ha señalado Ríos Saloma, Lafuente contribuyó «a convertir el vocablo reconquista en un concepto histórico e historiográfico con el cual nombrar tanto las dinámicas históricas de los siglos medievales en la península ibérica como el periodo de tiempo en el que estas estuvieron vigentes».[21]

Alejandro García Sanjuán ha destacado que Modesto Lafuente, tras considerar a la conquista musulmana como «acaso la mayor catástrofe que ha sufrido España», convirtió a la «Reconquista» «en el gran mito fundacional del origen de España, el de la nación forjada en la lucha secular contra el islam, una idea, en realidad anacrónica, que no existe en el período medieval, ya que no se corresponde con los diversos ideales de recuperación del territorio elaborados en esa época». Este «mito fundacional» de la nación española se ha mantenido hasta nuestros días, añade García Sanjuán,[22] una apreciación con la que coincide Martín F. Ríos Saloma.[23][nota 5]
Un hito fundamental en la construcción de la concepción tradicional de la «Reconquista», como forjadora de la «nación española», fue La España del Cid de Ramón Menéndez Pidal, obra publicada en 1929, en la que presenta a Rodrigo Díaz de Vivar como el «héroe más español», «excelente cristiano, campeador de la fe», que «combate por la idea nacional».[26] Siete años después de la publicación de La España del Cid, la Real Academia Española añadía en el Diccionario de la lengua española una segunda acepción al vocablo «reconquista» (precisando que en este caso debía escribirse con mayúscula inicial)[nota 6]: «Recuperación del territorio hispano invadido por los musulmanes en 711 d. C. que termina con la toma de Granada en 1492». Obsérvese que habla de «territorio hispano invadido», no conquistado.[3][27]
El concepto de «Reconquista» fue cuestionado por primera vez en 1948 por Américo Castro, entonces profesor de la Universidad de Princeton tras haberse visto obligado a abandonar España a causa de su apoyo a la República. En ese año la editorial Losada de Buenos Aires publicó España en su historia: cristianos, moros y judíos (reelaborada y reeditada más tarde con el título La realidad histórica de España), obra en la que Castro defendía la tesis de que el «ser de España» no se había forjado en la lucha medieval contra el Islam como sostenía la visión tradicional sino que era el resultado de la simbiosis de las culturas hispanocristiana e hispanomusulmana, sin olvidar la contribución de la cultura judía sefardí. Y para Castro no existía continuidad entre la España romana y visigoda con la surgida tras la conquista musulmana. Le respondió Claudio Sánchez Albornoz, otro exiliado republicano, profesor de la Universidad de Buenos Aires, con una reseña muy crítica publicada en 1953 en la revista Cuadernos de Historia de España (fundada y dirigida por él mismo) y con un libro editado tres años después también en Buenos Aires con el título España, un enigma histórico. En él Sánchez Albornoz defendía la tesis tradicional nacida en el siglo XIX de la continuidad entre la España romana y visigoda y la España cristiana medieval y que el «ser de España» se había forjado en la Edad Media en la lucha contra el Islam.[28][29] Así lo explicó en el prólogo de España, un enigma histórico:[30]
Otorgo función primordial en el acuñar de la personalidad comunal a la doble y perdurable tarea de la reconquista y la repoblación del solar nacional; incidió decisivamente en todos los aspectos espirituales, económicos, políticos, sociales, emocionales... del vivir hispánico. [...] Ningún pueblo europeo ha llevado a cabo una aventura tan dilatada y tan monocorde como la que implicó la reconquista y la repoblación del solar nacional, desde Covadonga (722) hasta Granada (1492). Ninguna ha vivido como nosotros cerca de ocho siglos con una frontera siempre abierta y en avance.
En 1965 los historiadores Abilio Barbero y Marcelo Vigil cuestionaron de nuevo el concepto de «Reconquista» en un artículo publicado en una revista académica con el título «Sobre los orígenes sociales de la Reconquista: cántabros y vascones desde fines del Imperio Romano hasta la invasión musulmana», al que siguió seis años después otro publicado en otra revista académica con el título «La organización social de los cántabros y sus transformaciones en relación con los orígenes de la Reconquista», y que fueron dados a conocer al público en general en 1974 al incluirlos, junto con un tercer artículo sobre la «feudalización del reino visigodo», en el libro de bolsillo Sobre los orígenes sociales de la Reconquista (a este libro le seguiría La formación del feudalismo en la Península Ibérica publicado en 1978).[31][32]
La tesis defendida por Barbero y Vigil (criticada inmediatamente por Sánchez Albornoz)[33] afirmaba que el reino de Asturias, el primer núcleo de resistencia frente a la «invasión musulmana», surgió en un territorio poco romanizado y cristianizado[nota 7] en el que cántabros y vascones ya llevaban tiempo defendiendo su independencia frente al Imperio Romano y frente al reino visigodo de Toledo, por lo que «el fenómeno histórico llamado Reconquista no obedeció en sus orígenes a motivos puramente políticos y religiosos, puesto que como tal fenómeno existía mucho antes de la llegada de los musulmanes. Debió su dinamismo a ser la continuación de un movimiento de expansión de pueblos que iban alcanzando formas de desarrollo económico y social superiores».[35] «Se trataría, por lo tanto, más de una conquista que de una "reconquista"».[36] Así pues, según Barbero y Vigil, el reino de Asturias no habría sido el continuador del reino visigodo de Toledo sino una entidad política totalmente nueva. El nexo con el reino visigodo habría sido una invención muy tardía elaborada durante el reinado de Alfonso III (c.852-910) y difundida por la Crónica albeldense y por la Crónica de Alfonso III (lo que la historiografía actual ha denominado neogoticismo).[nota 8] De esta forma se legitimaba la aspiración del reino de Asturias a dominar toda la península ibérica como ya lo había hecho su «antecesor» el reino visigodo de Toledo.[39]
Por otro lado Abilio Barbero y Marcelo Vigil señalaron que las posturas de Castro y de Sánchez Albornoz no eran tan diferentes ya que partían de «postulados idénticos: descubrir la esencia trascendente de lo español y convertirla en algo inalterable», lo que en ambos casos conducía «a un enmascaramiento de la realidad de la historia de España, que se convertiría en algo trascendente, unido a constantes metafísicas o raciales». Para Barbero y Vigil este era un «problema artificial que en lugar de plantear las condicionantes reales de la historia de España, lo que hace es convertirlos en una esencia, cuyo conocimiento queda más allá de toda investigación científica».[40]

Por esas mismas fechas de mediados de la década de 1970, se publicaron dos libros que seguían manteniendo la visión tradicional de la Reconquista. El primero fue la Historia económica y social de la España cristiana en la Edad Media de los hispanistas franceses Charles-Emmanuel Dufourcq y Jean Gautier-Dalché (publicada en francés en 1976) en el que afirmaban lo siguiente:[41]:
Entre los siglos VIII y XV, la historia de la Península Ibérica es en gran parte la historia de la lucha contra los musulmanes a cargo de estos núcleos preislámicos que no habían sido sometidos o que habían escapado pronto a su dominio: núcleos que se consolidaron poco a poco como Estados, recibiendo cada uno un nombre particular. Por el contrario, sus habitantes llamaron Spania a toda la zona —cualquiera que fuese su variable extensión— que el islam dominaba; los árabes, por su parte, la designaban con el nombre de Al-Andalus. La lucha entre ambas partes de la Península —es decir, la cristiana, fragmentada, y la musulmana, tan pronto unida como desmenuzada en diversos reinos— se convirtió en la reconquista: se entiende, reconquista de la parte musulmana por los cristianos.
El segundo fue La Reconquista del hispanista británico Derek W. Lomax (publicado en inglés en 1978) en el que tras afirmar que la Reconquista en España «tuvo un efecto decisivo sobre el carácter nacional, como bien lo ha manifestado la naturaleza religiosa, popular e intransigente de conflictos bélicos españoles más recientes», sostenía lo siguiente:[42]
La Reconquista es un marco conceptual útil a los historiadores, pero no artificial como la Edad Media. Fue un ideal alumbrado por los cristianos hispánicos poco después de 711 y su consumación positiva [en 1492] lo ha conservado desde entonces como una tradición historiográfica, si bien hubo de convertirse asimismo en motivo de nostalgia y en cliché retórico de escritores tradicionalistas y comunistas. [...] La Reconquista sí existió, en el sentido ya definido [el lento traspaso del poder político de manos musulmanas a manos cristianas]; y los cristianos que la protagonizaron creían que estaban rescatando a España para el dominio político cristiano. [...] Lo excepcional de la Reconquista fue su duración, el que un solo objetivo político pudiera sobrevivir a lo largo de siete siglos y que se ganase continuamente la lealtad de nuevas generaciones de adeptos hasta que finalmente se coronó con la victoria.
Usos políticos del concepto de «Reconquista»
[editar]- Siglo XIX y primer tercio del siglo XX

En el siglo XIX el concepto de «Reconquista», que precisamente nace en ese momento, fue utilizado como un elemento clave para definir la identidad nacional española. En 1850, durante el reinado de Isabel II, se inauguró el nuevo edificio del Palacio de las Cortes de Madrid, cuyo salón de sesiones fue presidido por sendas esculturas de los Reyes Católicos («probablemente la más explícita manifestación visual de la función de la narrativa esencialista de la Reconquista en la legitimación de la soberanía nacional», según Alejandro García Sanjuán) y en el medallón central de la bóveda se pintó la denominada Apoteosis de los españoles célebres en el que la reina Isabel II aparece junto a diversas figuras históricas, una de ellas el Cid Campeador.[43] En esa década de 1850 comienza precisamente la eclosión de la pintura histórica uno de cuyos primeros ejemplos es el cuadro Pelayo en Covadonga de Luis Madrazo, que ganó el primer premio de la Exposición Nacional organizada en 1856 por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.[44]
La «Reconquista», aún sin emplear todavía el término, fue utilizada como un instrumento de legitimación y de propaganda de la «Guerra de África» emprendida por el gobierno de Leopoldo O'Donnell entre 1859 y 1860. El diario La Discusión proclamó que «hoy más que nunca somos los herederos de los vencedores de Las Navas y Lepanto» y El Reino publicó lo siguiente (nótese el uso de la primera persona del plural):[45]
Los que luchamos durante ocho siglos, sirviendo de valladar a la Europa contra la invasora prepotencia del mahometismo africano; los que en Granada y Lepanto salvamos por dos veces a la cristiandad de los furores del islamismo, y lanzamos al otro lado del Mediterráneo a los hijos del profeta, podemos y debemos hoy con aplauso de todos los pueblos, y aceptando el reto a que se nos provoca, reanudar el hilo de la maravillosa epopeya cristiana y regeneradora que por tantos siglos atrajo la admiración de las gentes. Tengamos el firme propósito de ser hoy lo que entonces fuimos y lo seremos.


Durante la Restauración la «Reconquista» fue utilizada para legitimar a la monarquía y reafirmar la catolicidad de la «nación española». En 1876, solo un año después de la entronización de Alfonso XII, se transformó a Covadonga en un «santuario nacional», y al año siguiente el propio Alfonso XII inauguraba las obras de la basílica de Santa María la Real de Covadonga que sustituyó a la iglesia situada dentro de la Santa Cueva que había sido seriamente dañada por un incendio en 1777 (en 1858 ya había visitado Covadonga su madre la reina Isabel II). La nueva basílica sería inaugurada veinticinco años después, en septiembre de 1901, y en 1918 se celebró allí la conmemoración oficial del duodécimo centenario de la batalla de Covadonga, que según el relato tradicional había dado inicio a la «Reconquista». En un decreto firmado por Alfonso XIII se decía que la conmemoración «suscita en los corazones españoles, con noble y vivo afecto, la afirmación patriótica». El propio rey se desplazó a Covadonga el 8 de septiembre para asistir a la coronación canónica de la Virgen de Covadonga.[46]
Durante la Restauración proliferaron las estatuas monumentales dedicadas a los personajes más destacados de la «Reconquista». En 1891 se inauguraba en Gijón la estatua de Don Pelayo (cuyo podio presenta varias inscripciones en que se le exalta como «padre de la patria») y en Valencia la estatua ecuestre del rey Jaime I (con la inscripción "Entró vencedor en Valencia, liberándola del yugo musulmán, el día de San Dionisio, IX octubre de MCCXXXVIII"). Al año siguiente se inauguró la de Alfonso X el Sabio en Madrid, a la que siguieron la de Jaime I en Mallorca (iniciada en 1913, pero que no se inauguró hasta 1927), la de Alfonso I el Batallador en Zaragoza (iniciada en 1919) y la de Fernando III el Santo en Sevilla (iniciada en 1877 pero que no se terminó hasta 1924).[47]
- Dictadura franquista

Durante la dictadura franquista el uso político de la «Reconquista» alcanzó sus máximas cotas, convertida en una «herramienta de exaltación personal del líder y del régimen político que encabezó». Durante la guerra civil fue utilizada para justificar y legitimar la causa del bando sublevado y para exaltar a su «Caudillo», el Generalísimo Franco. En diciembre de 1936 el diario ABC de Sevilla publicó que Franco era el «caudillo de esta nueva Reconquista», «que será hecho consumado bajo el signo de aquella otra que sellaron con sus armas Fernando e Isabel, reales pilares de la unidad Nacional».[48] En 1938 Juan Fernández Espinosa publicaba El caudillo de la nueva reconquista de España en referencia a Franco y al año siguiente Enrique Esperabé La guerra de reconquista española que ha salvado a Europa del comunismo.[49]
La «Reconquista» no solo fue utilizada por el bando sublevado como arma propagandística, como cuando las tropas franquistas entraron en Covadonga el 1 de octubre de 1937 («el grito patriótico lanzado en Canarias por Franco» se proyecta «nada menos que hasta Covadonga, la cuna histórica del santo grito de rebelión nacional», se dijo en un manifiesto de FET y de las JONS), sino que pronto alcanzó rango institucional, como cuando en julio de 1937 se reinstaura el culto al apóstol Santiago, proclamado como «patrón de España», o como cuando en febrero de 1938 un decreto añade el Águila de San Juan, emblema de los Reyes Católicos, al escudo del Nuevo Estado (en el decreto se aludía al reinado de los Reyes Católicos como «la consumación de la reconquista»).[50]
Después de la guerra civil se mantuvo la retórica de la «Reconquista», que presentaba a Franco como un nuevo caudillo que, como Don Pelayo, había salvado a España de sus enemigos. Así, por ejemplo, el diario ABC publicó en su portada el 1 de abril de 1949, décimo aniversario del final de la guerra civil, la siguiente exaltación de la «victoria de Franco»:[51]
Sin el General Franco, España, asediada por el marxismo del puño cerrado, acaso no hubiera podido nunca volver a ser aquella nación libre que empezó a resurgir, hace doce siglos, en la Reconquista. Fue, en efecto, otra Reconquista, arrancada a fuerza de heroísmo, al enemigo exterior.
También se difundió la retórica de la «Reconquista», que incluía la mitificación del Cid Campeador, por medio de los manuales escolares, como El Parvulito que data de 1955 y que fue reimpreso hasta los años finales del franquismo.[52] Esto es lo que decía el capítulo titulado «Los árabes. El Cid»:[53]
Hace mucho tiempo entraron en España unas gentes que no eran cristianas. Se llamaban árabes y se apoderaron de casi todo nuestro suelo.
Los cristianos españoles lucharon ochocientos años contra ellos y por fin los echaron de nuestra Patria.
Entre los guerreros cristianos sobresalió uno que se llamaba el Cid.
Este famoso guerrero venció a los árabes en muchas batallas y la ciudad de Valencia.
El Cid es considerado como modelo de caballeros porque era muy bueno y porque todo lo hacía bien.
- Etapa democrática

Mientras que el «mito nacionalcatólico de la Reconquista», como lo ha denominado Alejandro García Sanjuán, es cuestionado desde la izquierda y los nacionalismos subestatales, la derecha posfranquista lo sostiene y también el nuevo monarca Juan Carlos I, designado por Franco en 1969. En el acto de homenaje al heredero al trono, el príncipe de Asturias Felipe de Borbón, celebrado en Covadonga el 1 de noviembre de 1977, Juan Carlos I hizo una declaración llena de referencias a Asturias como origen de España, cuyo «corazón inmenso... tiene en este lugar en que nos encontramos su latido más íntimo y universal», y a la Cruz de la Victoria como expresión de la voluntad de los españoles de «seguir con orgullo su camino, con el mismo orgullo con que un día iniciaron aquí, en estas montañas, su identidad nacional».[51]
Tras la caída del muro de Berlín en 1989 y los atentados del 11-S de 2001 el islam tomó el relevo del comunismo como principal antagonista de Occidente, lo que proporcionó un nuevo impulso y una dimensión global a la «Reconquista» en el marco de la retórica del «choque de civilizaciones». En septiembre de 2004 en una intervención en la Universidad de Georgetown el expresidente del Gobierno español y del Partido Popular José María Aznar explicó los atentados del 11-M de ese mismo año en Madrid como una venganza de al-Qaeda por la «Reconquista», «cuando España rechazó ser un trozo más del mundo islámico» (quince años antes Aznar había elegido posar como el Cid Campeador en un reportaje fotográfico organizado por el diario El País).[54][55]

Sin embargo, ha sido Vox (surgido en 2013 de una escisión del Partido Popular encabezada por Santiago Abascal) el partido político que ha convertido a la retórica de la «Reconquista» en un elemento esencial de su propaganda y en una de sus señas de identidad (lo que también ha arrastrado a algunos dirigentes del Partido Popular como Esperanza Aguirre quien en 2017 escribió en un tuit: «Hoy hace 525 años de la toma de Granada. Es un día [de] gloria para las españolas. Con el Islam no tendríamos libertad»). No es casualidad que Vox decidiera arrancar la campaña electoral de las elecciones generales de España de 2015, las primeras a las que se presentaba (y en las que no obtuvo ningún escaño), en Covadonga, «el corazón de nuestra nación, de nuestra cultura, de nuestras costumbres y valores», según dijo en su discurso Santiago Abascal.[54] O que en abril de 2019 lanzara una «cruzada» contra «separatistas» y «progres», con lo que, según el historiador Martín F. Ríos Saloma, «no hacía sino recuperar el discurso franquista».[56]
La novedad de Vox es que utiliza la «Reconquista» para alimentar y legitimar la islamofobia que constituye una de sus principales señas de identidad. En 2019 Abascal declaró en Roma en un acto de Fratelli d'Italia, partido islamófobo también, que «España tiene una ventaja: que fue vacunada contra la inmigración islámica durante ocho siglos de ocupación y ocho siglos de reconquista». Según Alejandro García Sanjuán, Vox se ha propuesto «elevar la narración de la Reconquista a la condición de relato "oficial" de la historia de España» y a ello responden diversas iniciativas como la proposición no de ley presentada en 2022 en el Congreso de los Diputados para «la promoción y defensa de la conmemoración anual de la Toma de Granada» en 1492, que incluye la declaración del 2 de enero, día de la entrada de los Reyes Católicos en la ciudad, como fiesta nacional y en cuya exposición de motivos recupera el relato tradicional de la «Reconquista».[57]
Debate historiográfico sobre la pertinencia del uso del término «Reconquista»
[editar]Recientemente (2024) David Porrinas ha hecho un balance del debate historiográfico de los últimos cincuenta años sobre la conveniencia o no del empleo del término «Reconquista». Ha constatado la existencia de tres «corrientes de opinión»: «Aquellos que defienden que se puede y se debe seguir hablando de Reconquista, y que esto no implica problema alguno; aquellos que consideran que puede seguir empleándose, pero de una manera restrictiva, constreñida a aspectos muy concretos; y, finalmente, aquellos otros que consideran que el concepto de Reconquista debería erradicarse del vocabulario de los historiadores y la sociedad, y en caso de mantener su uso, tener muy claro que se trata de un invento contemporáneo y no medieval».[10]
Historiadores que sostienen que el uso del término «Reconquista» sigue siendo válido
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En 1998 Miguel Ángel Ladero Quesada afirmó en Lecturas sobre la España histórica lo siguiente:[58]
Actualmente, muchos consideran espurio el término Reconquista para describir la realidad histórica de aquellos siglos, y prefieren hablar simplemente de conquista y sustitución de una sociedad y una cultura, la andalusí, por otra, la cristiano-occidental; pero aunque esto fue así, también lo es que el concepto de Reconquista nació en los siglos medievales y pertenece a su realidad en cuanto que sirvió para justificar ideológicamente muchos aspectos de aquel proceso.
Tesis que reiteró en 2014 al afirmar que, aunque la palabra «Reconquista» comenzó a usarse a comienzos del siglo XIX, ya existía una ideología afín a este concepto empleada por las monarquías de los reinos medievales cristianos en su avance peninsular:[59]
Aunque la palabra «reconquista» es un neologismo, difundido en los primeros decenios del siglo XIX, el concepto ha sido un núcleo principal de interpretación de la historia española, desde el siglo XII, e incluso antes, hasta tiempos recientes. (...) el concepto de recuperación/restauración fue el motor ideológico y el elemento de propaganda más importante de los utilizados por los dirigentes de los reinos de España en los siglos medievales, y, segundo, que, evidentemente, las guerras de conquista, los procesos de colonización y la condición de tierras de frontera marcaron durante siglos la realidad de aquellos reinos.
El arabista Serafín Fanjul, en sus libros Al-Andalus contra España (2000) y La quimera de Al-Andalus (2004) usó el término reconquista, entendiéndolo como la «recuperación» por parte de las comunidades cristianas del territorio «invadido» por los musulmanes. En Al-Andalus contra España, Fanjul afirma: «Pero será en el reinado de Alfonso III (866-911) y al socaire de la incipiente reconquista, cuando la Crónica profética anuncie ya la vuelta del reino de los godos y la recuperación de todo el suelo de España bajo la égida del mismo rey».[60]
El medievalista Eloy Benito Ruano consideró en 2002 que no son argumentos válidos para negar la existencia de la «Reconquista» la larga duración del proceso, ya que otros fenómenos de la historia han sido igual de largos, ni la supuesta ausencia de una ideología reivindicadora en la élite, ya que estuvo presente por escrito a partir de la Crónica albeldense (año 833), ni la falta de continuidad en el proceso, ya que el espíritu de confrontación, en su opinión, siempre estuvo presente. Ruano cita a la historiadora francobelga Adeline Rucquoi: «La Reconquista es una realidad y tiene su historia».[61]
También en 2002 Manuel González señaló que «la Reconquista en manos de unos y de otros se ha convertido en un tópico retóricamente exaltado y objeto de culto o en uno de esos conceptos que había que extirpar y combatir. Creo que ambas posturas son igualmente erróneas, porque ambas adolecen del mismo defecto: el de reducir la enorme complejidad del hecho histórico de la Reconquista a una sola de sus múltiples facetas». Y concluye: «La idea de reconquista, a despecho de modernas teorías y hasta el descrédito que en determinados círculos académicos e intelectuales haya podido tener o tenga, sigue en pie».[62]
En 2006 Julio Valdeón Baruque, medievalista y catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Valladolid, definió la Reconquista en su obra El concepto de España (2006) como «recuperación»:[25]
El término «Reconquista», como es sabido, se refiere a la actividad militar desarrollada por los combatientes cristianos a lo largo de los diversos siglos de la Edad Media, con la finalidad de recuperar todos aquellos territorios que cayeron, durante las primeras décadas del siglo VIII, en poder de los invasores musulmanes procedentes de las tierras occidentales del norte de África. De hecho, con la excepción de los territorios situados al otro lado de la Cordillera Cantábrica y de los montes Pirineos, el resto de la península Ibérica, así como las tierras adyacentes (islas Baleares), habían sido ocupadas con una gran facilidad por los ejércitos islamitas. De todos modos, el término «Reconquista», que quiere decir recuperación, y no descubrimos con ello ningún secreto, solo es aplicable al ámbito de la España cristiana y no tiene ninguna relación con lo sucedido en aquellos tiempos en los territorios de al-Andalus.
En 2014 los medievalistas García de Cortázar y Sesma Muñoz, en su trabajo Manual de Historia Medieval, señalaron: «Entendido como un proceso de colonización, la Reconquista fue resultado de una combinación de estímulos demográficos, económicos, ideológicos, políticos y militares, y se desarrolló entre comienzos del siglo XI y finales del XIII».[63][nota 9]
En 2024 Armando Besga Marroquín ha defendido el uso del término Reconquista sin ningún tipo de restricción (sin comillas y sin cursiva), como ya había hecho en 2008 Stanley G. Payne —«el hispanista vivo más importante», según Besga Marroquín— del que cita el siguiente pasaje de su libro España. Una historia única: «La Reconquista fue una hazaña tan grande y singular que solo por esta razón la historia de España es totalmente diferente a las demás». Según Besga Marroquín «la cuestión de la Reconquista tiene una solución sencilla: si existía España en 711, hay reconquista; en caso contrario, no» y, claro está, él sostiene que España ya existía en 711, ya que «nació» con la «conquista romana» y «durante la época visigoda, España siguió existiendo» y «por eso hay reconquista». Y añade: «A mi entender, el objetivo que hay tras la negación de la reconquista es la negación de España».[66]
Historiadores que sostienen que el término «Reconquista» puede seguir usándose, aunque de forma restringida
[editar]En el debate organizado en 2018 por la revista Al-Ándalus y la historia sobre el empleo del término «Reconquista» Carlos de Ayala Martínez, de la Universidad Complutense de Madrid, reconoció las limitaciones que plantea su uso, pero defendió su validez entendido, no como un hecho histórico, sino como la ideología que crearon los reinos cristianos del norte para legitimar sus conquistas sobre el territorio andalusí. Argumentaba lo siguiente:[67]
El término “reconquista”, muy tardío —no aparece antes de finales del siglo XVIII—, acabará imponiéndose y popularizándose en un contexto, el de la segunda mitad del siglo XIX, en que los intelectuales más conservadores de la restauración borbónica quisieron diferenciar entre lo que consideraban proceso forjador de la identidad nacional —“reconquista”— y realidad legitimadora de su propio tiempo político, el de la “restauración”. Un siglo después la dictadura del general Franco, en la búsqueda de un espíritu nacional fraguado en la militarización de esencias cristianas, reactivó la idea de “reconquista” convirtiéndola en el hilo conductor de toda una trama generadora de sentimientos patrióticos: un pasado común para el conjunto de los españoles que habrían sabido construir, frente a los musulmanes invasores, una identidad europea genuinamente diferenciada y netamente cristiana. Ya no se trataba de una ideología legitimadora confeccionada desde el poder, sino una heroica realidad que durante 800 años forjó en el combate la esencia misma de la nación española. Es obvio que estamos ante una grosera manipulación contra la que, desde finales de los años setenta del pasado siglo, una renovada historiografía española reaccionó poniendo en cuestión, de manera más que comprensible, el propio término.
Hoy día, sin embargo, depurada de las interesadas ideologizaciones de que ha sido objeto desde el siglo XIX, la palabra “reconquista” puede resultar perfectamente adecuada para designar la ideología que en muy diversos momentos de la Edad Media peninsular sirvió a los monarcas hispánicos para legitimar un poder que supo hacer del caudillismo militar y expansivo la base de su propia justificación.
En 2024 Carlos de Ayala Martínez ha reiterado esta tesis:[68]
Por supuesto que en la Edad Media no se utilizó la palabra reconquista. No estaba presente en el vocabulario del momento y sabemos que surge y se populariza modernamente en un contexto ideológico muy determinado. Pero lo cierto es que, aunque la palabra no existiera, la idea que expresa sí era una realidad legitimadora para las acciones bélicas de conquista. [...] Los reyes y sus cronistas nunca hablaron de ella —ocasionalmente sí se utiliza el verbo "reconquistar"—, pero sí dejaron que lo que justificaba su ofensiva contra los musulmanes era recuperar una tierra que estos les habían arrebatado de forma injusta, lo cual no quería decir otra cosa sino que era lícito reconquistarla.
Por su parte Martín F. Ríos Saloma ha señalado, también en 2024, que el término «Reconquista» es una «invención historiográfica resultado del nacionalismo decimonónico», pero que «ello no significa que no existiera en las monarquías hispanocristianas la conciencia de una pérdida y la voluntad de recuperar el territorio con el fin de restaurar la soberanía cristiana sobre la totalidad de la vieja Hispania, expulsando al mismo tiempo —o al menos, sujetando al dominio cristiano— a los musulmanes por considerar que su presencia era ilegítima y tiránica».[7] Según Ríos Saloma,[69]
no se puede dudar de que en los reinos hispanocristianos existió un programa político y militar tendente a expandir las fronteras territoriales ganando territorios a los musulmanes. Dicho programa se apoyó en una ideología desarrollada en el reino de Asturias durante los siglos VIII y IX conocida como neogoticismo, según la cual sus monarcas eran descendientes de los reyes visigodos, por lo que las campañas militares en contra de los enclaves musulmanes tenían como objetivo no tanto —o no solo— "recuperar" un territorio perdido, sino ante todo restaurar el viejo orden político visigodo, así como la soberanía cristiana sobre la totalidad de la península ibérica. Esta ideología se concretó en las Crónicas asturianas compuestas en el siglo IX durante el reinado de Alfonso III, de quien se dice que "Omnem gotorum ordinem sicuti Toletum fuerat, tam in ecclesia quam palatio, in Obeto cuncta stauit" ('estableció en Oviedo todo el orden visigodo tanto en la iglesia como en el palacio como si fuera Toledo'). Tal fuerza y funcionalidad tuvo este programa, que se convirtió en uno de los principales elementos que legitimaron el poder de los reyes de León y Castilla a lo largo de la Edad Media».
Historiadores que consideran que el término «Reconquista» debe ser descartado definitivamente
[editar]En 2006 Josep Torró, de la Universidad de Valencia, rechazó el uso de la pareja de términos «reconquista»/«repoblación» por considerarlos que tenían un contenido «ideológico», el de «la pretendida recuperación de Hispania y la restauración de un ente nacional preexistente». Sobre el segundo término se preguntaba: «¿Por qué se utiliza "repoblación" cuando se habla de la inmigración hispánica a las zonas conquistadas a al-Andalus y no, pongamos por caso, con referencia a Canarias o América?». En su lugar propuso, siguiendo las tesis del medievalista británico Robert Bartlett, utilizar los términos «conquista» y «colonización», únicos adecuados para el «análisis integral de las colonizaciones feudales europeas, desde la que tiene que ser considerada la de al-Andalus».[70]
En 2010 Eduardo Manzano Moreno defendió que el vocablo «reconquista» presupone equivocadamente la continuidad entre los reinos y condados cristianos del norte y la Monarquía visigoda anterior a la conquista musulmana de la península ibérica, con lo que al-Ándalus habría sido simplemente un paréntesis histórico en la evolución peninsular. Este historiador también cuestiona el uso del término «repoblación» pues añade la noción de que al-Ándalus «fue convenientemente borrado de manera súbita y radical después de la ocupación cristiana». Así, Manzano Moreno propone abandonar el binomio «reconquista»/«repoblación» para referirse a la expansión cristiana, lo que «no implica ―matiza― que la ocupación de enclaves y territorios no alterara sustancialmente situaciones previas, ni que hubiera importantes abandonos de ciertos enclaves, ni que, en fin, se impusieran formas de encuadramiento nuevas que acabaron configurando los caracteres presentes en las sociedades bajomedievales. Hubo, pues, ciertas continuidades, pero también cambios dramáticos, y estos últimos no hicieron más que incrementarse con el paso del tiempo hasta llegar a hacer irreconocible la antigua sociedad andalusí».[71] Por otro lado, Manzano Moreno ha remarcado que el componente religioso de la conquista se fue atenuando considerablemente. Cita a don Juan Manuel que en pleno siglo XIV decía que «hay guerra entre los cristianos y los moros y la habrá hasta que hayan tomado los cristianos las tierras que los moros tienen capturadas», pero negaba que el conflicto tuviera un trasfondo religioso ya que «ni por la ley, ni por la secta que tienen [los moros] habría guerra entre ambos».[72]
En un debate organizado en 2018 por la revista Al-Ándalus y la historia sobre el empleo del término «Reconquista» Alejandro García Sanjuán, de la Universidad de Huelva, rechazó el uso del vocablo debido a su carga ideológica «nacional-católica» que imposibilita su aplicación a la realidad medieval peninsular. «En el mejor de los casos, la Reconquista es un concepto simplificador y tendencioso, que se remite en exclusiva a la perspectiva cristiana del proceso histórico medieval peninsular, ignorando la musulmana, mientras que, en el peor, constituye la máxima expresión del mito nacionalcatólico del origen de España, lastrado por una pesada carga ideológica fuertemente tóxica que sigue alimentando en la actualidad discursos sectarios y xenófobos. Debido a ambas razones, parece razonable plantear la necesidad de prescindir, de forma definitiva, de la noción de Reconquista», argumentó García Sanjuán.[73] En 2024 García Sanjuán reiteró su oposición al uso del término «Reconquista» ya que «desde su origen se configura como un concepto nacionalista, esencialista, etnocéntrico, colonialista y mitificador». «Su función esencial ha consistido en dotar de sentido histórico al proceso de construcción de la identidad nacional española, posibilitando la utilización en el pasado del "nosotros", seña identificativa de toda narrativa esencialista», subrayó.[74]
En 2026 García Sanjuán, tras volver a sostener su tesis contraria al uso del término «Reconquista», ha criticado la posición del segundo grupo de historiadores que defienden que se puede seguir usando el concepto pero con un sentido restringido (entendida como justificación y legitimación de las conquistas cristianas). «Dada la completa ausencia de impulso nacional español en esas reivindicaciones territoriales [medievales], resulta erróneo asociar los proyectos medievales de recuperación con el concepto de Reconquista, que surgirá en la modernidad para designar una lucha de liberación nacional frente a los musulmanes de ocho siglos de duración, entelequia surgida de la necesidad de dotar al relato de los orígenes de la nación española de la mística heroica asociada a la práctica de la guerra», ha argumentado.[75]
Por su parte Javier Albarrán Iruela ha recurrido a la historia comparada para entender desde las fuentes tanto cristianas como islámicas la idea de «Reconquista». Por un lado, muestra cómo desde los discursos militares cristianos (recogidos por fuentes islámicas, asociados a los reinados de Fernando I y Alfonso VI principalmente) hubo desde el desmembramiento del Califato Omeya de Córdoba y el fin de la fitna con el desmembramiento de al-Ándalus en taifas, una idea providencialista legitimadora que los vincula con una época visigoda cristiana. Esta fue perdida por el vicio y perversión de los últimos reyes godos, que han sido por ello castigados por Dios con la llegada de los musulmanes. Por otro lado, esta misma fórmula ideológica se presenta en al-Ándalus, sobre todo cuando principalmente el rey de la taifa de Sevilla, al-Mu'tamid b. Abbad pide ayuda a los almorávides, los cuales llegaron con la misión de terminar lo que las taifas no pudieron, incluyendo en su programa ideológico la yihad como guerra santa y defensa de la fe. Las fuentes recogidas por Ibn Simak (s. XIV, pero atribuidas a época almorávide), Al-Gazali y al-Turtusi, ambas escritas a finales del siglo XI, ofrecen la misma visión providencialista en la que los reyes que han permitido la expansión de la infidelidad y el pecado han perdido su tierra, y los almorávides son los únicos que pueden recuperar el territorio que les pertenecía.[76]
En diciembre de 2019 la revista de divulgación Historia y Vida publicó un artículo con el título «La Reconquista que no existió» en el que recogía la opinión de varios historiadores que en su mayoría se mostraron contrarios al uso del término «Reconquista» porque lo consideraban más fruto de la ideología que de la realidad. Sostenían que lo que se dio en aquel periodo fue un proceso de expansión o de conquista de un territorio en manos de los musulmanes, no una re-conquista.[77]
Al año siguiente, 2020, el diario El País publicó una entrevista con el hispanista británico Henry Kamen con el siguiente titular: «Henry Kamen: “No hubo Reconquista. Ninguna campaña militar dura ocho siglos"». Argumentó además que el vocablo no aparece hasta 1796 cuando lo empiezan a usar los conservadores «para subrayar la supuesta gloria de España, usando un concepto equivocado para servir a una ideología».[78] El argumento de que «ninguna campaña militar dura ocho siglos» ya fue empleado por José Ortega y Gasset en su España invertebrada (1922): «Un soplo de aire africano los barre [a los visigodos] de la Península (...) Se me dirá que, a pesar de esto, supimos dar cima a nuestros gloriosos ocho siglos de Reconquista. Y a ello respondo ingenuamente que yo no entiendo cómo se puede llamar reconquista a una cosa que dura ocho siglos».[79]
Hechos
[editar]Durante los siglos VIII, IX y X los reinos y condados cristianos que se formaron en el norte de la península ibérica —Al-Ándalus, para los musulmanes— se limitaron a resistir la pujanza de los emires y califas cordobeses. El inicio del cambio en la correlación de fuerzas se produjo en la segunda mitad del siglo XI, como consecuencia de la fragmentación del califato de Córdoba en una veintena de reinos de taifas tras la llamada fitna de Al-Ándalus (1009-1031). Así lo constataron los cronistas árabes de los siglos XII y XIII. «No dejaron de seguir así [divididos en reinos de taifas] y la situación de al-Andalus de debilitarse y sus fronteras de perturbarse y sus vecinos los cristianos de crecer en sus apetitos y de fortalecerse en sus preparativos», escribió el magrebí Abd al-Wahid al-Marrakushi (muerto en 1262). «Entonces el enemigo se manifestó en frecuentes apariciones, sobre todo en las fronteras y en las marcas», relató el tunecino, probablemente de origen andalusí, Ibn al-Kardabūs.[80]
El punto de inflexión que rompió definitivamente el relativo equilibrio que habían mantenido hasta entonces en el terreno miliar los cristianos y los musulmanes en la península lo constituyó la batalla de las Navas de Tolosa (1212) en la que los almohades, que habían incorporado al-Andalus a su imperio norteafricano, fueron derrotados por una coalición de los reinos cristianos.[81] Así lo reconocieron los cronistas árabes, como Ibn Abi Zar quien afirmó que «desde esta derrota» «comenzó a decaer el poder de los musulmanes en al-Andalus» y «no alcanzaron ya victorias sus banderas».[82]
Conquista musulmana de la península ibérica
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En la primavera del año 711, Tariq ibn Ziyad ―lugarteniente de Musa ibn Nusair, gobernador de Ifriqiya (actual Túnez), en nombre del califa de Damasco― cruzó el estrecho que separa África de Europa al frente de unos 18 000 hombres —bereberes en su mayoría, aunque también con presencia de árabes—[83] y desembarcó en la actual Gibraltar ―que será llamada así en honor suyo: "Yebel Tarik" o 'montaña de Tarik'―. A continuación derrotó al ejército visigodo encabezado por el rey Rodrigo en la batalla que tuvo lugar junto al río Guadalete en la que Rodrigo perdió la vida, y después ocupó Toledo, la capital del reino visigodo. Al poco tiempo llegó un nuevo ejército musulmán al mando del propio Musa ibn Nusair. La ocupación de la Península quedó completada en sólo dos años ―en unos casos mediante la conquista; en otros mediante acuerdos con miembros destacados de la nobleza visigoda, como el Pacto de Tudmir―.[84][85][nota 10] Las fuentes árabes describen la conquista de al-Ándalus de forma providencialista con frases tales como «Dios conquistó al-Andalus para los musulmanes», «Dios derrotó al tirano Rodrigo y conquistó al-Andalus para los musulmanes» o «Dios conquistó al-Andalus por mano de Müsà».[87]

La relativamente corta duración de la conquista de la península ibérica ―que los musulmanes llamaron al-Ándalus― se debió al súbito desmoronamiento de la Monarquía visigoda y a las luchas internas nobiliarias que la azotaban[88] y también a que los invasores llegaron a acuerdos con la población local por los que respetaban sus formas de autogobierno, les permitían conservar la mayor parte de sus tierras y aceptaban la práctica religiosa cristiana o judía a cambio del pago de un impuesto específico (yizia).[89][90]
El califa omeya de Damasco, máxima autoridad política y religiosa del Imperio islámico, nombró un emir o valí para que gobernara al-Ándalus desde Córdoba, su capital. Entre 712 y 756 se sucederán 23 valíes o emires.[91] Y durante este periodo del valiato de al-Ándalus (711-756) se inició el proceso de arabización y de islamización de la población hispano-goda, a pesar de que los árabes y bereberes que se instalan en la península eran una minoría ―el número total de conquistadores rondaría los ochenta mil o los cien mil hombres, en su mayoría bereberes, mientras que la población local, en su inmensa mayoría cristiana (más una minoría judía, que había sufrido una dura persecución durante el último periodo visigodo) ascendería a unos dos millones de personas―.[92][93][94]

El proceso de arabización e islamización fue progresivo debido a que tanto cristianos como judíos no fueron obligados a convertirse al islam y gozaron de la «protección» (dhimma) del Estado (podrían mantener y construir iglesias y sinagogas, realizar sus concilios, mantener sus clérigos, etc.) a cambio del pago de la yizia, tributo del que estaban exentos los convertidos a la religión musulmana (llamados muladíes). De todas formas los hispano-godos que mantuvieron la religión cristiana fueron adoptando la lengua y las formas de vida árabes, de ahí su nombre de mozárabes—, pero continuaron siendo mayoría durante los primeros siglos de Al-Ándalus.[95][96]
Mientras que las fuentes árabes describen la conquista de la península con frases tales como «Dios conquistó al-Andalus para los musulmanes», «Dios derrotó al tirano Rodrigo y conquistó al-Andalus para los musulmanes» o «Dios conquistó al-Andalus por mano de Müsà»,[87] la visión de los mozárabes fue completamente diferente (aunque compartiendo el providencialismo). La Crónica Mozárabe (754) presentó la conquista musulmana como una catástrofe y al Estado que se estableció a continuación como un «reino bárbaro». Consideraba que la conquista había traído la «ruina de Spania»[97] (el término que utilizarán las crónicas medievales en sus diversos formatos «Spania», «Yspania», «Ispania», derivados de Hispania).[98] Un siglo después, el mozárabe Eulogio de Córdoba en su Memoriale sanctorum, escrito en 851, seguía lamentando el fin de la monarquía visigoda que, según él, había caído por culpa de sus pecados.[99]
Así narró la conquista musulmana la Crónica mozárabe:
En este tiempo, en la era 749, año cuarto del imperio de Justiniano, nonagésimo segundo de los árabes, [...] el propio Musa, como las columnas de Hércules lo encaminaban hacia esta desdichada [...], atravesando el estrecho de Cádiz penetra en ella —injustamente destrozada desde tiempo atrás e invadida— para arruinarla sin compasión alguna. Después de arrasarla hasta Toledo, la ciudad regia, y azotar despiadadamente las regiones circundantes con una paz engañosa [...] Y así, con la espada, el hambre y la cautividad devasta no solo la Hispania ulterior sino también la citerior hasta más allá de Zaragoza, ciudad muy antigua y floreciente, poco ha desprovista de defensas porque así lo quiso Dios. Con el fuego deja asoladas hermosas ciudades, reduciéndolas a cenizas; manda crucificar a los señores y nobles y descuartizar a puñaladas a los jóvenes y lactantes. De esta forma, sembrando en todos el pánico, las pocas ciudades restantes se ven obligadas a pedir la paz, e inmediatamente, complacientes y sonriendo, con cierta astucia conceden las condiciones pedidas.Crónica mozárabe, (754) (trad. López Pereira, Zaragoza, 1980. pp 69-73)[86]
Formación de los núcleos cristianos de resistencia (718/722-1035)
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En la segunda mitad siglo IX y principios del siglo X los emires cordobeses, que desde 756 se habían proclamado independientes del califa de Bagdad, tuvieron que hacer frente a un periodo de fitna, término árabe que hace referencia a las guerras civiles y a las disensiones violentas entre musulmanes,[100][101] lo que fue aprovechado por los pequeños reinos y condados cristianos, que se habían formado en el norte de la península y que habían escapado al dominio de los emires omeyas, para fortalecerse y ampliar sus territorios.[102]
El emir Abd al-Rahman III logró restaurar el orden y en 929, un año después de haber sofocado la rebelión del muladí Omar ben Hafsún, rompió completamente con Bagdad y se proclamó califa, con lo que a la autoridad política le sumó la religiosa.[103][104] Inmediatamente se ocupó de seguir haciendo frente a los reinos y condados cristianos del norte por medio de campañas militares anuales en sus territorios (aceifas) que no solo buscaban la obtención de botín sino conseguir que la hegemonía andalusí fuera indiscutida.[105][106]

Sin embargo, Abd al-Rahman III suspendió las aceifas tras el «desastre de Alhándega» de 936, una emboscada comandada por Ramiro II de León en la que el propio califa estuvo a punto de perecer.[nota 11] En los veinticinco años siguientes de su reinado y los quince de su hijo y sucesor Al-Hakam II dejaron de realizarse y se cambió la política respecto de la frontera, cuya defensa quedó encomendada a partir de entonces, como ha señalado Eduardo Manzano Moreno, «a las principales familias aristocráticas que ocupaban territorios y enclaves fronterizos a los que se permitió un régimen de autonomía lo suficientemente amplio como para permitirles contar con sus propias tropas» y «allí donde no existía el dominio de alguna de estas familias, el poder califal fortificaba y guarnecía con sus propios hombres los enclaves estratégicos en la frontera, lugares como, por ejemplo, Medinaceli».[108]
Con Almanzor, hayib (chambelán) de Hisham II (976-1012), volvieron las incursiones de pillaje y saqueo (razias o aceifas) en los reinos cristianos del norte, llegando a alcanzar Barcelona o Santiago de Compostela. Sin embargo, tras su muerte en 1002 y la de su hijo y sucesor como hayib Abd al-Málik al-Muzáffar en 1009, comenzó la fitna de al-Ándalus, un periodo de inestabilidad política y guerras civiles en el que se sucedieron varios pretendientes a ocupar el puesto de califa, llegándose a apoyar en tropas traídas del norte de África e incluso en tropas cristianas. Finalmente una familia de clientes omeyas, junto con otros notables cordobeses, declararon abolido el califato en 1031 y se hicieron con el poder en Córdoba.[109][110]
El reino astur-leonés
[editar]El llamado inicialmente Reino de Asturias surgió en la cordillera Cantábrica inmediatamente después de la conquista musulmana, concretamente en el territorio de los astures, y su primera corte se estableció en Cangas de Onís y más tarde se trasladó primero a Pravia y finalmente a Oviedo. Uno de sus primeros reyes, Alfonso I (739-757), incorporó el territorio de los cántabros al nuevo reino[nota 12] y su hijo Fuela I (757-768) lo extendió por el oeste hasta el río Miño. El hecho de que consiguiera sobrevivir este minúsculo estado cristiano se ha relacionado con las dificultades que tuvieron los emires cordobeses por dominar unos valles escarpados como los de la cordillera cantábrica.[113][114][112]

Su primera expansión sobre el valle del Duero se explica por el «desierto» que se creó allí por la crisis que padeció el emirato de Córdoba como consecuencia de la revuelta bereber de mediados del siglo VIII.[115] En la segunda mitad del siglo IX Alfonso III (866-910) extendió el reino hacia Galicia ―que en ocasiones tendrá rey propio―, hacia el alto Ebro y hacia el valle del Duero para situar en este río la frontera con al-Ándalus. Fue así como se pudo trasladar la capital del reino astur a la antigua ciudad romana de León, y entonces adoptó el nombre de Reino de León, quedando el núcleo originario de Asturias como territorio suyo. Así pues, esta primera expansión fue más el resultado de la crisis de Al-Ándalus que de una verdadera superioridad astur-leonesa.[116][117]
Para poder gobernar unos territorios tan extensos los monarcas leoneses nombraron unos representantes suyos (condes) en algunos territorios, especialmente los fronterizos, como Castilla ―por el alto Ebro es por donde realizaban sus incursiones los ejércitos andalusíes que atacaban el reino de León―[nota 13] y Portugal. A finales del siglo X el condado de Castilla rompió sus vínculos de vasallaje con el rey leonés, aunque poco después fue incorporado al Reino de Navarra. Pero al morir en el año 1035 el rey Sancho el Mayor, éste se lo deja en herencia a uno de sus hijos, Fernando, que asume el título de rey. Nace así el Reino de Castilla, que sólo tres años después acaba incorporando el Reino de León. Por eso Fernando I (1035-1065) pasará a titularse rex de castellanos y leoneses.[121][122][123]

Los monarcas asturleoneses cuando extendieron sus fronteras más allá de las montañas y valles cantábricos, se encontraron con el grave problema de asegurar su dominio y ocupación permanentes. Para ello los reyes se vieron obligados a realizar un plan oficial de poblamiento, que fue dirigido directamente por el soberano o por sus delegados, condes u obispos, y que se interesó ante todo por las plazas fuertes de gran valor estratégico y militar. Por otra parte, magnates laicos y la Iglesia procedieron a efectuar poblamientos por su cuenta, los primeros en torno de alguna fortaleza antigua o de nueva construcción, y la segunda mediante la fundación de monasterios. Por último, también existió un poblamiento protagonizado por pequeños campesinos de forma privada, dando nacimiento a comunidades de aldea integradas por hombres libres, aunque solían asentarse en las cercanías, y al abrigo, de fortalezas o monasterios.[124][125][126]

Estos tres tipos de poblamiento ―la llevada a cabo directamente por los reyes; la de los magnates y la Iglesia; la de los pequeños campesinos― obedecían a una misma concepción jurídica: el llamado «derecho de presura». La presura, también llamada «aprisión», era la norma por la que toda tierra yerma, sin roturar, podía ser poseída sin mayor requisito por quien primero la pusiese en explotación, pasando a continuación a obtener del rey el diploma de «propiedad». El rey podía conceder esos títulos porque según el derecho romano y visigodo, todos los bienes sin dueño conocido (bona vacantia) pertenecen al Estado, al rey, y éste puede otorgarlos a quien desee.[127][128][129][130][nota 14]
El debate historiográfico sobre el origen del reino astur-leonés y su relación con la monarquía visigoda
[editar]Según la teoría «tradicional» el reino de Asturias habría surgido como resultado de la emigración hacia el norte de grupos de hispano-visigodos opuestos a la dominación musulmana que, con el noble Pelayo al frente, se habrían refugiado en los valles cantábricos y allí habrían conseguido derrotar por primera vez a los musulmanes en la batalla de Covadonga (que tuvo lugar en el 718 o el 722). De esta forma el reino de Asturias, cuyo primer monarca habría sido Pelayo, sería el continuador de la fenecida monarquía visigoda, que pasado el tiempo «reconquistaría» (un término acuñado siglos más tarde, en el siglo XIX) los territorios «perdidos».[132][41][112]
Pero en los últimos cincuenta años esta teoría «tradicional» ha sido cuestionada —ya en 1982 Luis Agustín García Moreno afirmaba que «los orígenes del primer núcleo organizado de resistencia cristiana al Islam, que la tradición sitúa en íntima relación con la victoria de Covadonga, sigue planteando graves interrogantes al historiador»—.[133] Se ha destacado el hecho de que los visigodos, como ya había sucedido con los romanos, tampoco habían conseguido dominar completamente la franja cantábrica habitada por astures, cántabros y vascones, hasta el punto de que en el momento en que los musulmanes cruzan el estrecho de Gibraltar, el último rey visigodo Don Rodrigo se encontraba «ausente en tierra de Pamplona, en guerra con los vascones por graves rebeliones que habían estallado en aquel país», según el cronista árabe Ahmed Mohamed al-Maqqari. Así estos pueblos continuarían con la misma resistencia cuando los musulmanes alcanzaran el norte peninsular, por lo que, aunque allí pudieran haberse refugiado algunos visigodos ―incluso nobles―, este núcleo poco tendría que ver con la monarquía visigoda, y tampoco se podría hablar de «reconquista» de unas tierras que evidentemente nunca habían poseído.[134][135]
«Esta rebelión [encabezada por Pelayo] se nos presenta en lo esencial como continuadora de las que ya habían tenido lugar en el siglo VII contra el Estado visigodo, y en ese sentido era por completo ajena a todo intento restaurador de la monarquía toledana», ha señalado Luis Agustín García Moreno.[135] «La posibilidad de que Pelayo fuera un aristócrata visigodo es, en realidad, bastante remota. Todo mueve a pensar que se trataba de un caudillo local, de los muchos que afloraron antes y después de la conquista árabe, enriscado en un terreno de difícil acceso y que contaba con el apoyo de las poblaciones indígenas astures que después de haberse reunido en una asamblea decidieron seguirle de la misma forma que habían hecho con caudillos anteriores», ha indicado por su parte Eduardo Manzano Moreno.[134] «Existe consenso a la hora de considerar el relato sobre la victoria de Pelayo [en Covadonga] como la expresión de un mito providencialista sobre los orígenes del reino de Oviedo que fue objeto de una amplia elaboración durante los siglos medievales», ha concluido Alejandro García Sanjuán. Además este historiador ha señalado que sobre la figura de Pelayo se ha incurrido en la falacia del historiador: «Pelayo no solo no fue nunca "rey de Hispania", sino que tampoco pretendió serlo, como tampoco pudo tener la menor idea de estar iniciando una lucha que culminaría ocho siglos más tarde en Granada».[136]

Asimismo se ha señalado que la supuesta continuidad entre el Reino de Asturias y la Monarquía visigoda fue una invención bastante tardía, elaborada durante el reinado de Alfonso III (866-910), como resultado de las transformaciones y expansión del reino asturiano y de la influencia de elementos visigodos y mozárabes que allí se refugiaron, idea que habría sido aceptada por los monarcas astures porque afianzaba no sólo su poder interno, sino también su supremacía sobre el resto de los núcleos cristianos peninsulares.[72][137] «En su círculo cortesano [de Alfonso III] es, en efecto, donde poco antes del año 900 se formula por primera vez de forma inequívoca un relato que defiende la idea de que los musulmanes han invadido una tierra que no es suya y que correspondía restituir a los herederos de sus antiguos dueños», ha señalado Carlos de Ayala Martínez.[138]
Por su parte Eduardo Manzano Moreno ha indicado que las crónicas de la época de Alfonso III se escribieron en un momento —la segunda mitad del siglo IX y principios del siglo X— en el que al-Ándalus estaba atravesando una profunda crisis (fitna), lo que les hizo pensar a los cronistas que el fin de la presencia musulmana en la península ibérica estaba cerca.[72] Así se recoge en la llamada Crónica Profética, colofón añadido en 883 a la Crónica albeldense:[139]
También los propios sarracenos, por algunos prodigios y señales de los astros, predicen que se acerca su perdición y dicen que se restaurará el reino de los godos por este príncipe nuestro; también por revelaciones y apariciones de muchos cristianos se predice que este príncipe nuestro, el glorioso don Alfonso, reinará en tiempo próximo en toda Spania. Y así, bajo la protección de la divina clemencia, el territorio de los enemigos mengua cada día, y la Iglesia del Señor crece para más y mejor. Y cuando logra la dignidad del nombre de Cristo, tanto desfallece en la escarnecida calamidad de los enemigos.
Cuando el derrumbe de al-Ándalus no se produjo «el programa se reajustó de acuerdo con las nuevas condiciones que la historia de los siglos posteriores fue aportando, aunque es evidente que la idea de "pérdida" y de "recuperación" de lo perdido siguió estando presente a lo largo de los siglos», añade Manzano Moreno.[72] Ese programa político y militar, denominado neogoticismo, según el cual los monarcas asturianos eran descendientes de los reyes visigodos, supuso que, como ha señalado Martín F. Ríos Saloma, «las campañas militares en contra de los enclaves musulmanes tenían como objetivo no tanto —o no solo— "recuperar" un territorio perdido, sino ante todo restaurar el viejo orden político visigodo, así como la soberanía cristiana sobre la totalidad de la península ibérica». Así en la Crónica albeldense se dice de Alfonso III: Omnem gotorum ordinem sicuti Toletum fuerat, tam in ecclesia quam palatio, in Obeto cuncta stauit ('Estableció en Oviedo [la capital asturiana] todo el orden de los godos como se había desarrollado en Toledo [la capital visigoda], tanto en la iglesia como en el palacio').[69][nota 15]
Por su parte la Cronica de Alfonso III añadió a la noción de «ruina de Spania» de la Crónica Mozárabe de dos siglos y medio antes la de la «perdición de Spania»,[140] lo que sumado a que la Crónica albeldense señala por primera vez la ilegitimidad de la presencia musulmana que caracteriza como «yugo», legitima la conquista del territorio andalusí —su «liberación del poder de los sarracenos por la gracia de Dios», se dirá—.[141] La Crónica de Alfonso III', en sus dos versiones (rotense y ovetense), relata el siguiente supuesto diálogo que habrían mantenido casi trescientos años antes (en vísperas de la batalla de Covadonga) el obispo traidor Oppas y Pelayo (diálogo que recoge la ideología «negótica» elaborada en los círculos cortesanos del monarca asturiano):[142]
[Oppa]: En otro tiempo toda Spania estuvo sometida bajo el único orden y gobierno de los godos y resplandecía en doctrina y ciencia sobre todas las otras tierras [...pero....] no fue capaz de resistir el ataque de los ismaelitas.[...]
[Pelayo]: Tenemos depositada nuestra esperanza en Cristo y en que, mediante este pequeño montículo que puedes ver, sea reparada la salvación de Spania y el ejército del pueblo godo.
En conclusión, según Carlos de Ayala Martínez,
la perspectiva neogótica elaborada en la corte de Alfonso III de Asturias en torno al 900 se caracteriza por tres notas: tener como objetivo la revivificación de la unidad política y religiosa de la monarquía visigoda, el protagonismo de Pelayo en ese proceso como eslabón necesario entre los antiguos reyes godos y la dinastía por él inaugurada y la victoria milagrosa de Covadonga, expresión de la reconciliación de Dios con su pueblo y signo indiscutible de su aval frente al islam.
El reino de Pamplona y el condado de Aragón
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En el Pirineo central y occidental la presencia musulmana se limitó a la ocupación de fortalezas estratégicas y al cobro de tributos, por lo que sus habitantes gozaron de relativa independencia respecto del Estado musulmán que se acababa de instaurar. Pero esta independencia no se consolidaría hasta la intervención de la monarquía franca al sur de los Pirineos. Es así como surge en el siglo IX el Reino de Pamplona que hacia el año 816 ya cuenta con una dinastía propia, la familia Arista, que se hace con el poder en Pamplona, una antigua ciudad romana de origen vascón. Sin embargo el reino no se consolida hasta el siglo X, bajo Sancho Garcés I (905-925),[nota 16] que lo extiende hacia el Ebro, hasta alcanzar su máxima extensión con Sancho III el Mayor (1004-1035) que integró los condados de Castilla y de Ribagorza, que se añadieron a los de Sobrarbe y Aragón ―el primitivo condado de Aragón, había surgido en el siglo IX en la parte central de los Pirineos, y pronto se había independizado de la monarquía franca, hasta que en el año 924 había caído bajo la dependencia del Reino de Pamplona―. A la muerte del rey Sancho en 1035 los territorios del Reino se dividieron entre sus cuatro hijos y los condados de Castilla y Aragón se convirtieron en reinos.[144][145]
Condados catalanes
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Los condados catalanes fueron fundados en el siglo IX por la monarquía franca en la vertiente sudoriental de los Pirineos para prevenir las posibles incursiones de los musulmanes de al-Ándalus. En el año 785 los francos se habían apoderado de la ciudad de Gerona y en el 801 de la de Barcelona. Aunque siguieron reconociendo la autoridad formal del monarca franco, los condes pronto se hicieron independientes, al conseguir que su nombramiento fuera vitalicio y hereditario. Sin embargo, se mantuvo la fragmentación, lo que dificultó el nacimiento de una entidad territorial y política, aunque pronto el condado de Barcelona se convirtió en hegemónico. El conde Ramón Berenguer I (1035-1076), además de reunir junto al de Barcelona, los condados de Gerona y Osona, consiguió que el resto de condes fueran sus vasallos y le juraran fidelidad.[146][128][147][148][149]
Primera expansión de los reinos cristianos (1035-1150)
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Al califato de Córdoba le sucedieron una veintena de estados islámicos independientes que tenían como centro a las principales ciudades de al-Ándalus, y que las crónicas llamarán «reinos de taifas» ('banderías', 'facciones').[150][151] Aunque ninguno de sus soberanos, como ha señalado Manzano Moreno, «era un fantoche, ni una débil marioneta en manos de sagaces caudillos cristianos, tal y como suelen ser retratados»,[152] lo cierto fue que eran débiles militarmente, por lo que algunos de ellos optaron por tener soldados cristianos a su servicio, como hizo el rey de la taifa de Zaragoza Al-Mutamán con el Cid, pero la mayoría decidieron pagar tributos, las parias, para evitar ser atacados.[150][151] Una estrategia criticada por muchos andalusíes.[153]
Las parias supusieron un enorme trasvase de riqueza a los reinos y condados cristianos, con el consiguiente fortalecimiento de estos y el debilitamiento de los reinos de taifas. Así se lo aseguró el mozárabe del condado de Coimbra al rey de la taifa de Granada Abd Allah ibn Buluggin: «cuando no tengáis dinero, ni soldados, nos apoderaremos del país [de al-Andalus] sin ningún esfuerzo».[154] Una fuente árabe reflejó el derecho que decían tener los reyes cristianos sobre la península en la respuesta que dio Fernando I de León en torno a 1043-1047 a la amenaza de los habitantes de la ciudad andalusí de Toledo de llamar en su ayuda a los bereberes del norte de África cuando este les reclamó el pago de parias:[141]
... pedimos nuestro país que nos lo arrebatasteis antiguamente, al principio de vuestro poder, y lo habitasteis el tiempo que os fue decretado; ahora os hemos vencido por vuestra maldad. ¡Emigrad, pues, a vuestra orilla y dejadnos nuestro país!
Una primera prueba de que la iniciativa militar estaba pasando a los Estados cristianos fue la conquista Lamego y Coimbra entre 1057 y 1064 y la toma de Barbastro en ese último año por un ejército local y ultrapirenaico, llamado a la «cruzada» por el papa Alejandro II,[155] aunque poco después Barbastro fue reconquistado tras realizarse un llamamiento a la yihad por todo al-Ándalus.[156] La prueba definitiva fue la conquista de Toledo por Alfonso VI de León en 1085, «el primer núcleo de importancia en cambiar de manos desde 711».[157] La ciudad nunca sería recuperada, «marcándose así el comienzo del progresivo retroceso territorial de los musulmanes», ha señalado Maribel Fierro.[158]
Tras la conquista de Toledo los reyes de taifas llamaron en su ayuda a los almorávides que habían constituido un extenso imperio en el Magreb con capital en Marrakech para que hicieran la yihad al «enemigo infiel». En 1086 cruzaron el estrecho, derrotando a Alfonso VI en la batalla de Zallaqa.[159] A lo largo de las tres décadas siguientes los almorávides fueron incorporando a su imperio todas las taifas de al-Ándalus, incluida la de Valencia, que entre 1094 y 1099 había estado bajo el poder de un noble desterrado de Castilla, llamado Rodrigo Díaz de Vivar, y que los musulmanes conocían como El Cid.[160][161] Y se puso fin al pago de las parias.[162] Su dominio comenzó a ser cuestionado por los andalusíes cuando empezaron a sufrir las primeras derrotas a manos de los estados cristianos, la más importante de las cuales fue la pérdida de Zaragoza, conquistada en 1118 por el rey de Aragón y de Pamplona Alfonso I. La desafección de los andalusíes culminó hacia 1145 con numerosas rebeliones encabezadas por cadíes y jefes militares locales, que en ocasiones contaron con el apoyo de los soberanos cristianos, mientras que tuvieron que hacer frente en el norte de África a un nuevo movimiento, el de los almohades.[163] Fue así como volvieron a reconstruirse los reinos de taifas y todo ello fue aprovechado por los reinos cristianos del norte para dar un nuevo impulso a su expansión. En 1147, el mismo año en que los almohades conquistaban Marrakech, el conde de Barcelona y princeps de Aragón Ramon Berenguer IV conquistaba Tortosa y Lérida y el rey de Portugal Alfonso I Lisboa.[164]
La expansión castellano-leonesa y portuguesa
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La conquista de las tierras «más allá del Duero» (Extrema Durii) la inicia el rey Fernando I de Castilla y León con la ocupación entre 1055 y 1064 de importantes plazas estratégicas en el oeste (Viseu, Lamego y Coímbra), pero el paso decisivo lo dio su hijo Alfonso VI con la espectacular ocupación de Toledo en 1085.[165]
A raíz de esta conquista Alfonso VI se proclamó imperator totius Hispaniae[165], recuperando la ideología «neogótica» elaborada doscientos años antes en la corte de Alfonso III de Asturias y que durante ese tiempo había caído prácticamente en el olvido.[166] En la Historia Silense, escrita probablemente hacia 1120, poco después de su muerte, se dice que Alfonso VI había nacido del ilustre linaje de los godos que habían gobernado Toledo. Según Carlos de Ayala Martínez, la Historia Silense se sirve de guía para los primeros capítulos de la versión rotense de la Crónica de Alfonso III por lo que alude «a la vieja gloria de la monarquía católico-visigoda inaugurada por Recaredo» y a que «gracias a la propia misericordia de Dios, en Covadonga, los descendientes de Recaredo comienzan un proceso de restauración que no finalizará sino con la victoria definitiva de los cristianos y la consiguiente expulsión de los sarracenos». La Historia Silense tendrá su continuidad en el Corpus Pelagianum, compilación cronística realizada por el obispo Pelayo de Oviedo entre 1120 y 1140. Una de las novedades que introduce es la leyenda sobre la Cruz de la Victoria, donada en 908 por Alfonso III a la iglesia de Oviedo, según la cual la cruz habría sido enarbolada por el «rey» Pelayo en la victoriosa batalla de Covadonga, después de una misteriosa aparición celeste. Sin embargo habrá que esperar a la obra del arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada De rebus Hispaniae, escrita a mediados del siglo XIII, para encontrar «la versión definitiva y canónica de la mitología pelagiana, como núcleo fundante de la ideología neogótica», ha afirmado Carlos de Ayala Martínez.[167]
En al-Andalus, como ha indicado Eduardo Manzano Moreno, «el impacto producido por la toma de la antigua capital del reino visigodo« fue enorme. Era la primera gran ciudad andalusí que caía en manos de los cristianos, el primer cambio significativo en el trazado del thagr [frontera] en casi trescientos años».[168] Precisamente el cronista Ali ibn al-Athir (muerto en Mosul en 1233) situó en la conquista de Toledo «la aparición de los francos [los hombres del Occidente latino], el desarrollo de su influencia, los ataques que dirigieron contra los países musulmanes y las conquistas parciales que hicieron. A continuación pasaron a Sicilia y conquistaron esta isla... En 490 [1096] marcharon contra Siria».[169]
A partir de la conquista de Toledo la cordillera del Sistema Central se convierte en la nueva línea fronteriza del reino castellano-leonés, con la antigua capital visigoda como avanzada.[165] El territorio comprendido entre aquella y el río Duero, la Extrema Durii, se hallaba prácticamente despoblado, por lo que para proceder a su repoblación los reyes castellano-leoneses crearon diversos concejos (Segovia, Ávila, Salamanca,...) que eran la cabeza de un amplio territorio o alfoz en el que se diseminaban numerosas aldeas. El conjunto del concejo-madre y el alfoz constituyó la comunidad de villa y tierra, que recibió de los monarcas generosos fueros ―tomando como modelo el fuero de Sepúlveda de 1076― para atraer pobladores y asegurar así la frontera. Allí se desarrolló una típica «sociedad de frontera», dirigida por señores y caballeros, que corrían con el peso principal de las tareas militares, mientras que los "pecheros" o "peones" se dedicaban al cultivo de la tierra o al cuidado del ganado, guerreaban en las milicias concejiles ―en posiciones subordinadas a los «caballeros»― y cargaban con todo el peso de los tributos. Una de las actividades económicas principales de estos concejos será la ganadería, aprovechando los pastos de la sierra próxima y la facilidad de movilizar el ganado en caso de ataque.[170]

Solo a partir de la descomposición del Imperio almorávide se produjeron avances significativos como la ocupación de Coria en 1142 y la penetración hasta Calatrava (1146), por parte de Castilla y León, y como la conquista de Lisboa, por parte del reino de Portugal ―el condado Portucalense, gobernado desde el siglo XI por una dinastía hereditaria propia, se había independizado del Reino de León en 1139 cuando su conde Afonso Henriques se intituló "Portucalensium rex"―. Fue a partir de entonces cuando se pudo consolidar la colonización del valle del Tajo.[171]
Este proceso se desarrolló a lo largo de tres grandes etapas. La primera, durante el reinado de Alfonso VI, quedó limitada principalmente a la ciudad de Toledo y a la margen norte del Tajo, debido a la inmediata reacción almorávide. La segunda, bajo Alfonso VII, solo permitió consolidar una estrecha franja al sur del río mediante la ocupación y repoblación de plazas como Orgaz, Mora, Consuegra, Ocaña, Uclés y Huete. Finalmente, durante el reinado de Alfonso VIII, el desplazamiento de la frontera hacia el Guadiana tras la batalla de las Navas de Tolosa hizo posible consolidar la ocupación de la mayor parte de la Submeseta Sur. [172]
En el valle del Tajo de nuevo la forma de ocupación fueron los concejos, asentados sobre las ciudades musulmanas (Atienza, Medinaceli, Guadalajara, Madrid, Maqueda, Talavera, Coria), y como los de la Extrema Durii fueron dotados de un amplio alfoz y los reyes les concedieron fueros similares. Diferente fue el caso de la ciudad de Toledo, que gozó de un régimen especial desde que fue entregada a Alfonso VI por sus habitantes, basado en el compromiso de respetar sus vidas, sus propiedades y sus creencias, por lo que aquí se produjo una superposición de dos poblamientos, el originario ―integrado por musulmanes, mozárabes y judíos― y el cristiano del norte que se asentó a raíz de la conquista.[173]
La expansión catalano-aragonesa
[editar]- Conquista y ocupación del valle del Ebro y de la Cataluña Nueva
En el siglo XI los condados catalanes, bajo la hegemonía del de Barcelona, limitaron su expansión a la realización de incursiones por tierras musulmanas que les permitieran cobrar unas cuantiosas parias a los reinos de taifas de Lérida, Zaragoza y Tortosa y más ocasionalmente a los de Valencia, Denia y Murcia. Por todo ello la vieja frontera de la Catalunya Vella se mantuvo prácticamente sin alteraciones. Cuando a principios del siglo XII los almorávides reunificaron los reinos de taifas y pusieron fin a las parias, el conde de Barcelona Ramón Berenguer III (1096-1131) se lanzó a la conquista de lo que constituirá la Catalunya Nova ―la Cataluña situada más allá del río Llobregat―. En 1129 es tomada Tarragona.[174]
Por su parte los reinos de Pamplona y de Aragón, que entre 1076 y 1134 compartieron los mismos reyes, iniciaron la conquista del valle del Ebro, dominado por la taifa de Zaragoza, cuando esta dejó de pagar las parias ―que habían comenzado cuando el reino de Pamplona se aseguró el control de La Rioja con la toma de Calahorra en 1045, la primera localidad andalusí importante conquistada por los reinos cristianos―. Así en el último cuarto del siglo XI y principios del siglo XII van ocupando de manera gradual y sistemática los diferentes puntos de apoyo que les aseguren el control del Valle ―Graus (1083), Monzón (1089), Huesca (1096), Barbastro (1100), Egea (1105), Tamarite (1107)― hasta culminarlo con la conquista de Zaragoza en 1118 por Alfonso I el Batallador. Después irán cayendo en la otra orilla del Ebro Tarazona (1119), Calatayud (1120), Daroca (1120), Cutanda (1120), Alcañiz (1124) y Molina (1128).[175][176]
Al igual que los reyes castellano-leoneses, los condes de Barcelona y los reyes de Aragón y de Pamplona proclamaron su derecho a las tierras musulmanas, aunque sin recurrir a la ideología «neogoticista» (ninguno de ellos recurrió a considerarse heredero de los monarcas visigodos para legitimar sus conquistas). Su derecho provenía de haber sido elegidos como instrumentos de la Providencia para restituir a Cristo en las tierras de Ispania poniendo fin al culto de «los ídolos y demonios del sucísimo Mahoma», como se decía en el documento de la dotación por el rey de Aragón y de Pamplona Pedro I de la catedral de Huesca de 1097 (ciudad musulmana conquistada el año anterior tras su victoria en la batalla de Alcoraz). Algo similar se decía en el documento de consagración de la catedral de Barcelona de 1058 por el conde de Barcelona Ramón Berenguer I. En un documento del siglo XII que recogía la concordia suscrita por los obispos de Jaca y Roda en 1080 se hablaba de que «como consecuencia de la despiadada invasión de Ispania por el pueblo de los ismaelitas, la religión cristiana fue desterrada de nuestra patria, las iglesias destruidas [y] la patria cautiva...».[177]
- Nacimiento y expansión de la Corona de Aragón en el siglo XII
A la muerte de Alfonso I el Batallador en 1134 se planteó un grave problema sucesorio, al no tener éste descendientes, que fue resuelto de forma distinta en los dos reinos que estaban bajo su soberanía, pues mientras en Pamplona los nobles eligieron como rey a uno de ellos, García Ramírez de Pamplona, en Aragón intervino activamente el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, que logró que el reino pasara a sus manos en 1137 al concertarse su matrimonio con Petronila, hija recién nacida de Ramiro II de Aragón, hermano del Batallador.[nota 17] Se produjo así la unión dinástica de los dos Estados, una "confederación" llamada Corona de Aragón, que nace al comprometerse los condes de Barcelona a respetar las leyes e instituciones propias del Reino de Aragón. Ramón Berenguer no adoptó el título de rey sino el de princeps de los aragoneses por lo que fue el hijo que tuvo con Petronila, Alfonso II, el primer soberano común que heredó los títulos de rey de Aragón y de conde de Barcelona.[179][180][181]

La unión dinástica entre el condado de Barcelona, que detenta la supremacía entre los condados catalanes ―el conde de Barcelona en algunos documentos empieza a ser denominado princeps―, y el reino de Aragón dará un nuevo impulso a su expansión, tanto hacia el sur como hacia el otro lado de los Pirineos ―hacia Occitania y Provenza en pugna con los condes de Tolosa―. Fruto de ello es que se completa la conquista de la Catalunya Nova con la toma de Tortosa (1148) y de Lérida (1149), se continua la expansión en las tierras al otro lado del Ebro y a continuación Ramón Berenguer IV firma en 1150 con Alfonso VII de Castilla y León el Tratado de Tudilén por el que se establecía el futuro reparto de Al-Ándalus entre ambas coronas ―Castilla renunciaba al valle del Ebro (Caspe y Teruel serán tomadas en 1170) y a la conquista de Valencia, a favor de Aragón―, acuerdos que fueron ratificados en el Tratado de Cazola de 1179.[182][183]
En la ocupación del valle del Ebro se optó por conservar en ciudades y campos a la población musulmana ―los mudéjares―, aunque en el caso de las ciudades se pactó que los musulmanes pasado un año deberían abandonar sus casas y trasladarse a barrios extramuros, si bien podían conservar sus bienes muebles y las fincas de cultivo que tuvieran en los términos de la ciudad o en cualquier otra, y además conservaban sus mezquitas, sus jueces y sus leyes especiales ―aunque, se les prohíbe emigrar―. En cambio en las zonas de frontera ―la Extremadura aragonesa― las ciudades se cedieron a nobles que organizaron la «repoblación» y se concedieron fueros y privilegios para atraer pobladores cristianos. A cada una de estas ciudades se le asignará un extenso territorio para su vigilancia y defensa, que suele constar de una parte en poder del enemigo musulmán, lo que legitima las incursiones de pillaje y las cabalgadas.[184][185]
En cuanto a la Catalunya Nova las primitivas formas repobladoras de la "aprisión" convivieron con la concesión de fortalezas o castillos a señores, que serán quienes organicen el poblamiento. Asimismo los condes de Barcelona y reyes de Aragón fundan importantes municipios, como los de Tortosa y Lérida, que gozan de extensos privilegios bajo su soberanía directa.[186]
La gran expansión cristiana (1212-1266)
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Como había sucedido con los almorávides, los almohades también cruzaron el estrecho e incorporaron al-Ándalus a su extenso imperio norteafricano.[187] En 1195 demostraron su poderío militar cuando el tercer califa almohade Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur derrotó en la batalla de Alarcos a Alfonso VIII de Castilla. Sin embargo, a partir de esa fecha su poder se fue debilitando a causa de las tensiones internas y en 1212 los almohades eran derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa por una coalición de los reyes cristianos.[188][nota 18]
La victoria de las Navas de Tolosa[nota 19] fue el punto de inflexión que rompió definitivamente el relativo equilibrio que habían mantenido hasta entonces en el terreno militar los cristianos y los musulmanes en la Península.[81] Así lo reconocieron los cronistas árabes, como Ibn Abi Zar:[82]
Fue esta terrible calamidad el lunes 15 de safar del 609 [16 de julio de 1212]; comenzó a decaer el poder de los musulmanes en al-Ándalus, desde esta derrota y no alcanzaron ya victorias sus banderas.
La expansión castellano-leonesa y portuguesa: los valles del Guadiana y del Guadalquivir
[editar]Tras la decisiva batalla de las Navas de Tolosa de 1212 se pudo consolidar la ocupación del valle del Guadiana. A partir de esa fecha, mientras Alfonso IX de León ―los reinos de Castilla y León se habían separado a la muerte en 1157 de Alfonso VII― progresaba por el territorio de la actual Extremadura ―tomas de Cáceres (1227), y Mérida y Badajoz (1230)—, Fernando III de Castilla ocupaba La Mancha.[191][nota 20] En la ocupación del valle del Guadiana se volvió a recurrir al sistema concejil, pero los reyes entregaron amplios territorios a las Órdenes Militares, especialmente en La Mancha, una región muy poco poblada. Para atraer nuevos pobladores se les ofrecieron condiciones ventajosas, como la entrega de una heredad o "quiñón" de tierra laborable, a cambio de la obligación de residir y de pagar los correspondientes pechos.[193]
Los primeros en completar la ocupación de los territorios musulmanes fueron los reyes portugueses que aseguraron su dominio sobre las tierras "más allá del Tajo" (Alentejo), alcanzando el bajo valle del Guadiana entre 1230 y 1239. De esa forma arrinconaron a los andalusíes en el extremo sudoccidental peninsular (Algarve) que acabarán dominando con la toma de Faro en 1249.[194][195]

La conquista del valle del Guadalquivir fue obra de Fernando III de Castilla y León ―en 1217 había sido proclamado rey de Castilla por su madre Berenguela y 1230 había heredado el reino de León al morir su padre Alfonso IX de León, unificando así definitivamente los dos reinos―. En 1236 Fernando III ocupó Córdoba, y más tarde Jaén (1246). Finalmente Sevilla, la antigua capital del imperio almohade, fue conquistada en 1248. Mientras tanto el príncipe Alfonso ―el futuro rey Alfonso X el Sabio― entraba en Murcia en 1243 a consecuencia del pacto de vasallaje respecto de Castilla firmado por el señor local. Por último, la ocupación del Bajo Guadalquivir ―completada en 1262 con la toma de Huelva y en 1263 con la toma de Cádiz― será obra de Alfonso X.[196][197]
Los monarcas castellano-leoneses se encontraron con un obstáculo muy serio para proceder a la «cristianización» lo más rápida y profunda posible del territorio: que el poblamiento musulmán en la Andalucía Bética era muy denso. Allí donde la resistencia había sido muy dura, caso, por ejemplo, del reino de Jaén, se procedió sin más a expulsar a la población musulmana. Pero incluso en las zonas en que las huestes castellano-leonesas no habían encontrado mucha oposición se obligó a los musulmanes a abandonar las ciudades, permitiéndoles residir en el campo. Los bienes de los musulmanes que huyeron o de los que fueron forzados a la emigración fueron ofrecidos a los pobladores cristianos que acudieron a las tierras recién ganadas. Y también amplias extensiones de tierras fueron concedidas a magnates y a la Iglesia que habían participado en la conquista. De ahí que el sistema predominante en la colonización de la Andalucía Bética fuese el de los repartimientos, es decir, la entrega de casas y tierras, realizada por comisiones nombradas al efecto, entre quienes se decidían a instalarse en los territorios que acababan de ser incorporados a la Corona de Castilla. En cambio, las zonas de frontera más peligrosas ―las cercanas al reino nazarí de Granada, que logró subsistir― fueron encomendadas preferentemente a las Órdenes Militares. Asimismo se potenciaron los concejos, organizados sobre la base de las ciudades musulmanas (Baeza, Úbeda, Andújar, Jaén, Córdoba, Écija, Carmona, Sevilla, Jerez, Arcos, Cádiz, etc.).[198][199]
En cuanto a Murcia, inicialmente Fernando III y su hijo Alfonso X respetaron el pacto de vasallaje firmado en 1243, por lo que el sistema del repartimiento sólo se aplicó allí después de la revuelta de los musulmanes de 1264-1266 ―que para sofocarla tuvo que acudir el rey aragonés Jaime I en ayuda del rey castellano Alfonso X, que estaba ocupado en acabar con el foco andaluz― y que supuso, como en Andalucía, su expulsión del territorio. Así, magnates, Órdenes militares y la Iglesia recibieron importantes donadíos. Pero la colonización de Murcia, como la de Andalucía tras la revuelta mudéjar, tropezó con muchas dificultades, ya que la creciente partida de musulmanes hizo disminuir la fuerza de trabajo disponible.[200] Por otro lado, en 1304 por la Sentencia Arbitral de Torrellas, también conocida como concordia de Agreda, el extremo oriental del Reino de Murcia ―Alicante, Elche, Orihuela― se incorporó al Reino de Valencia.[201]
Poco después de la conquista de Córdoba en 1236 por Fernando III el arzobispo de Toledo Rodrigo Jiménez de Rada terminó su De rebus Hispaniae, en la que, según Carlos de Ayala Martínez, se encuentra «la versión definitiva y canónica de la mitología pelagiana, como núcleo fundante de la ideología neogótica», según la cual los reyes castellano-leoneses serían los descendientes directos de los monarcas visigodos lo que legitimaría la conquista de los territorios que los musulmanes habían «usurpado» y la reclamación del imperium de la totalidad de Espanna. Así se recoge en la Estoria de Espanna del scriptorium de Alfonso X el Sabio, en la que este rey también participó en su redacción, y que reproduce sin apenas discrepancias el De rebus Hispaniae del arzobispo toledano.[202]
La expansión catalano-aragonesa: Mallorca y Valencia (y Sicilia)
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La derrota que sufre el rey de Aragón y conde de Barcelona Pedro el Católico en la batalla de Muret en 1213 ―donde muere― pone fin a las aspiraciones catalano-aragonesas sobre Occitania, por lo que se renueva el interés por las tierras del sur y por las islas Baleares.[164][203] Así, el hijo de Pedro el Católico, Jaime I (1213-1276) inicia la conquista de Mallorca, que tiene lugar entre 1229 y 1232 ―Ibiza será conquistada en 1235, y Menorca mucho más tarde, en 1287―, y la de Valencia, entre 1232 y 1245.[204][205]
En la colonización de los dos nuevos reinos, Valencia y Mallorca, se recurrirá al sistema del repartiment, por lo que los habitantes de las ciudades fueron obligados a abandonarlas, optando algunos por la emigración a Granada o al norte de África.[204][205] Esto último fue el caso del ulema Ibn Amira, quien, tras la conquista de Valencia y de Alcira, su ciudad natal, ve con resignación cómo sus habitantes deben abandonar su patria (watan) y su país («nuestro país» o biladu-na) para evitar la muerte o el cautiverio.[206] Sobre Alcira escribe:
El lugar de mi nacimiento ha visto desde entonces abatirse su estrella y aumentar su desgracia, a causa de un mal tan cruel. Lloremos sobre un paraíso por el que Dios [Alá] ha hecho correr un río.
A partir de las conquistas de Valencia y de Mallorca los soberanos de la Corona de Aragón desarrollaron una activa política de control del Mediterráneo Occidental y establecieron una especie de protectorado sobre los sultanatos del Magreb oriental (Túnez, Bugía, Tremecén) y se anexionaron Sicilia en 1282, donde desde 1296 reinará una rama de la casa condal de Barcelona.[207][208][209]
Debate historiográfico sobre las razones de la victoria cristiana
[editar]Los propios musulmanes se plantearon las razones de su derrota frente a los «infieles». El ulema cordobés Al-Qurtubi lo achacó al incumplimiento del deber del yihad:[210]
Puede que os disgusten las dificultades del "yihad", pero es bueno para vosotros porque conquistáis, obtenéis la victoria, tomáis botín, sois recompensados y el que muere, muere como mártir. Y puede que os guste la paz y no combatir, pero es malo para vosotros, ya que seréis vencidos y humillados y perderéis vuestra autoridad... Esto es absolutamente cierto y sucedió en el país de al-Ándalus, donde abandonaron la yihad, dejaron el combate y muchos huyeron, y entonces el enemigo se apoderó del territorio y capturó, mató y esclavizó a los musulmanes. ¡Somos de Dios y a él hemos de volver!
Los historiadores actuales también han abordado la cuestión. Maribel Fierro ha propuesto tres posibles explicaciones a por qué los andalusíes no consiguieran detener el avance cristiano:[211]
- Motivos culturales, que incluyen la incapacidad de la elites religiosas por activar la yihad como deber individual, involucrando a la población local y la escasa presencia del modelo de "héroe guerrero" más allá de los suministrados por la época del Profeta y sus compañeros.
- Diferencia entre la sociedad tributaria musulmana y la feudal cristiana, que daba ventaja a esta última al estar organizada para la guerra, de manera que todos los sectores de la sociedad estaban involucrados en ella, mientras que la primera no estaba militarizada, lo que habría llevado a no valorar adecuadamente el potencial cristiano e impedido el desarrollo de una respuesta eficaz.
- Preferencia dada por los gobernantes musulmanes a gastar el dinero recaudado, potenciando los elementos de fastuosidad y representación, y detrayéndolo del campo militar.
Eduardo Manzano Moreno coincide en cierta medida con Fierro:[212]
Al-Andalus era un país de ciudades, como Córdoba, Sevilla, Toledo o Zaragoza, pobladas por artesanos, comerciantes o funcionarios, que tenían difícil proporcionar soldados y jinetes con la destreza necesaria para unas formas de combate cada vez más profesionalizadas. El funcionamiento del estado califal dependía de la recaudación de tributos, que en época de bonanza y estabilidad podían alcanzar cantidades astronómicas, pero que podían disminuir si se reclutaba a los campesinos para los ejércitos, aparte del hecho bien constatado de que esos campesinos no eran buenos soldados. Durante gran parte de su historia, en al-Andalus no existió una clase guerrera equiparable a la que se había formado en las sociedades cristianas.[...]
Los califas omeyas empezaron a reclutar tropas profesionales fuera de al- Andalus, especialmente en el norte de África... El problema de esta política consistía en que, aparte de que estas tropas tenían frecuentes conflictos con la población, su mantenimiento era sumamente costoso. Ello provocó que la presión fiscal acabara haciéndose agobiante. [...] Tras la desintegración del califato omeya, la creación de los reinos de taifas empeoró el problema... Tenían como talón de Aquiles el carecer de ejércitos que pudieran enfrentarse con garantías a unos cristianos cada vez más a la ofensiva.
Conquista del último estado andalusí: el reino nazarí de Granada (1482-1492)
[editar]El único territorio andalusí que sobrevivió a las grandes conquistas cristianas del siglo XIII fue el reino nazarí de Granada.[213] En principio fue gracias a que su fundador Muhammad ibn Nasr, proclamado emir en Granada en 1237, se reconoció en 1246 vasallo del rey de Castilla y de León Fernando III lo que suponía el pago de un cuantioso tributo y la obligación de prestarle ayuda militar, que cumplió participando en el asedio de Sevilla en 1248. Cuando este vasallaje quedó roto porque apoyó activamente la revuelta mudéjar de 1264-1266 iniciada en Sevilla y en otras localidades andaluzas y luego extendida a Murcia,[214] su hijo y sucesor Muhammad II recurrió a la ayuda del sultanato meriní, que había sustituido al Imperio almohade en el dominio del norte de África, aunque Muhammad II supo evitar que su reino fuera incorporado al sultanato norteafricano, como había sucedido anteriormente con los almorávides y los almohades.[215]

El hecho decisivo que pondría fin a la presencia de los meriníes (los benimerines de las fuentes cristianas) en la península fue la batalla del Salado de 1340 en la que fueron derrotados, junto con los nazaríes, por Alfonso XI de Castilla, que contó con la ayuda de Alfonso IV de Portugal. Entonces ya solo quedaron en poder de los meriníes Algeciras y Gibraltar. La primera fue tomada por Alfonso XI en 1344, tras dos años de asedio, y el sitio de la segunda plaza lo inició en julio de 1349 pero el monarca castellano murió a causa de la peste negra en marzo de 1350 y sus ejércitos abandonaron el asedio (en 1374 sería anexionada por los nazaríes). Así se saldó con la victoria de los castellanos la larga pugna por el dominio del Estrecho de Gibraltar que habían mantenido con los meriníes. En cuanto al reino nazarí no se vería seriamente amenazado hasta ciento treinta años después.[216][nota 21]

Durante la segunda mitad del siglo XIV y el siglo XV fueron constante las hostilidades en la frontera castellano-nazarí con frecuentes razias en territorio enemigo por ambas partes (interrumpidas por treguas para el intercambio o el rescate de cautivos).[218] Todo cambió en 1482 cuando los Reyes Católicos, los soberanos tanto de la Corona de Castilla como de la Corona de Aragón, decidieron defender Alhama, fortaleza estratégica conquistada en febrero por un grupo de nobles andaluces en respuesta a la toma y ocupación nazarí de Zahara, situada en la frontera, el año anterior. Se inició así la larga y dura Guerra de Granada.[219]
Los reyes Fernando e Isabel se propusieron «cerrar el último y definitivo capítulo de existencia del poder islámico peninsular», ha apuntado Rafael Narbona Vizcaíno.[220] «El sultanato nazarí fue, en cierta forma, víctima de sus propios éxitos: sus riquezas y su extraordinario potencial [un territorio ampliamente poblado cuyas ciudades conocieron una gran expansión y cuyas zonas rurales estaban orientadas a cultivos comercializables, tales como la caña de azúcar o las pasas, así como a la elaboración de sedas] atrajeron la sed de conquistas cristianas», ha señalado por su parte Eduardo Manzano Moreno.[221] En una carta que los Reyes Católicos enviaron al papa Inocencio VIII en respuesta a la que le había enviado el sultán de Egipto, protestando por las acciones bélicas de los cristianos, justificaron así su derecho a la conquista de Granada:[222][223]
[...] bien sabía su santidad y era notorio por todo el mundo que las Españas en los tiempos antiguos fueron poseídas por los reyes sus progenitores; y que si los moros poseían agora en España aquella tierra del reino de Granada, aquella posesión era tiranía e no jurídica; e que por escusar esta tiranía, los reyes sus progenitores de Castilla e de León, con quien confina aquel reino, siempre pugnaron por lo restituir a su señorío, según que antes había seydo.
Sobre esta carta Martín F. Ríos Saloma ha destacado que no se emplea la palabra reconquista, como en ningún otro documento o crónica medievales, y que «los argumentos que esgrimieron para llevar adelante la guerra fueron de naturaleza religiosa —expulsar a los musulmanes de las "Españas"—, jurídicos —considerar ilegítimo el dominio musulmán sobre la península— e históricos, pues plantean que en el pasado los reyes cristianos gobernaban la península y no habían cesado en su empeño de recuperarla "pugnando" con el enemigo a lo largo de los siglos»». Sin mencionarlo explícitamente, los Reyes Católicos se consideraban los sucesores de los monarcas del reino visigodo de Toledo, «sus progenitores», por lo que la «posesión» de «las España» por los «moros» era «tiranía y no jurídica».[222] Así lo puso de manifiesto también el cronista Alfonso de Palencia en plena guerra:[224]
Eran notorias la violencia y perfidia de que se valieron un tiempo los árabes para ocupar las Españas... poseídas por los cristianos por derecho hereditario. Y también que los territorios ocupados injustamente podían con justicia ser recuperados por sus señores legítimos... como los reyes de España en el transcurso de los tiempos, imitando el esfuerzo del primer defensor Pelayo, habían restituido a la fe católica todas las demás regiones de la Península, excepto el reino de Granada..., último refugio de los moros [...] ¿Con cuánta más justicia debería tratarse de hacer el mayor daño posible a aquella gente, a la que por el mismo derecho había que expulsar del territorio violentamente usurpado?
En agosto de 1487 Fernando el Católico tomó Málaga, «después de un largo asedio de cuatro meses, en el que se utilizó la artillería, y que produjo centenares de muertos, después de que se interrumpieran los suministros a los habitantes. Las penas para la población fueron durísimas, incluyendo la esclavización y el ajusticiamiento de quienes habían liderado la resistencia».[225] Dos años después, en junio de 1489, comenzaba el sitio de Baza, que será el más largo de toda la guerra. La ciudad se rinde el 4 de diciembre y una semana después el sultán Mohámed XIII «el Zagal» capitulaba y entregaba las ciudades de Guadix y Almería —exiliándose en Orán—. En ese momento ya solo quedaba por conquistar la capital en manos del rival de «el Zagal», Abdallah «Boabdil». Tras reunir un formidable ejército, los Reyes Católicos establecen a partir del 9 de junio de 1491 su cuartel general a las puertas Granada, en el Real de Santa Fe. Seis meses después Boabdil se rendía y los Reyes Católicos hacían su entrada en la ciudad el 2 de enero de 1492.[226]
Las condiciones de la rendición habían sido pactadas el 25 de noviembre y en ellas los conquistadores «aceptaron la conservación de los bienes y propiedades inmuebles de la población, la pervivencia de la ley y de las autoridades islámicas, la conservación del sistema fiscal preexistente sin añadir novedades, la liberación de todos los cautivos cristianos de Granada respetando su religión en caso de haber profesado el islam, además de dejar abierta la posibilidad de emigración libre y gratuita con naves bajo la protección real, que los conducirían a los puertos de Argelia, Túnez o Marruecos».[227] Con estas garantías las elites dirigentes optaron por marcharse, incluido el propio Boabdil que emigró a Fez donde fue bien acogido, mientras que la mayoría de la población decidió quedarse, conservado su organización social prácticamente sin cambios.[228]
- De «mudéjares» a «moriscos»

Los musulmanes sometidos a sus nuevos señores cristianos fueron conocidos como los «mudéjares», término que deriva del árabe mudayyan que significa (animal) domesticado.[229] En el caso de Granada los Reyes Católicos encomendaron a fray Hernando de Talavera, nombrado arzobispo de Granada, la tarea de convertirlos al cristianismo, a pesar de que se habían comprometido a respetar su religión y sus cultos en los pactos que suscribieron con Boabdil (lo judíos habían sido expulsados poco meses después de la conquista de Granada).[230] Fray Hernando de Talavera recurrió a los métodos persuasivos pero, como no consiguió los rápidos resultados que se esperaban, fue sustituido en 1499 por fray Francisco Jiménez de Cisneros que recurrió a métodos más expeditivos y se mostró más intransigente con los nuevos conversos que conservaban parte de sus costumbres, lo que provocó una revuelta en el barrio del Albaicín, que fue rápidamente sofocada por el capitán general conde de Tendillo, máxima autoridad del reino de Granada, incorporado a la Corona de Castilla y sometido a sus leyes. Muchos de los sublevados se vieron obligados a convertirse —hubo más de tres mil bautizos en una semana— pero la dura represión provocó un nuevo levantamiento de los «mudéjares» en las Alpujarras, que de nuevo fue sofocada por el capitán general.[231][232]
Por esas fechas los Reyes Católicos residían en Granada por lo que fueron testigos directos de los disturbios, así que en 1501 decidieron acabar con el problema de una vez para siempre: los musulmanes no sólo de Granada sino de toda la Corona de Castilla que no se convirtieran deberían marchar al exilio. Fueron pocos los que abandonaron su país por lo que surgió un nueva minoría de «cristianos nuevos», los «moriscos». En 1525 la orden se extendió a los «mudéjares» de la Corona de Aragón que también optaron en su inmensa mayoría por quedarse. Tanto unos como otros serán expulsados en 1609[228] «Eran sospechosos de seguir profesando su religión en secreto e incluso de buscar el apoyo otomano para recuperar el control territorial», ha señalado Maribel Fierro. Se estima que salieron de la península unas 300 000 personas, la mayoría de las cuales se instaló en el norte de África, donde ya existían comunidades de andalusíes emigrados o refugiados allí con anterioridad.[233] A diferencia de los judíos, que conservaron su lengua y su identidad sefardí, los moriscos acabaron arabizándose completamente, aunque durante un tiempo mantuvieron el castellano, como, por ejemplo, un morisco instalado en Túnez que escribió una obra en la que combinaba textos religiosos islámicos con versos de Lope de Vega.[234]
Véase también
[editar]Notas
[editar]- ↑ Su participación se circunscribe a ciertos periodos de tiempo
- ↑ El término árabe para Reconquista es الاسترداد al-Istirdad (tdl. ‘recuperación’), pero en el mundo árabe es más usado سقوط الأندلس suqut al-Andalus, «caída de al-Ándalus».[1][2]
- ↑ Principales batallas de la «Reconquista»:
- Covadonga
- 1.ª Roncesvalles
- Río Burbia
- Lutos
- Las Babias
- Pancorbo
- 2.ª Roncesvalles
- Clavijo
- Expedición vikinga
- Albelda
- Guadalacete
- Morcuera
- Polvoraria
- Día de Zamora
- Castromoros
- Valdejunquera
- Alhandic
- Simancas
- Torrevicente
- Rueda
- Cervera
- Calatañazor
- Torá
- Albesa
- Aqbat al-Bakr
- Graus
- Barbastro
- Paterna
- Llantada
- Golpejera
- Cabra
- Morella
- Sagrajas
- Alcoraz
- Bairén
- Consuegra
- Uclés
- Cruzada noruega
- 1.ª Mallorca
- Cutanda
- Fraga
- Ourique
- Coria
- Montiel
- 1.ª Santarém
- Lisboa
- Tortosa
- 2.ª Santarém
- Alarcos
- Al-Dāmūs
- Las Navas de Tolosa
- 1.ª Jaén
- Portopí
- 2.ª Jaén
- 2.ª Mallorca
- Jerez
- Burriana
- Córdoba
- Puig
- 3.ª Jaén
- Sevilla
- Salé
- Revuelta mudéjar
- Murcia
- Écija
- Algeciras (1278)
- Algeciras (1278-1279)
- Moclín
- Tarifa
- Gibraltar (1309)
- Ceuta
- Algeciras (1309-1310)
- Vega de Granada
- Teba
- Salado
- Estepona
- Algeciras (1342-1344)
- Linuesa
- Guadix
- Algeciras (1369)
- Tetuán (1399)
- Collejares
- Gibraltar (1407)
- Gibraltar (1411)
- La Higueruela
- Gibraltar (1436)
- Los Alporchones
- Gibraltar (1462)
- Gibraltar (1467)
- Granada
- ↑ Según Armando Vesga Marroquín la expresión «reconquistar la España» ya se encuentra en una obra en francés publicada en 1734 por François Fénelon en la que se dice: «Felipe V desciende en línea directa de los dos primeros reyes que, refugiados en diferentes lugares de las montañas del norte, comenzaron al mismo tiempo a reconquista la España de los moros hacia el 717». Una expresión utilizada también por Pierre-Joseph d'Orleans en su Histoire des revolutions d'Espagne, publicada el mismo año.[18]
- ↑ Según la visión tradicional, la «Reconquista» habría constituido para los distintos reinos y condados surgidos en el aislamiento del norte montañoso de la Península un proceso restaurador y liberador, no solo del territorio, sino de la numerosa población cristiana hispano-visigoda (mozárabes), que permaneció durante siglos en el territorio «invadido». Estos «mozárabes» resultarían ser los «verdaderos herederos» del reino visigodo, y su apelación constante al auxilio de los reinos cristianos, habría supuesto para las autoridades musulmanas un problema que surgía periódicamente y que era resuelto con persecuciones y deportaciones de distinto grado.[24] Según esta visión tradicional la temprana reacción en la cornisa cantábrica en contra del islam (Don Pelayo rechazó a los sarracenos en Covadonga apenas siete años después de que atravesaran el estrecho de Gibraltar), y el rechazo del territorio actualmente francés después de la batalla de Poitiers del año 732, sustentarían la idea de que la «Reconquista» sigue casi inmediatamente a la conquista árabe. Incluso, «gran parte de dicha cornisa cantábrica jamás llegó a ser conquistada», según Julio Valdeón.[25]
- ↑ Posiblemente el primer autor en utilizar la mayúscula fue Diego Bahamonde y Lanz en una disertación pronunciada en 1868 ante el claustro de la Universidad Central de Madrid titulada Orígenes de las nuevas nacionalidades que iniciaron la Reconquista durante los siglos VIII y IX.[23]
- ↑ En 1992, José Miguel Novo Güisán publicó un trabajo donde afirmaba que sí había un alto grado de romanización en los pueblos del norte peninsular ya en el Bajo Imperio Romano, contradiciendo la propuesta de Marcelo Vigil y Abilio Barbero.[34]
- ↑ Durante el Siglo de Oro algunos poetas definieron y denominaron a los españoles como «godos» (como dijo Lope de Vega: «eah, sangre de los godos»),[37] y durante las guerras de independencia en América, eran también así llamados por los independentistas americanos (de ahí procede el uso despectivo que se emplea en Canarias para referirse al español peninsular). Es por ello, que los críticos del término lo consideran un concepto parcial, pues solo transmite la visión cristiana y europea de este complejo proceso histórico, soslayando el punto de vista de los musulmanes andalusíes; también puede decirse que en el lado cristiano existía conciencia de «reconquista».[38]
- ↑ Por otro lado, se ha propuesto que para los cristianos peninsulares la «Reconquista» no terminó con la conquista de Granada (1492), sino que continuó en el norte de África septentrional, con el objeto de «restituir» el territorio de la Mauritania hispana,[64] que era parte de Hispania desde la división del emperador romano Diocleciano, doce siglos atrás. Las conquistas de los Reyes Católicos en el norte de África (Melilla, Cazaza, Mazalquivir, Orán), y anteriormente las de los reyes portugueses, (Ceuta, Tánger) estaban también basadas en el mismo principio de «restauración».[65]
- ↑
En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Edicto de ‘Abd al-‘Aziz ibn Musa ibn Nusair a Tudmir ibn Abdush [Teodomiro, hijo de los godos]. Este último obtiene la paz y recibe la promesa, bajo la garantía de Dios y su profeta, de que su situación y la de su pueblo no se alterará; de que sus súbditos no serán muertos, ni hechos prisioneros, ni separados de sus esposas e hijos; de que no se les impedirá la práctica de su religión, y de que sus iglesias no serán quemadas ni desposeídas de los objetos de culto que hay en ellas; todo ello mientras satisfaga las obligaciones que le imponemos. Se le concede la paz con la entrega de las siguientes ciudades: Uryula [Orihuela], Baltana, Laqant [Alicante], Mula, Villena, Lurqa [Lorca] y Ello. Además, no debe dar asilo a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir daño a nadie que goce de nuestra amnistía; ni ocultar ninguna información sobre nuestros enemigos que pueda llegar a su conocimiento. Él y sus súbditos pagarán un tributo anual, cada persona, de un dinar en metálico, cuatro medidas de trigo, cebada, zumo de uva y vinagre, dos de miel y dos de aceite de oliva; para los siervos, sólo una medida. Dado en el mes de Rayab, año 94 de la Hégira [713]. Como testigos, ‘Uthman ibn Abi ‘Abda, Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís ibn Maisara y Abu l-Qasim al-Mazali.Ibn Idari, Libro de la increíble historia de los reyes de al-Andalus y Marruecos (s. XIV) (Traducción F. Maíllo Salgado)[86]
- ↑
Después Abderramán, rey cordobés, se aproximó rápidamente a Simancas con un gran ejército. Nuestro rey católico, al oír esto, se dispuso a ir allí con un gran ejército. Y, después de combatir uno contra otro, el Señor dio la victoria al segundo día víspera de la fiesta de los Santos Justo y Pastor, fueron aniquilados 80 000 de ellos. También fue capturado allí mismo por los nuestros el mismo Abohahia, rey agareno, llevado a León y metido en prisión: porque mintió fue hecho prisionero por Don Ramiro, según el recto juicio de Dios. Pero aquellos que habían permanecido en su sitio, tomando un camino, se dieron a la fuga. Pero el rey persiguiéndolos en cuanto llegaron a una ciudad que se llama Alhandega, fueron alcanzados allí mismo por los nuestros y aniquilados. Pero el propio rey Abderramán escapó semimuerto. De allí los nuestros se llevaron muchos despojos, naturalmente oro, plata y vestidos de mucho valor. El rey ciertamente ya seguro, se dirigió a su casa en paz tras su gran victoria. Después, al segundo mes se dispuso a ir a las orillas del Tormes en expedición militar y allí pobló ciudades abandonadas. Estas son: Salamanca, antigua sede de campamento, Ledesma, Ribas, Baños, Alhandega, Peña y otros muchos castillos, que es largo enumerar.
- ↑ Alfonso I de Asturias, aprovechó la crisis interna del emirato de Córdoba para extender el control desde Galicia a Álava. La sorprendente expansión y consolidación del minúsculo reino con el largo reinado[111] de Alfonso II (791-842), quien ya pudo vencer en batalla campal a los musulmanes, recuperó conscientemente la herencia visigoda (officium palatinum), favoreció la creación de monasterios[111] y estableció la capital en Oviedo.[112] Esta situación preocupó a las autoridades califales, por lo que se llevaron a cabo sucesivas incursiones (en tiempos de Alfonso II, se hizo una cada año en territorio asturiano), pero el reino sobrevivió y se siguió expandiendo, con sonoras victorias como la batalla de Lutos, Polvoraria y la toma de Lisboa en 798. La aparición del presunto sepulcro del apóstol Santiago en Compostela sirvió para fortalecer la identidad e ideología del reino.[111]
- ↑ Castilla (territorium Castellae) fue mencionada por primera vez en un documento en el año 800.[118] Era la zona más oriental del reino de León expuesta a las incursiones islámicas del valle del Ebro y se correspondía al valle alto del río Trueba, al norte de la provincia de Burgos y al pie de la Cordillera Cantábrica.[118] Se fue consolidando un estilo de vida propio de la zona de frontera: una sociedad fuertemente jerarquizada en lo militar (con unos condes muy autónomos con respecto al poder de los reyes de León), habituada a la guerra y al botín, por un lado, y a las relaciones mercantiles con al-Ándalus, por otro.[119] El condado de Castilla se hizo hereditario por primera vez con Fernán González (930-970).[118] En su avance hacia territorios despoblados del sur durante los siglos IX y X se definirán dos zonas: «Castilla Vieja», que correspondería a los territorios al norte del Duero, y lo que quedaría al sur hasta la Cordillera Central o Extrema Dorii, que durante mucho tiempo conservará un derecho propio y unas instituciones urbanas particulares.[120]
- ↑ Las comunidades cristianas peninsulares, tanto en territorio musulmán como cristiano, desarrollaron su propio rito diferente al del resto de la cristiandad de Occidente. Esto será reprochado por el papado en el siglo XI, tal y como lo expresó Gregorio VII:
Ya que el Beato apóstol Pablo declaró claramente que había ido a España y que después, desde la ciudad de Roma, habían sido enviados por los apóstoles Pedro y Pablo siete obispos que, destruida la idoloatría, fundaron la cristiandad, implantaron la religión, mostraron el orden y el oficio de los cultos divinos, fundaron iglesias y las consagraron con su sangre, no cabe lugar a duda de cuánta unidad tuvo España con la ciudad de Roma en la religión y el orden de los divinos oficios. Pero después que el reino de España fue durante largo tiempo mancillado por la locura de los priscilistas, depravado por la perfidia de los arrianos y separado del rito romano por la invasión de los godos primero, y finalmente de los sarracenos, no solo disminuyó la práctica de la religión sino que también las obras fueron perversamente destruidas. Por lo tanto como a hijos muy queridos os exhorto y aviso para que, como buenos hijos también después de una gran rotura, reconozcáis por fin como madre verdadera a vuestra Iglesia romana y os reunáis al mismo tiempo con nosotros, vuestros hermanos, y recibáis y tengáis, como los restantes reinos de Oriente y Occidente, el orden y oficio de la Iglesia romana, no la de Toledo ni la de ninguna otra parte.Gregorio VII a Alfonso VI de Castilla y Sancho IV de Navarra (1074), apud D. MANSILLA: La documentación pontificia hasta Inocencio III, pp. 15-16[131]
- ↑
Alfonso el Magno reinó cincuenta y un años. En el undécimo de su reinado fue depuesto por un rebelde y recluido en el monasterio de Ablaña. Liberado por un tal Teuda y otros fieles, fue repuesto en el trono del reino de Oviedo. Alfonso hizo en Oviedo una admirable iglesia de piedra y cal dedicada a San Salvador y los doce apóstoles y edificó la de Santa María con sus tres altares. Construyó igualmente la basílica de San Tirso, admirable edificio, y adornó cuidadosamente estas casas de Dios con arcos y columnas de mármol, oro y plata y lo mismo que hizo con los palacios del rey, las decoró con pinturas. Estableció en Oviedo todo el orden de los godos, tal como se había desarrollado en Toledo, tanto en la iglesia como en el palacio.
- ↑ Referencia a Sancho Garcés I en la Crónica albeldense (881):
En la era 944 [año 906] surgió en Pamplona un rey de nombre Sancho Garcés. Fue hombre de inquebrantable veneración a la fe de cristo, piadoso con todos los fieles y misericorde con los católicos oprimidos. ¿A qué decir mucho? En todas sus acciones se mostró magnífico guerrero contra las gentes de los ismaelitas; causó múltiples desastres a los sarracenos. Este mismo conquistó, en Cantabria, desde la ciudad de Nájera hasta Tudela, todas las plazas fuertes. Desde luego la tierra de Degio, con sus villas, la poseyó entera. La tierra de Pamplona la sometió a su ley, y conquistó asimismo todo el territorio de Aragón con sus fortalezas. Luego, tras eliminar a todos los infieles, el vigésimo año de su reinado partió de este mundo.
- ↑
Es de todos conocido que yo Ramiro, por la gracia de Dios rey de los aragoneses, di mi hija a Ramón, conde de los barceloneses junto con todo el honor de mi reino. Ahora también, con libre voluntad y fuerte ama de corazón, quiero, ordeno y mando a todos mis hombres, caballeros, clérigos y peones, que los castillos y fortificaciones y todos los demás honores los tengan y posean aquí adelante por el mismo conde Ramón como por rey deben tener y poseer, y que le guardan obediencia y fidelidad continuamente en todas las cosas así como rey. Y para que contra esto nada pueda ser pensado o maquinado por nadie, le dé, otorgue y concedo todo lo que me había reservado en esa misma carta de donación que le había hecho primero, en entregarle mi hija. Yo, Ramiro, rey de los aragoneses doy y otorgue todo lo que he mencionado, y se lo ratifique firmemente al citado Ramón, conde de los barceloneses, para que el que ahora le dé y lo que ya tenía lo retenga perpetuamente a mi servicio y fidelidad.Contrato de esponsales entre el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón (1137)[178]
- ↑ Según el relato del cronista Ibn Idari, el califa Abu Yúsuf Yaacub al-Mansur (muerto en 1199) ya había mostrado en su testamento su preocupación por el futuro de al-Andalus:[189]
Cuando se acercó su muerte, reunió a sus hijos y a los almohades y les hizo recomendaciones como estas: "os recomiendo el temor de Dios y os recomiendo a los huérfanos y a la huérfana". Le dijo el jeque Abu Muhammad Abd al-Walid: "¡oh señor y dueño nuestro! ¿Quiénes son los huérfanos y la huérfana?". Dijo: "los huérfanos son los habitantes de al-Ándalus y ella es la huérfana. Ay de que descuidéis lo que conviene de fortificar sus muros, defender sus fronteras, ordenar sus soldados y cuidar de sus súbditos. Sabed que no hay en nuestra alma nada más grande que su preocupación. Si Dios nos prolongase la vida en el califato no nos detendríamos en hacer la guerra santa a sus infieles, hasta volver a hacer de ella la morada del islam. Ahora nosotros la confiamos a Dios y a la bondad de vuestro cuidado por ella. Mirad por los musulmanes y llevad las leyes por sus caminos rectos.
- ↑ Comentario de Antonio Ubieto Arteta sobre la batalla de Las Navas de Tolosa, en el año 1212, que abrió a los reinos cristianos el acceso al valle del Guadalquivir:
La batalla se riñó el día 16 de julio de 1212, y los cristianos utilizaron la misma táctica que los almohades habían empleado por vez primera en Alarcos. El Miramamolín (emir-Al-muminin, o sea emir de los creyentes) almohade huyó a uña de caballo, y aquella misma noche llegó a Jaén. El botín cogido por los cristianos es incalculable. Basta señalar que el precio del oro se hundió inmediatamente en las ferias de Champaña y que el rey Sancho VII el Fuerte se convirtió a partir de esa batalla en el más acaudalado banquero del mundo occidental. Sus fabulosos préstamos se hicieron a base del oro cogido en esta batalla. Si económicamente la batalla fue un desastre para el mundo musulmán, desde el punto de vista demográfico prácticamente desapareció su ejército. Las cifras que dan los cronistas cercanos a los acontecimientos son muy dispares, pero parece que murieron entre cien mil y ciento cincuenta mil soldados musulmanes. Aunque no se conocen los efectivos numéricos del ejército musulmán, es evidente que las bajas sufridas fueron casi el total de las gentes capaces de llevar armas. Una masa tan considerable de cadáveres insepultos, sobre los que actuó el calor andaluz del verano, produjeron inmediatamente una epidemia de disentería, que impidió a los cristianos ocupar todo el reino musulmán. Es más, las escasas ciudades que tomaron inmediatamente, o que quedaron vacías por la huida de los musulmanes (Úbeda, Baeza), se tuvieron que abandonar. Sólo faltó que el siguiente año 1213 fuese de sequía, escasez y hambre para que la consecuencia lógica del éxito de las Navas de Tolosa no pudiese llevarse a efecto.Ubieto, A. y otros: Introducción a la Historia de España. Barcelona, 1972[190]
- ↑ Por otro lado, la expansión castellana durante este período no se limitó a Al-Ándalus sino que también se dirigió hacia el pequeño reino de Navarra, al que arrebató La Rioja, Guipúzcoa, Álava y la parte oriental de Vizcaya.[192]
- ↑ Entre las razones que explicarían la pervivencia del reino granadino Maribel Fierro ha señalado «la habilidad diplomática de los nazaríes, un territorio montañoso que dificultaba la penetración del enemigo, un poblamiento denso por la presencia de refugiados de los territorios perdidos por los musulmanes, las disensiones internas de los cristianos que impedían hacer acciones conjuntas... y el pago de cuantioso tributo a los cristianos». Esto último fue posible, añade Fierro, «gracias a una floreciente economía, basada en un rica agricultura que incluía el cultivo de la caña de azúcar y de la seda, y en un contexto muy activo en el que participaron mercaderes extranjeros como los genoveses».[217]
Referencias
[editar]- ↑ Kabha, M. (2023). «The Fall of Al-Andalus and the Evolution of its Memory in Modern Arab-Muslim Historiography». The Maghreb Review (en inglés) 48 (3): 289-303. S2CID 259503095. doi:10.1353/tmr.2023.a901468.
- ↑ Al-Mallah, M. (2019). The Afterlife of Al-Andalus: Muslim Iberia in Contemporary Arab and Hispanic Narratives (en inglés) 56 (1). ISSN 0010-4132. S2CID 239092774. doi:10.5325/complitstudies.56.1.e-22.
- 1 2 Real Academia Española. «Reconquista». Diccionario de la lengua española (23.ª edición).
- 1 2 Ríos Saloma, 2024, pp. 58-59.
- ↑ Fierro, 2024, pp. 82-84.
- ↑ Fierro, 2024, p. 83. «El ideal de Reconquista vertebró la escritura de la historia nacionalista de corte españolista del siglo XIX».
- 1 2 Ríos Saloma, 2024, p. 77.
- ↑ García Fitz, Francisco (2009). «La Reconquista: un estado de la cuestión». Clío & Crimen: Revista del Centro de Historia del Crimen de Durango (6): 142-215. ISSN 1698-4374.
- ↑ Fierro, 2024, p. 84.
- 1 2 Porrinas, 2024, p. X.
- ↑ Burgos, Diario de (2 de noviembre de 2013). «La reconquista es un mito». Diario de Burgos. Consultado el 13 de septiembre de 2019.
- ↑ Ríos Saloma, Martín. «La Reconquista: génesis de un mito historiográfico». Instituto de Investigaciones Históricas/UNAM Departamento de Historia México.
- ↑ Sanjuán, Alejandro García. «Al-Andalus en la historiografía del nacionalismo españolista (siglos XIX-XXI). Entre la Reconquista y la España musulmana». A 1300 Años de la conquista de Al-Andalus (711-2011) (2012): 65.
- 1 2 Ayala Martínez, 2024, pp. 1-2.
- ↑ Fierro, 2024, pp. 83-84.
- ↑ Ríos Saloma, 2024, pp. 58; 64.
- ↑ García Sanjuán, 2026, p. 65.
- ↑ Besga Marroquín, 2024, p. 124.
- ↑ Ríos Saloma, 2024, p. 64.
- ↑ García Sanjuán, 2026, p. 63. «Su obra se caracteriza por una equilibrada mezcla de esencialismo españolista y catolicismo. [...] Autor del modelo arquetípico del relato mítico de la España increada e intemporal reclamado por el Estado unitario isabelino».
- ↑ Ríos Saloma, 2024, p. 68.
- ↑ García Sanjuán, 2026, pp. 64-65.
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- ↑ Manzano Moreno, 2019, pp. 6-7. «A esta estrategia se le añadió, además, un elemento nuevo: la intensificación de las misiones diplomáticas en las cortes cristianas, algo que tuvo como resultado la concertación de una serie de treguas en los años posteriores a Alhándega».
- ↑ Manzano Moreno, 2018, pp. 207-208; 242-260.
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- ↑ García Moreno, 1982, pp. 408-413.
- ↑ Manzano Moreno, 2018, pp. 119-120. «Es exagerado decir que entre los siglos VIII y X todo el valle del Duero se convirtió en un gran desierto estratégico. Sin embargo, sí que es cierto que después de la conquista del 711 núcleos que hasta entonces habían sido sedes episcopales, como Salamanca, Palencia, Osma o Ávila, así como numerosos enclaves de menor importancia se esfuman de las fuentes árabes y latinas. No cabe duda de que siguieron siendo habitados —doscientos o trescientos años más tarde volvieron a recobrar su antiguo protagonismo en el mismo emplazamiento que antaño habían tenido—, pero lo que ocurrió en ellas o lo que hicieron sus gentes durante este largo hiato es algo que nos resulta desconocido. Sin una estructura administrativa reconocible y sin centros de poder como monasterios o grandes dominios que centralizaran los recursos, toda esta región se presenta como una tierra de nadie, abandonada tanto por los reyes del norte como por los emires del sur... El valle del Duero se convirtió así en una zona evitada tanto por cristianos como por musulmanes. Ahora bien, y mientras que estos últimos, por razones que no alcanzamos a comprender del todo bien, dieron la espalda a la región, la expansión del reino astur a lo largo de los siglos IX y X se realizó sobre ella ayudando así a dotar a los reinos cristianos del norte de una base territorial más sólida».
- ↑ Manzano Moreno, 2018, pp. 117; 195.
- ↑ García Moreno, 1982, pp. 418-421; 426-431.
- 1 2 3 Dufourcq y Gautier-Dalché, 1983, p. 14.
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- ↑ García Sanjuán, 2026, pp. 29; 33.
- ↑ García Moreno, 1982, pp. 403-404. «La idea de la restauración de la antigua monarquía visigoda en el nuevo Estado del norte peninsular [el reino astur-leonés], así como de la legítima reconquista al Islam de una España «perdida» por los vicios de los últimos soberanos visigodos, se encuentra ya por completo plasmada en el llamado ciclo historiográfico de Alfonso III, compuesto en Asturias en el último cuarto del siglo XI, para ser conformada ya de forma prácticamente definitiva en el siglo XIII con la obra histórica del arzobispo Ximénez de Rada y la ‘’Primera Crónica general de España’’ del rey Alfonso X».
- ↑ Ayala Martínez, 2024, pp. 4-5. «Es decir, la propaganda del rey Alfonso III daba por descontado que el monarca tenía la tarea de restaurar el antiguo reino de los godos recuperando la unidad de una Hispania rota por los musulmanes a los que era preciso expulsar».
- ↑ Ayala Martínez, 2024, pp. 4-5.
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- ↑ Manzano Moreno, 2024, pp. 193-194.
- ↑ Tixier du Mesnil, 2026, pp. 42-43. «Esta intervención pontificia marcó una ruptura: del lado cristiano, la guerra contra al-Andalus adquiere una dimensión más religiosa que antes; los andalusíes, por su parte, tomaron conciencia de la nuevas amenazas que pesaban sobre ellos. Apenas unos años después de Barbastro, el geógrafo al-Bakri escribió que al-Andalus en su totalidad era un territorio donde se "combatía por la fe"».
- ↑ Albarrán, 2024, pp. 45-47. «La epístola sobre Barbastro tiene mucho en común con las exhortaciones a la guerra santa que se redactaron tras la pérdida de Jerusalén a manos de los cruzados en el año 1099, otro episodio que estremeció a la comunidad islámica».
- ↑ Manzano Moreno, 2018, p. 302.
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- ↑ Ayala Martínez, 2024, pp. 12-13. «Una realidad, la de Espanna, previa a la llegada de los godos, pero para la que estos constituirían un auténtico hito, en especial cuando Suintila se constituyese frente a los "romanos en sennor de Espanna enteramente". A partir de este momento, y tras asumir plenamente el discurso neogótico, los godos serían los legítimos recipendiarios de un señorío que heredarían asturleoneses, leoneses y castellanos. A estos últimos correspondía, por tanto, el imperium sobre la totalidad de Espanna».
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- ↑ Manzano Moreno, 2018, pp. 460-461. «Muhammad II supo jugar con maestría sus cartas aliándose ora con los meriníes, o con los castellanos, o intentar contener el avance de los segundos, para impedir que los primeros acabaran engullendo su reino».
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- ↑ Narbona Vizcaíno, 2015, p. 369. «Toda una sociedad desarraigada se dedicaba a traficar con los botines de las depredaciones, a trasladar grandes rebaños que pasturaban en el espacios vacíos de la frontera y a participar en la razias destructivas, que más que conquistar nuevos espacios, se dedicaban a espoliar los lugares con ataques por sorpresa, capturar cabezas de ganado o cautivos para conseguir después la redención monetaria de los rehenes».
- ↑ Narbona Vizcaíno, 2015, pp. 369-370. «La estrategia experimentó un giro cuando los monarcas se implicaron directamente en la campaña, expresaron una voluntad inaplazable de conquistar el reino de Granada y dedicaron muchos recursos financieros y logísticos para mantener en actividad constante un gran ejército».
- ↑ Narbona Vizcaíno, 2015, p. 370.
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Enlaces externos
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| Predecesor: Al-Ándalus |
Periodos de la Historia de España Reconquista |
Sucesor: Baja Edad Media |