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Manolo Foj Tella


Guardia de Riego del Sindicato de Riegos de Sariñena, Manolo Foj Tella fue figura clave en el funcionamiento del sistema de riego de la huerta vieja de Sariñena. Gracias a sus hijos Joaquín y Manolo Foj Blanco, recuperamos parte de su memoria, de esa estirpe de regadores de un sistema de riego tradicional que, a lo largo de la historia, ha sido parte fundamental de la fértil huerta sariñenense.

Manolo Foj Tella nace en Sariñena en 1927 y fallece en el 2013. De casa el Chencho, por parte de su abuelo Inocencio, tenían algo de tierras, aunque no mucha, siendo familia de “regadores”, oficio que hereda tras la jubilación de su padre Manuel Foj Moren; también guarda de riegos, al igual que su abuelo Inocencio Foj. Por ello fue conocido como “Manolo el Regador”.

Andando, su padre recorría el sistema a pie, entonces no había otro medio -¡Y eso que la acequia Valdera tiene un recorrido de unos 25 kilómetros y la del Molino unos 12 kilómetros!-. Y al igual que su padre, Manuel fue un gran conocedor del sistema de las acequias de Valdera, el Molino y la Acequieta y se conocía palmo a palmo las acequias, enfilas, husillos y aguatillos, cada campo y huerta, cada agricultor o huertero a quien ayudaba -Pero también tenía su genio y no dudaba en reprender si este o el otro se lo merecía, especialmente si por pereza no se había levantado para regar por la mañana-.  

-Había a quien se le pasaba el turno de riego, si había motivo les abría la tajadera por la noche, pero si era por no haber madrugado les regañaba-.

Manolo Foj Moren. Nació en 1900 y en 1920 realizó el servicio militar en Marruecos, momento en la que se tomó la fotografía.

Sus hijos Joaquín y Manuel han acompañado a su padre en el viejo oficio de su padre, de su trabajo como guardia de riego, en gestionar caudales, turnos de riego, vigilar su cumplimiento, marcar los tramos a limpiar, desaguar las acequias cuando venían crecidas del Alcanadre y controlar que no hubiese desprendimientos y se taponasen las acequias, tanto como por desprendimientos como de maleza a su paso por los diferentes puentes que salpican las acequias, entre muchas otras faenas -Veía la acequia y según el nivel ya sabía si faltaba agua, si estaba perdiendo o alguien estaba regando sin permiso-.

Como Guarda de Riego ostentaba autoridad, incluso podía denunciar, tenía una chapa ovalada que lo identificaba como guardia de riego del sindicato, aunque no la llevaba visible, solo la sacaba cuando lo veía necesario. Otras veces la sacaba, le sacaba brillo y se la volvía a colocar. También solía llevar un morral.

La acequia Vadera tenía unos 5 tramos y el riego se establecía por turnos -Los turnos eran de dos días por tramo, a veces se alargaba a tres días, pero no era lo normal-. Joaquín y Manolo recuerdan los siguientes tramos:

  • Tramo la vía pa arriba, que regaba la huerta de Capdesaso. Justo por la vía había una enfila general.
  • Tramo la vía – pantano.
  • Tramo pantano – Barrieras, la enfila de las piscinas.
  • Tramo Barrieras -Tierz, hasta el almacén del Pocho.
  • Tramo de Tierz pa abajo.

En las enfilas, donde no estaba el turno, Manolo ponía un candado que quitaba cuando el turno tocaba. Los turnos se publicaban en unos viejos cajones de madera que el sindicato tenía distribuidos por el pueblo. Estos cajeros fueron sustituidos por unos de aluminio y que, al igual que los de antes, se encuentran en los emplazamientos siguientes:

  • En plaza Roda donde el Cartujano.
  • En el Muro alto donde estaba la carpintería de Antonio el Frances.
  • En el Muro bajo, en casa Bernardino.

Manolo llegó a tener una Guzzi, una moto italiana, con la que se desplazaba por todo el sistema de riego -Lo peor eran las tormentas, tenía que salir, muchas veces de noche, pues si había crecida en el río, también se venía avenida a las acequias y había que aliviarlas, desaguarlas para que no reventasen de la presión del agua-. En la acequia Valdera tenía que ir por la Sardera (por los cipreses de Gascón), donde hay un aguatillo para evacuar el agua al río. Además, con las tormentas entraba mucha tierra y eso no era bueno para las acequias. A veces le acompañaba alguno de sus hijos, Joaquín o Manolo. Mientras él abría el aguatillo, uno de sus hijos le alumbraba con una de aquellas linternas de petaca. Joaquín recuerda perfectamente estar con su padre abriendo el husillo entre lluvia, relámpagos y truenos. Siempre iba con un impermeable.

Manolo Foj Tella con sus hijos Joaquín y Manolo.

-En una ocasión, una noche de tormenta, yendo camino de la Cabañera Real hacia la Sardera, era tan fuerte el aire, la lluvia, relámpagos y truenos, que a su paso se cayeron algunos postes de luz que estaban junto al camino dándole un susto tremendo-. Fue un rayo, cuentan Joaquín y Manolo, que tiró hasta unos 10 postes de luz -Iba en moto y del susto se cayó al suelo-. En invierno se ponía periódicos para no pasar frio con la moto. Con el tiempo, Manolo llevó una furgoneta.

-Otra vez le pico un alacrán y llegó a casa como pudo, casi desvanece al llegar, no podía más-. Y otro día cayó con la furgoneta en la acequia-. Anécdotas que con el paso del tiempo recuerdan con cariño sus hijos, a pesar que fueron circunstancias duras, pero que siempre acabaron bien –Un año, que se celebraba FEMOA en las piscinas, por la noche estuvieron vigilando Manuel y Vicente Villellas, que era el Guarda de Campo, junto a la Guardia Civil-.

Era un trabajo bastante bueno pero que a veces se complicaba mucho. No había teléfonos y muchas noches la familia se preocupaba por si le había pasado algo, incluso algunas noches lo iban a buscar y allí estaba con su gancheta peleándose con algún aguatillo en plena tormenta. Cuando empezó a acompañarle José Anoro Marías, su familia se quedó más tranquila, ya no iba solo.

Los días de mucho aire, de viento, también eran malos, levantaban mucha maleza que acababa en las acequias, luego la maleza se quedaba en los puentes y si se acumulaba mucho bloqueaba la acequia. Para ello, Manolo usaba su gancheta extensible, con su mango extensible para poderla llevar en el coche. La gancheta tenía en la punta dos ganchos, a modo de horca, con solo dos dientes laterales, y con el final en forma de gancho.

Especialmente lo hacía en la acequia Valdera, cuando cruza la vía a través de un acueducto, donde se forman muchos tapones –Es una zona a la que tenía que ir muy a menudo-. Keko Anoro apunta que existe un aliviadero antes del acueducto, por si había avenida para que no desbordase por la vía, además el paso lleva como una derivación que buscaba que no se acumule la maleza, -Pero igual se acumula-. El acueducto está un poco más abajo del puente de la vía, es por donde está la Fija, la balsa y el almacén donde la Fija, la locomotora, bombeaba el agua a la estación ferroviaria de Sariñena.

El repique era una de sus faenas. Era la obligación de limpiar cada tramo de acequia. Manolo cortaba unas cañas entre unos 30 a 40 cm, las rajaba por una de sus puntas y ponía la boleta, un papel rectangular que ponía el nombre del propietario de la finca y los metros que le correspondía limpiar. Las distintas cañas las clavaba en el cajero y las ponía a la correspondiente distancia que media cuidadosamente a pasos. El que no hacía su tramo se le multaba o se le pasaba el Repique más caro. Limpiaban a hoz, horca y pala. Había zonas más difíciles de limpiar, con más buro y maleza, y otras más fáciles, como los arenales.

Una vez en Sariñena, la antigua Valdera iba desde el pantano adelante al aire, por la zona conocida como el Tollo Soto, en el cruce de la avenida de Zaragoza con la calle Miguel Servet, donde mucha gente iba a bañarse en verano.

Manolo Foj Tella con sus nietas y nieto.

Antes era un trabajo mucho más exigente, se regaba mucho a pie y muchos campos, se dependía mucho de la huerta hasta que llegó el canal y se comenzó a regar el resto de tierras de secano. Manolo ha hecho muchos metros de acequia, José el Moreno, con el tractor y el remolque llevaba los tablones y con camiones hormigonera echaban la solera y luego encofraban los laterales con tablas y rellenaban con hormigón. Nunca ha parado, siempre había trabajo, siendo Manolo un pilar fundamental en el Sindicato de Riegos de Sariñena.

Cuando su hijo Manuel se casó, Manuel en la boda no se privó de tomar una que otra copa, no mucho, pues no solía beber alcohol. Pero aquel día hizo una excepción. Al llegar a casa, por la noche, pronto se anunció tronada por lo que tuvo que salir. El oficio, la dedicación, como no podía ser de otra manera, la llevaba por dentro, la de Manolo el Regador, gran persona y muy querida en nuestra villa de Sariñena. En su recuerdo y memoria.  

La post guerra


* Prototipo de carro de combaste realizado en Barbastro que fue trasladado a Sariñena. Info: Foro Worldoftanks.

Conversaciones con Manuel Olivan Foj

Episodios de la memoria histórica de Sariñena, 3ª Parte.

Fue dura la guerra y fue dura la postguerra. Durante la dictadura, muchas mujeres de maridos republicanos encarcelados o muertos, para poder alimentar a sus hijos y sobrevivir, iban a recoger el carbón quemado que tiraba el tren en un terraplén de la vía. Aquel carbón aún servía y las mujeres acudían a recogerlo, les costaba llenar sacos que después debían de llevar hasta el pueblo, a más de tres kilómetros de distancia. Volvían negras, destrozadas por el peso y la distancia, y asustadas por no encontrarse con la guardia civil, quienes les quitaban el saco a las pobres mujeres, les hacían la vida imposible. Una cara más de la represión franquista. Manuel recuerda esconder los sacos en el carro cuando volvía con su padre de recoger leña, normalmente romeros, para el horno de pan. El saco lo vendían por unas tres pesetas, para aquellas mujeres tan represaliadas y humilladas era la única forma de sobrevivir.

A una mujer la iban a coger todos los domingos la guardia civil, la mujer de Manuel fue a coser para ellas. El padre estaba exiliado en Francia y el acalde les enviaba a la guardia civil todos los domingos, a ella y a sus hijas las llevaban al cuartel, ya no comían, y reiteradamente las interrogaban. Las marcaban, las sometían, las culpaban… la represión tuvo infinitas caras en la dictadura fascista de Franco.

En la postguerra existió el “Auxilio social”, unos comedores sociales para las personas que no tenían para comer. A muchos niños y niñas de republicanos cuando les tocaba la vez los mandaban de nuevo al final de la cola, a veces ni les daban comida. A los pobres niños los trataban con odio y desprecio, como basura, y simplemente eran sólo unos niños.

Manuel tuvo que ir a la escuela, recuerda que un día les hicieron rezar, solamente alguno sabía rezar, otros balbuceaban las oraciones y otros comenzaron a reír sin parar. A un amigo de Manuel, que no podía parar de reír, el cura le soltó un manotazo que le rompió las narices. Manuel salió en su defensa -si fuéramos hombres no te atreverías-  y el cura soltó un manotazo a Manuel, rompiéndole también las narices. Manuel escapó corriendo del cura, pero el fascismo se estaba instaurando, la represión y el adoctrinamiento debían de mantener el poder del régimen franquista.

Escuchar a Manuel es abrir la tapa del arcón de la memoria de la vieja cadiera sariñenense.  La historia siempre está presente, en el silencio es amarga y en su recuerdo está la verdad y la libertad, el conocimiento y la dignificación de quienes sufrieron  el fascismo. Queda mucho por contar, muchas historias que rescatar del olvido. Historias como la de “La Mala”, una mujer que al ver pasar los aviones nacionales exclamó -¡ojala os esnucarais, (desnucarais) que vais a matar a mis hijos!-, la escucharon los republicanos y la detuvieron, después de la guerra aún permaneció unos años en la cárcel. La cárcel de Sariñena se encontraba en la plaza de Mecin, donde estaba la casa de las monjas. Otra  mujer, la siñora Juana, con una trompeta llamó a la manifestación a las mujeres para manifestarse contra el secretario, fue detenida y fue un acto muy impactante llevado a cabo por una mujer.

Ha sido un gran honor escuchar, un placer recoger la memoria y una suerte de contar con Manuel. Persona de un enorme carácter afable y familiar, gracias Manuel por compartir tus recuerdos.

Publicau en Os Monegros el 25 de octubre del 2013.

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Zancarriana w

* 31 de Octubre del 2013

Repasando lo recopilado para la elaboración de los “Apuntes etnográficos de Sariñena”, me he encontrado la memoria a las mujeres carboneras de la post guerra.

«Recuerdan como iban mujeres a recoger el carbón quemado a las vías del tren. Al carbón quemado y muy seco se le decía cagacierros. Las mujeres pobres lo cogían para venderlo. A muchos maquinistas les daban pena aquellas mujeres y les tiraban alguna vez viguetas de carbón, se lo disputaban entre ellas.»

La guerra, sucesos


        * La laguna de Sariñena conlos pirineos al fondo.

Conversaciones con Manuel Olivan Foj

Episodios de la memoria histórica de Sariñena, 2ª Parte.

Las colectividades no funcionaron bien en Sariñena. Una colectividad ocupó las tierras de casa Castanera (casa Mirallas). La familia de Manuel no vendió sus mulas, las mantuvieron para trabajar sus tierras, otros labradores vendieron sus mulas a la colectividad. Faltaba mano de obra, dos quintas de jóvenes habían marchado a la guerra, más de 80 chicos perdieron su vida en la guerra. A los jornaleros les pagaban unas 10 pesetas, que para entonces estaba muy bien. Otros iban a trabajar al aeródromo de voluntarios, pero también les pagaban, la pista se hizo a mano, se amasaba la grava a mano. También muchas mujeres encontraron en el campo trabajo como cocineras. La presencia del campo de aviación aseguro la existencia de mucho orden por las calles de Sariñena, las continuas patrullas paraban pronto cualquier altercado. Había mucho militar, se hacía cine todos los días y en el salón de cine se hacían bailes, los soldados tenían dinero.

Un piloto del bando nacional, despegó del aeropuerto de Zaragoza para sobrevolar tras las líneas enemigas. Cometieron el error de partir sin repostar combustible, por lo que se quedó sin el combustible teniendo que aterrizar al lado de fuerzas republicanas. El piloto fue arrestado y trasladado al campo de aviación de Sariñena, lo presentaron ante el comandante Reyes del aeródromo “Alas rojas”.  El joven piloto fue interrogado por el comandante, para corroborar su versión se hizo entrar a varios pilotos del campo y ante  la sorpresa de todos se dio un fuerte abrazo con un antiguo compañero de la escuela de aviación de Madrid. A los pocos meses, fue cambiado por un piloto republicano preso por las tropas nacionales. Se escuchaban los bombardeos al campo de aviación y como contestaban con las ametralladoras.

Su hermano, Julián Olivan Foj marchó a Barbastro de donde partió al frente de Huesca. Las últimas noticias que tuvieron fue que estaba luchando en el frente de Teruel. Julián perteneció a la 28 división de Ascaso, 127 brigada 3er batallón 4ª compañía. Manuel se enteró que en la localidad de Sarrión, provincia de Teruel, se enfrentaron contra las tropas italianas. En la batalla quedaron atrapados por los tanques italianos y se libró un tremendo enfrentamiento de los milicianos, a cuerpo descubierto, contra los acorazados. Murieron muchos milicianos, ante una muerte segura se echaron encima de los tanques, disparaban por cualquier hueco, fue algo atroz, los tanques se tuvieron que retirar llenos de cadáveres por dentro, algunos republicanos lograron sobrevivir. Pronto tocaron a medianoche que el frente lo habían roto, las tropas nacionales avanzaban sin resistencia. Se formaron pequeños grupos de republicanos para enfrentarse a las tropas nacionales, para frenar su avance. Uno de aquellos hombres fue Miguel, “uno del pueblo de Sariñena”, quien contó a Manuel lo que le sucedió aquella noche.  Iban en la oscuridad, campo a través, hasta que llegaron a un barranco donde oyeron voces, se acercaron lentamente, intentando pillar desprevenidos al enemigo, pero pronto reconoció una voz familiar, era Julián Olivan, su amigo de Sariñena; después de saludarse y compartir la escasa información los grupos se despidieron. Fue la última vez que alguien vio a Julián con vida. Años más tarde, a Manuel, uno del pueblo le contó que un guardia de la prisión de Santoña había conocido a un tal Julián de Sariñena. Nunca más se ha sabido nada de él.

En uno de los bombardeos a Sariñena, Manuel se encontraba volviendo de recoger leña de romero del gallipuente, con su padre; leña para los del molino de harina del camino de  Los Olivares. Los del molino se criaban un tocino con los desperdicios, su cuñado era el molinero y fue voluntario en el campo de aviación. La leña la llevaban para la matacía. Pero pasado el puente del río y llegando ya al pueblo, sintieron el ruido de la aviación. Se acurrucaron al costado de una aguadera, que conduce el agua a las balsas. Manuel recuerda que en los días soleados y claros las bombas brillan, aquel día la vio brillar terriblemente esplendida en el cielo. –Papa, ya han tirado una bomba– y al momento sintieron una gran explosión muy cerca de donde estaban. Tenían una mula muy asustadiza que siempre tenían que atar para que no se espantase, pero esa vez ni se movió. El aeroplano volvió a pasar rasante, quizá lo que antes vio como objetivo enemigo lo distinguió claro, ellos se refugiaron en una paridera cercana de casa Torres. También cayó una bomba detrás de la iglesia, en casa de Barrieras, causando daños materiales.

El gran bombardeo fue atroz. Murieron algunas personas, casi todo el pueblo escapó a las masadas del campo. El zumbido, el estruendo y seguido la tierra temblaba;  por si se derrumbaba el tejado se colocaban los colchones encima. Manuel recuerda que estaban sin comida en el monte y tuvieron que ir con su padre al pueblo en busca de comida. Al llegar al puente sobre el Alcanadre se encontraron a las tropas republicanas preparando la retirada. El puente estaba preparado para ser dinamitado. Les dejaron pasar, les apartaron las ametralladoras,  los soldados abatidos reflejaban una dura derrota, algunos aún permanecían por el pueblo, replegándose y defendiendo unas posiciones ya perdidas. Por la calle de la avenida no podían subir, los escombros cortaban el paso, subieron por el camino de las torres, pero a la altura de las antiguas escuelas ya no pudieron pasar con el carro. La calles se encontraban llenas de enrona (escombros), pero consiguieron llegar hasta su casa y coger un saco de harina de unos 100 kilos que su padre llevo encima entre la enrona y los maderos que cubrían las calles. Manuel cargo en un roscadero un pequeño tociner(cerdito) y después cargaron algunos víveres que pudieron coger. Volviendo con el carro, éste se enrolló con unos cables de luz de un tendido caído, las mulas tuvieron que emplearse a fondo para vencer y romper los cables. Al pasar el puente, que dinamitaron en el último momento, huían los soldados republicanos en formación de dos líneas a cada lado de la calzada, en medio pasaban los camiones y vehículos con las ametralladoras, a ellos los dejaron ir en medio.  El abuelo de Manuel permaneció en el pueblo durante el bombardeo, sobrevivió de casualidad, la casa se derrumbó y tan sólo quedo el hueco donde permaneció, entre la puerta y la escalera de la casa; vio un poco de luz y esgarrapando (escarbando) pudo escapar. Un vecino murió por las ametralladoras, era Perifollos.

             Continuará…

Publicau en Os Monegros el 18 de octubre del 2013.

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Zancarriana w

Conversaciones con Manuel Olivan Foj


                    * Manuel Olivan Foj

Episodios de la memoria histórica de Sariñena, 1ª Parte.

Juegos interrumpidos por la guerra

Manuel Olivan Foj nació en Sariñena en el año 1927, ha trabajado como agricultor y ha sido militante del Partido Comunista. Conserva una esplendida memoria, la guerra civil la vivió con 9 años, pero hay episodios que los recuerda como si hubiesen sucedido ayer. Manuel refleja la mirada de una persona integra, honesta y de fuertes convicciones. Narra la historia con absoluto respeto, con sinceridad, con nostalgia de una juventud interrumpida por la guerra, hubo tragedia pero también tuvo su lugar la felicidad. Sirvan estas palabras como reconocimiento al ejemplo de tantas personas, como Manuel, que mantienen en su memoria el dolor que tanto se sufrió por una guerra que después instauró una terrible dictadura que oscureció los aires de libertad que soplaron en su juventud.

La familia de Manuel regentaba un horno de pan en la calle del muro (Ronda San Francisco), cerca de la plaza de la iglesia. Vivió la guerra mientras jugaba en la plaza con sus amigos, recuerda el trasiego de tropas, las fiestas, los bombardeos y varios hechos muy marcados en la historia de Sariñena. Recuerda como se llevaban al cura detenido, Manuel se encontraba jugando en la plaza. Al cura le habían ordenado en varias ocasiones que no debía celebrar misa, pero él contestaba mal, no reconocía la autoridad y a regañadientes cerraba la iglesia. Era un cura joven, al anterior lo querían mucho en el pueblo, Mosén Pedro murió antes de la guerra, era muy mayor. Un día, el joven cura, a la media hora de cerrar la iglesia por orden de ayuntamiento, la volvió a abrir para realizar misa. Cuando entró la comitiva del ayuntamiento le encontraron una pistola escondida, lo apresaron y se lo llevaron; más tarde, lo asesinaron en el cementerio.

En aquellos tiempos enterrar costaba mucho, el enterrador era mayor y las fosas las tenía que picar a mano. El cuerpo del joven cura lo quemaron, fue la solución más fácil. También quemaron los cuerpos de unos treinta falangistas que atraparon y fusilaron en la sierra de Alcubierre. Relatan que los cuerpos al quemarse parecían encogerse y el enterrador asustado vio como algún cadáver se sentaba, infundiendo un miedo desconocido para un hombre muy curtido en el oficio de enterrador.

Tras la guerra, el enterrador permaneció preso cuatro años, el pobre nunca se había significado, simplemente lo encerraron por ser enterrador. Antes de la guerra muchos zagales iban de rabadanes, a veces tan sólo por un trozo de pan al día. Cuando el enterrador contaba con once años acudía como rabadán a una finca de Moncalvo, en el lugar permanecían por periodos de unos quince días; así que tenía que ir al pueblo en busca de provisiones cada cierto tiempo. Una vez volvía con la burreta cargada de pan, patatas, judías, aceite… que el amo del ganau, el siñor Pedro Salavert les había proporcionado. Al pasar por unos corrales escachados cerca de la viña de Portera (a la salida del pueblo dirección Pallaruelo), le salió al paso un gitano -¿ande vas chiquer? ¡trae to p´aca!-, y le arrebató toda la comida. Entonce, el joven enterrador, agarró la vara de pastor (con la que cazaban alguna liebre) y lo pilló por detrás, arreándole un garrotazo que lo dejó muerto. Preocupado retornó al pueblo para contárselo al siñor Pedro, quién además era el alcalde, -¡siñor, siñor, lo he muerto!- . Quedaron en tirarlo al brazal de los Estopañales, nadie lo había visto, así que si lo escondía bien y nadie lo veía, de lo acontecido nadie se enteraría, y así ha sucedido durante años.

Cuando fueron a quemar todo lo de la iglesia ofrecieron la madera para el horno de la familia de Manuel. Su madre se negó rotundamente, aunque la tirasen al río. Para tirar el altar ataron una soga a un santo y una veintena de hombres se pusieron a tirar, el altar era tan fuerte que solamente se rompió el santo. Muchos zagales dejaron sus juegos para ver lo que hacían. Todo se quemó, todas la imágenes y altares de la iglesia.

Cuando se produjo el alzamiento militar, Luis el capitán de la Guardia Civil del puesto de Sariñena telefoneó a su hermano, el teniente coronel de la Guardia Civil de Huesca. El encargado de la telefonía de Sariñena, Mariano López Javierre, espió las conversaciones. Luis le contó a su hermano la situación en Sariñena, mala para los sublevados. Luis recibió la orden de bajar hasta Fraga e ir sublevando los cuarteles hasta Huesca, Luis le trasladó a su hermano que no había incidentes y que no querían exponer sus vidas. Pero era una orden y la tuvo que acatar, así que se montó en un coche junto a otros guardias civiles y se dirigieron hasta Monzón. Ahí les recibieron unos vecinos que montaban guardia, les dejaron pasar y les dijeron que realizaban una patrulla rutinaria. En Binefar también se encontraron a varios vecinos haciendo guardia, pero pronto se percataron que los estaban esperando y viéndose atrapados pensaron en disparar, pero sabían que no tenían escapatoria, además tenían familia y debían velar por ella. Al final dejaron marchar a todos menos al capitán Luis, lo encarcelaron en Barbastro y lo fusilaron al poco tiempo, en el mes de agosto.

 Al mando del cuartel de Sariñena se quedó un Brigada, pronto un comité de personas del ayuntamiento les hizo entregar las armas. El brigada tenía un hijo que marchó de voluntario a la columna de Durruti. Eran una familia numerosa y pidió al ayuntamiento sustento, se quedaba sin nada al dejar el puesto, así que lo contrató el ayuntamiento y se dedicó a supervisar y organizar las guardias que se hacían en el pueblo.

En Lanaja había varios obreros que se encontraban realizando las obras del canal de Los Monegros. Aquellos obreros supusieron para Lanaja una entrada de ideas sindicalistas, compartían conversaciones con las gentes del lugar cuando se tomaba un café o cuando se juntaban para tomar un chaterde vino. A unos dos o tres días de comenzar el alzamiento militar, dos sobrinos falangistas de una casa de Lanaja, subieron desde Zaragoza con dos camiones junto a unos 6 u 8 falangistas. Detuvieron a unos 16 trabajadores y sindicalistas del canal, los subieron a los camiones y comenzaron su regreso a Zaragoza. Los camiones se detuvieron en la plaza del pueblo de Alcubierre, donde antes existía un frontón. Ahí fueron rápidamente fusilados los 16 obreros, pues los falangistas sabían que dos camiones habían partido desde Sariñena para interceptarlos. Los falangistas no tuvieron tiempo de rematar los cuerpos, de dar el tiro de gracia y así, uno de los trabajadores, sobrevivió haciéndose pasar por muerto entre los cadáveres de sus compañeros.

       Continuará…

Publicau en Os Monegros el 11 de octubre del 2013.

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